Vida de gatos

Foto BBC

Por Oscar Domínguez Giraldo

El gato es el único cuadrúpedo que vive en vacaciones perpetuas. Nace y ya está jubilado. Es el indiscutido rey del “dolce far niente”. Lo llaman para que no haga nada y está ocupado durmiendo. O haciendo pereza.

Còmo serà de taquillero que su dìa se celebra tres veces al año: el 8 de agosto,  el 20 de febrero, día de la muerte de Socks, el gato mascota de la Casa Blanca en tiempos de los Clinton, y el 29 de octubre.

Gato es el otro nombre del silencio. Parecen con silenciador en cada pata. Por dicho motivo, estas alfombras de silencio no se sienten. Al gato hay que sospecharlo. No inventaron el anonimato: le dieron estatus. Saben que el gato solo bien se lame. No solo el buey. 

Cuando irrumpe un ladrón en casa, en vez de “ladrar”, los gatos asumen que el intruso es algún remoto amigo de la familia, o alguien próximo al árbol genealógico, y sigue durmiendo. Lo mismo les da. Nunca le piden papeles al advenedizo. Desde su plácido sueño acompañan al ladrón a que vacíe la casa. Luego se relamen el bigote como si los pillos hubieran sido ellos.  

Un gato es doméstico por convención no por convicción. No marca tarjeta, no acata órdenes, no nada, como el grumete. En cambio, desde su óptica fosforescente, el hombre es gato para el gato. Lo manipula con un coctel de desprecio mezclado con desdén y gotas amargas. Es como una amante exótica que pide mucho y suelta poco. Un gato no da ni la hora de la semana pasada.  

Escasamente le permite al hombre vivir en su casa (en la del gato). El otro que pague arriendo e  impuestos. 

Los gatos son la contraria del pueblo. Punto uno: empiezan haciendo el amor y terminan decretando la guerra. Punto dos: hombres y mujeres ven un ratón y se asilan sobre un taburete. (La verdadera “petite” diferencia entre un hombre y una mujer radica en el tiempo que uno u otra se demoran trepándose al taburete para escurrirle el bulto al roedor. Un gato arregla el asunto gastronómicamente: convierte al pusilánime roedor en bisté a caballo).    

El gato es el logotipo de la pereza. Este felino no camina: se aburre sobre cuatro patas, las mismas que necesita para burlarse del mundo.  

El gato vive en la eternidad del instante, escribió Borges. En  

realidad, para los gatos todos los días son martes 13. De allí les  

viene la longevidad de sus siete vidas. Un mortal común y corriente ve un martes 13 en su futuro y paga esconderos a peso. 

Hay gatos suicidas: marrulleros, se suicidan de una de sus vidas y siguen tan campantes disfrutando de las demás.  

Antes de morir del todo, el gato es el único animal que hace un cursillo demorado de seis muertes previas para estar seguro del todo a la hora de ponerse el traje de luces de la eternidad.  

Los gatos no se condenan ni se salvan. Ni todo lo contrario. Reencarnan en ellos mismos. Mientras van liquidando sus existencias siempre que caen, caen parados, como ciertos políticos que pierden las elecciones pero caen de pie en la nómina. O ganan por la vìa del chocorazo.

Imposible un gato con estrés. ¿Quién ha visto un micifuz de estos en un baño turco, al borde del infarto, yendo donde el siquiatra, con principios de úlcera o hablando por celular como cualquier ejecutivo blindado?   

No hay gatos callejeros, de rueda suelta. Viven en buena casa, sin  

pagar siquiera en fidelidad a sus amos. Esas minucias  subalternas se las dejan a sus antípodas genuflexos, los perros. Por eso prefieren ignorar al mìsero can.

No les duele una muela. Se burlan de la urbanidad del venezolano Carreño con su lavado del gato. Nunca han entendido por qué al bobo sapiens le dio por hablar de que no se debe meter gato por liebre. Las comparaciones les parecen odiosas. 

Son mimados a morir. Un gato es una manifestación de pucheros. Creen que se lo merecen todo. 

Hubo conclave de gatos cuando decidieron escoger su esperanto o 

grito de guerra. Entonces nació el miauuuuu.  

Ñapa 

UN GATO MENOS 

En honor del gato Socks (Calcetines),  el primero en enterarse –y callar- que su mascota, el presidente Clinton, había convertido en oral el despacho Oval de la Casa Blanca, fue creado uno de los días internacionales de ese felino. 

Socks vivió siete vidas y 20 años, el equivalente a 140 en la monótona existencia del bobo sapiens

Se había retirado de la vida pública cuando los Clinton entregaron las llaves de la Casa Blanca. Cual diva del cine mudo, Socks  se asiló en el olvido en su refugio de Hollywood donde vivió hasta el final  con Currie,  secretaria del presidente.  

Viudos de poder, sumaron soledades, deslealtades y nostalgias  y vivieron el uno para el otro. Tuvo la sensatez y la inteligencia de entender a tiempo que había pasado su protagónico cuarto de hora. 

Socks acompañó a la familia  desde cuando Clinton ocupó la gobernación de Arkansas. Más de un desliz de infiel le pilló a quien le pagaba concentrado y  prepagada. Calló siempre. “No soy delator”, fue su divisa tomada de un tango de Larroca.  Discreción, Socks te llamaría. 

Había adoptado a los Clinton  – no al revés- por felina coquetería con Chelsea,  hija única del matrimonio.  

Pasará a la historia como el gato más fotografiado. La CIA y los asesores de imagen del presidente número 42,  le recomendaron no aparecer en compañía de Socks porque los reporteros preferían retratar  a su “tigre en miniatura”, domesticado por primera vez hace 9.500 años.  

Clinton nunca logró ocultarle el sol a su minino que ya es bostezo de eternidad, a la que penetró sobre sus cuatro patas, silenciosas como alfombras, para no incomodar. 

Cuando los fotógrafos  ametrallaban al displiscente Socks, éste les  respondía  con un desdén clonado del gato de las mellizas Arias (¿o Marta Pintuco?) que Fernando Botero puso a vivir en uno de sus cuadros, pintado en agradecimiento  a las madames de los prostíbulos del Medellín del ayer donde perdió la ingenuidad, uno de los nombres de la virginidad.  

Los gatos (ojalá negros) traen buena suerte y aumentan  la clientela horizontal de estos poco santos lugares. 

«Tres putas» era el nombre del gato encargado de convocar clientes en el Bar Montecristo, de Junìn con Maturìn, en pleno centro de Medellìn.

Como los presidentes gringos, Socks no tuvo amigos sino intereses. Amigas sí tuvo. Entre gatas también hay arribismo. Adoran acostarse con el poder. Para impresionarlas, las invitaba a Blair House, donde se desestresan y pecan los mandatarios made in Usa. Y sus mascotas.  

Como todos los de su especie vivió en vacaciones perpetuas. Nunca se dio el lujo subalterno del estrés. Todo le resbalaba. 

Cualaquir dìa supo que en Washington una entrenadora  les enseña a los gatos oficios menores propios de perros, como delatar la presencia de advenedizos en casa. Semejante exabrupto contra el ADN del colectivo gatuno  aceleró el colapso final. Réquiem  por Socks quien se merece  la ola. 

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