¿Y si hablamos menos de feminismo y más sobre equidad?

Por Vanessa Rosales, Diario El Espectador, Bogotá

Una reflexión desde las humanidades que invita a pensar sobre segregación y diferencia.

Una escritora norteamericana entrevista a un escritor noruego con motivo de su celebrado libro. Ella, que lo admira, se anima a preguntarle por qué, en un libro tan extenso, donde se citan cientos de referencias literarias, solo se menciona a una escritora mujer. “No son competencia”, responde cándidamente el escritor noruego. De lo que puede inferirse simplemente que en la literatura las mujeres simplemente no son dignas.

Desconcertada e interesada en aquella respuesta, la escritora produce un ensayo sobre lo que hay detrás de esa afirmación. Quiere entender cómo un hombre tan brillante puede sostener semejante convicción. ¿La tiene realmente? En ese mismo texto describe un panel académico donde dos hombres, de manera constante, silencian a una mujer que, aturdida por la forma en que se inhiben sus palabras, irrumpe en algún momento, algo agitada por su sentimiento de impotencia. Es una escena común.

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¿Por qué sucede eso? ¿Por qué sienten muchos hombres que deben explicar “mejor” lo que una mujer puede estar diciendo? La autora norteamericana, la deslumbrante Siri Hustvedt, nos invita a observar la parte más inconsciente de esos prejuicios que todos tenemos. El rechazo a lo que se ha codificado como femenino no es exclusivo de los hombres, por ejemplo. Y, considera Hustvedt también, es cierto que muchos hombres sí son marcada y abiertamente sexistas, pero también es cierto que muchos de esos prejuicios, y los comportamientos que arrojan, no vienen siempre de la crueldad o la malicia. Hustvedt nos invita a preguntarnos, cerebralmente, de dónde vienen esos prejuicios y qué tipo de consecuencias tienen.

Tal vez como nunca antes, afortunadamente, la palabra feminismo se ha vuelto parte del radar cotidiano. Las palabras tienen poder y pueden ser fuentes de debilidades. Pocas palabras como feminista parecen suscitar tantas confusiones y distorsiones de manera automática. En su corazón, feminismo significa simplemente: la búsqueda por la libertad e igualdad en derechos y condiciones políticas, sociales, culturales y económicas para todos los sexos.

Esa premisa se complica en lo que Chimamanda Ngozi Adichié ha llamado “la textura de la vida”. Por fuera de la teoría, el feminismo se enfrenta a múltiples contextos, donde libertad e igualdad pueden significar cosas muy distintas. No es lo mismo nacer en Colombia con la piel clara o la piel oscura, en determinado medio, y abogar por una vida más par. No es lo mismo si la sexualidad cumple un rol definitivo. En la humanidad misma, el feminismo se complejiza y se multiplica.

¿Y por qué se habla tanto sobre feminismo al fin de cuentas? Porque durante siglos vivimos una profunda asimetría de poderes y libertades que tenía que ver todo con el sexo. Pero si ya las mujeres han adquirido igualdad en derechos tan fundamentales, ¿por qué seguimos hablando de eso? Porque el feminismo es, como dice también Hustvedt, una profunda forma de humanismo que nos libera a todos de las prescripciones impuestas por cómo “debemos ser” por ser hombre o mujer.

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En Colombia han parecido instalarse una serie de concepciones simplistas y erradas que son urgente de revisar: que el feminismo es exclusivo de las ideologías de izquierda, que solo defiende la posibilidad de decidir sobre derechos reproductivos, que los hombres no pueden ser feministas, estos unos breves ejemplos. Efectivamente, el feminismo guarda una historia íntima con el socialismo y la teoría marxista, después de todo su gran ebullición sucede por ejemplo en los sesenta. El feminismo busca generar autonomía sobre los derechos reproductivos de las mujeres, pero también que los hombres participen más en temas de paternidad, que los roles de género no solo liberen a las mujeres, sino a los hombres por igual, busca mejorar la brecha salarial, busca normalizar para mujeres y niñas oficios que históricamente han sido masculinos, busca transformar esa violencia hiriente que sufren tantas mujeres todos los días. Efectivamente, los hombres no pueden experimentar a primera mano lo que puede ser la experiencia femenina, pero sin la participación masculina de una lucha que beneficia a la humanidad, no lograremos transformaciones estructurales. El feminismo es amplio. Tiene muchas formas de buscar lo esencial: equidad.

En Colombia el término no está funcionando. Por un lado porque los medios se encargan de sembrar las versiones más simplistas y antagónicas. Dan visibilidad a lo más sensacionalista. Dan voz a las figuras más predecibles. En parte porque los segmentos más visibles de esa lucha por la equidad se siguen asociando a ciertos temas y ciertas ideologías. Hace falta, con urgencia, mirarlo de modo más amplio. Hace falta revisar si a veces las fórmulas del feminismo más visible no son formatos violentos e igual de patriarcales. Hace falta ver todas las aristas que contiene y todas las orillas desde las cuales se puede hablar del tema. Hace falta verlo en su necesaria multiplicidad.

¿Por qué? Porque algunos de los países más ejemplares en logros de equidad demuestran que son sociedades más productivas y más ricas, donde puede haber vidas más felices, y donde se consigue más bienestar humano. Los invito a que busquen qué ha sucedido en países como Islandia o Suecia, los invito a que revisen las visiones del alcalde actual de Londres y al primer ministro canadiense.

¿Pero qué sucede cuando los términos no están logrando los objetivos? ¿Qué sucede si necesitamos más practicidad y menos ahínco visceral para que el tema de la equidad entre los sexos, con todos sus beneficios, sea un propósito compartido y no una fuente de separatismo?

La búsqueda de equidad es una lucha humanista. Busca libertad para todos. Los beneficios son comprobables en índices económicos de productividad. Genera sociedades más ricas. Crea vínculos más sanos. La ONG Promundo, que trabaja temas de masculinidad a nivel global, ha comprobado estadísticamente que el involucramiento de los padres con sus pequeños en las primeras etapas disminuye índices de violencia.

No es este un asunto de vanidades personales. No es un asunto solo para mujeres. No puede ser otro terreno más que nos lance a orillas contrarias a irreconciliables (como solemos manejar los debates en este país). Que el cambio de palabra no altere el propósito esencial, que sea solo un cambio de táctica para esa fuerza maravillosa que nos beneficia a todos por igual, sea un propósito compartido.

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