Otraparte. Burundanga

Floripondio, la planta de la cual los delincuentes extraen la burundanga para doblegar la voluntad de sus víctimas.

Por Óscar Domínguez Giraldo

Amo la noche que un niño definió como todo lo que no cabe en el día. Poco tengo ya de noctámbulo. Gajes del oficio de mueble viejo. Soy ave diurna.

Una madrugada salí  prendidillo de un bar de malas pulgas de la Caracas. En menos que canta el gallo  me abordaron par pintas. Uno de ellos, con un lenguaje que haría ruborizar al ministro Benedetti, me dijo: Grandísimo &%$#»! siga derecho y no mire pa los lados. En su lenguaje de verdulera, y perdón con las verduleras, me ordenó: Bájese de lo que tenga.

Dibujo de un sector del barrio de La Candelaria, en Bogotá (De Juan Fernando Domínguez Duque)

Les entregué mi  “flaca bolsa de irónica aritmética”  y mi herramienta de trabajo, una grabadora de reportero radial, marca Aiwa, holandesa. Les dije: Muchachos, ustedes están trabajando. Llévense todo pero no me vayan a dañar. Les iba a entregar el reloj, pero me regañaron: Gran Marica,  suficiente con la billetera y la “panela”. Siga derecho. Pensé aclararles que no pertenecía al respetable colectivo gay pero  finalmente decidí callar.

En otra ocasión aterricé en una discoteca del centro bogotano. Me senté en la barra y pedí mi proletario ron. De la nada surgió una valquiria que me picó arrastre y en minutos estábamos azotando baldosa. Mi ego estaba feliz. Seguía vigente como conquistador macho alfa. Cuando regresé a la barra le habían echado burundanga a mi revolucionaria Cuba Libre. Desperté en un bar de Soacha. Le agradezco a la monita retrechera  nada olorosa a Chanel que no se le hubiera ido la mano en burundanga. Esa noche volví a creer en Dios al que tenía relegado al cuarto de san Alejo.

En otra ocasión,  de día, fui objeto de lo que mi colega de columna, Natalia Tobón, llama el “efecto espectador” que se produce cuando la gente se queda estatua cuando asiste a  un atraco. En la plaza de Las Nieves, un hampón, pavoso cuchillo en alto, apuntándome a la cara, me exigió que le entregara la cadena. Más que la actitud del asaltante  me impactó la insolidaridad complaciente de mis congéneres que parecían asistir a una obra de teatro. Decidí defenderme “manu militari” y le apliqué un jab de derecha al sujeto que cayó a la lona. Solo cuando el individuo  emprendió la fuga estalló la solidaridad del respetable.

Volvamos a la noche, esta medellinense. Una dama de vida alegre me confundió con un  cliente  que le había puesto conejo, entró en una cantina, rompió una botella y empezó a perseguirme a los gritos de “conejero”. No sabía mi maritornes que yo corría cien metros planos.

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