Visa USA

Foto El Heraldo

Por Oscar Domínguez Giraldo

Hacer cola y protestar, son dos de los grandes pasatiempos colombianos.

Aquí hay que hacer cola hasta para morir. Nadie se muere la víspera, sino cuando le toca en la fila india trazada por el destino.

Cómo será de jarto hacer cola que hay personas y empresas que se dedican a hacer cola por otros.

Les debe ir de maravilla, porque nada más deprimente que gastarse la vida detrás de una cola que no sea la Tatiana de los Rios, claro.

Protestamos porque la cola no se mueve, porque los empleados que atienden en la ventanilla son lentos, hablan con el vecino, se enamoran, toman tinto,  almuerzan, pagan arriendo, guasapean. ¿Cómo se les ocurre hacer prosaico pipí?

Protestamos cuando alguien se cuela en la  fila, o cuando el gerente del banco le pasa a uno de sus cajeros la consignación de su tiniebla de turno por debajo de cuerda.

Pero hay un sitio donde nadie protesta cuando hace cola. Ese sitio único es la embajada de Estados Unidos en Bogotá. Allí se acaba como por arte de magia el mal genio. Si no se acaba, toca disimularlo.

Todos allí somos mansas palomas. A nadie se le ocurrirá pegarle el grito al gringo de la ventanilla para apure. Ni modo de decirle que trabaje que para eso le pagan con nuestra plata.

Mi nieta Sofía de visita en la biblioteca de Austin, Texas, donde se dejan ver los archivos de García Márquez.

No, el que va a pedir la visa hace cursillo para santo Job y espera sin chistar. ¿Que hay que hacer fila cinco, seis horas? No importa, el sueño americano se merece esa y todas las  esperas. No importa que luego se convierta en insomnio, pesadilla.

¿Qué lo convocan a una hora determinada y lo están llamando horas después? De malas.

Los empleados gringos que atienden las ventanillas se pueden tomar un semestre para despachar a uno de los clientes que se arrima a su ventanilla y nadie los criticará. Saben que tienen muchos futuros en sus manos.

Nadie se atreve a moverse de su sitio, espantar una mosca que se amañó en el pescuezo, tomarse un tinto caro y malo en la cafetería de la embajada por temor a que en ese preciso momento lo llamen y se pierdan chicha, calabaza y miel.

El colombiano que aspira  a largarse de aquí, solo tiene ojos y oídos para el gringo de la siniestra ventanilla salvadora.

Si por los altoparlantes llaman por su nombre a personajes más o menos encopetados para que sigan adelante, saltándose la fila, nadie les echará el consabido madrazo. Es más, de pronto hasta le piden autógrafo. Famosos no se ven todos los días.

Los famosos, con el ego subido, convierten la embajada en una pasarela y se pavonean orondos, mientras la gente de la llanura espera. Por la cara que exhiben los que abandonan la tal ventanilla se adivina fácilmente si podrán ver a Mickey Mouse en breve.

MANUAL PARA DECIRLE NO AL TIO SAM

Nunca supe que era tan buena gente hasta cuando, hace años, respondí las preguntas contenidas en el formulario de solicitud de visa de no-inmigrante para ingresar a USA. Comparto los noes que dí y, entre paréntesis y cursiva, las justificaciones que les oculté a los sabuesos del dueto CIA-DEA:

– ¿Ha sufrido alguna vez una enfermedad contagiosa de alto

riesgo para la salud pública, o un desorden mental o

físico peligroso, o ha sido adicto, o ha abusado  de las 

drogas?  No. (Las preguntas poco tienen que ver unas con 

otras. Es como si le preguntaran a uno al mismo tiempo si

es ateo y creyente. En cuanto a mi salud, es tan buena que

me declaro candidato a morir aliviado. La enajenación

mental tampoco ha sido mi fuerte, pero compadezco a quien no lleve encima una mínima cuota de locura para sobrevivir. Confieso que, por prescripción de mis médicos,  llevo mi dosis personal… de aspirina a todas partes para espantar posibles infartos).

– ¿Ha sido arrestado o convicto por cualquier delito o crimen

aun cuando se beneficie por un perdón, amnistía u otra

acción legal? No. (Nunca he pagado cana. Siempre he tenido

la libertad por cárcel. Como no me gusta robarle a pobres que lo único que tienen es plata, no me robé ningún cenicero la vez que visité la Casa Blanca y Blair House, el desnucadero que tienen los presidentes norteamericanos para impresionar a sus visitantes.  Mi cara de gil debe estar en los archivos de la DEA y la CIA. No entré por el sótano, no señores, lo hice por la entrada principal que da a la Avenida Pensilvania. Como enviado especial de Todelar, cubrí la firma de los tratados Torrijos-Carter. En cuanto a perdones, siempre he 

creído que mentimos impunemente en esa parte del 

Padrenuestro  que dice  “…así como nosotros perdonamos a 

los que nos ofenden…”. Ahora, si de verdad perdonáramos, y lo que es más difícil, olvidáramos,  viviríamos en paz. Dicho sea de otra forma: hay que perdonar y encimar olvido).

– ¿Ha sido alguna vez traficante de substancias controladas

(drogas), prostituta o proxeneta? No. (He sido traficante 

de sueños. A mis hijos les pagaba por sueño que contaran. Soñé con ser interior derecho del Atlético Nacional cuando esta plaza existía  dentro de la burocracia balompédica. De niño quería ser bombero. Nunca he sido prostituta, pero no sólo por motivos fisiológicos. Soy periodista -otro antiguo oficio-  mientras no se me demuestre lo contrario. En cuanto a lo de proxeneta, sería incapaz de ejercer un oficio que suena tan mal al oído).

– ¿Ha tratado de obtener visa … de ingreso a Estados Unidos mediante  fraude o tergiversación voluntaria? No. (No he revalidado la visa. Espero que la hayan pasado bien sin mí. Me gustaría revalidar el documento para seguir de cerca el sueño americano. Quiero trabajar con la plata del mister. O sea, hacer lo mismo que ellos han hecho, pero al revés).

– ¿Ha sido deportado de Estados Unidos en los últimos cinco

años? No. (Tres o cuatro veces he estado en Usa. La última vez, un sábado, salí de Miami por mis propios medios, arriando

first class  en un avión lechero de Avianca cuya  tripulación fue ruidosamente aplaudida por colombianos nostálgicos y estrepitosos cuando “una voz varonil dijo que pronto” que “pisábamos” cielo colombiano. En  Nueva York escuché jazz en Blue Note y me dormí en una obra de teatro en Broadway. Me habría gustado almorzar en restaurante El 21 pero ni con los viáticos de todos mis viajes habría podido pagar la entrada).

– ¿Intenta ingresar a los Estados Unidos para participar en

la violación del control de exportación, actividades

subversivas, terroristas, o cualquier otro propósito

ilegal? No. (Tranquilos, hermanos gringos. Con el roquero

español Joaquín Sabina, les aseguro que soy un anarquista que

respeta el semáforo).

– La pregunta siguiente es más larga que una semana sin

parque. Indaga si el aspirante ha tenido que ver con el

régimen nazi o si ha participado en algún genocidio. La

respuesta es no. (Cuando yo nací, Hitler salía por la

puerta falsa de la historia. O sea, nada que ver. En

cuanto a la segunda parte, en mi condición de único varón

domado  que habita mi casa, me corresponde cometer 

“genocidio” … pero de zancudos cuando están en cosecha,

procurando no despertar a mi bella durmiente de al lado).

– ¿Es usted miembro o representante de una organización

terrorista? No.  (Siempre me faltarán ropita, hígado e ideología para ser terrorista. No quiero que por dentro de mí asusten. No les quito más tiempo).

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