Rebeldía, sí, pero no así

Afiche de la película colombiana "Rebeldía"

Por Carlos Alberto Ospina M.

Qué equivocados están aquellos que desconocen que la rebeldía es una actitud ética e ideológica que busca cambiar la naturaleza de las cosas sin destruirlas. Por consiguiente, no es sinónimo de violencia ni de anarquismo, ya que no se trata de la desgracia del otro; tan solo es una posición de compromiso personal y respeto por la vida.

Esta disposición del espíritu cuestiona lo dado o el orden establecido a manera de motor de progreso, conquista de derechos, desmonte de estructuras injustas y ampliación de las diferentes libertades. De aquí, la importancia de separar las prácticas que degradan a las personas para devolverle a la rebelión su dimensión analítica, hacedora y humana. 

La verdadera rebeldía no consiste en romper por destrozar, ni gritar más fuerte ni acumular agravios hacia terceros. Es pensar mejor, cuestionar sin dar al traste con los logros ajenos, avanzar sin aniquilar o construir sin rechazar la pluralidad. Las sociedades abiertas trabajan en la recuperación de la fuerza vital lejos de la fragmentación y la intimidación.

Arduo trabajo tienen diversos disidentes, a fin de dar la vuelta a la caricaturización, los objetivos degradantes, la destrucción indiscriminada y la negación de toda legalidad que llevan a erosionar el tejido social. Por eso, es importante insertarse en el orden institucional para articular demandas en términos comprensibles y proponer alternativas viables, frente a las actuales experiencias corruptas.

Por lo demás, se percibe como un gesto vacío de oposición, enmarcado en la tendencia a la victimización como eje de una acción política que sustituye la argumentación y la responsabilidad. Este tipo de narrativa dominante busca instalar la idea de que el sujeto está determinado por su condición de clase social, etnia o raza.

Basta con echar un vistazo a la campaña por la presidencia de la República que deja de ser un espacio de deliberación acerca del bien común para convertirse en una acumulación de agravios, donde cada facción política reivindica su dolor como el más legítimo, negando la posibilidad de cimentar un acuerdo sobre la injusticia y el desarrollo integral del país.  

La innovación social que requiere Colombia debe estar atada a una forma de rebeldía que abra espacios de diálogo, encuentros sinceros y el fomento de una ciudadanía activa que no trague entero, pero que respalde las normas morales y el respeto por la dignidad de todos. 

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