Viaje a través del muro de Berlín

Por Oscar Domínguez Giraldo

A raíz de la fiesta por los 30 años de la caída del muro de Berlín, sería egoísmo de mala ley no compartir mi experiencia  cuando lo atravesé en pleno tierrero este-oeste.

Marzo de 1985.- Macondo también queda en Europa: Gracias a la fría guerra, la ausencia de libertad en la RDA se convirtió en atractivo turístico.  Irónicamente, lejos de casa, descubro el privilegio de comer y dormir en libertad.

Instalados en el bus, el severo guarda de la República Democrática Alemana, RDA, nos mira con cara de quien jamás ha sonreído. Su rostro es un lunes perpetuo. Bueno, es su forma de ejercer el comunismo.

Nos aprestamos a viajar a través del muro de Berlín un abrazo de boa de 163 kilómetros de cemento que rodea a Berlín Occidental. Un prepotente pullman occidental que chillará con el entorno vehicular del proletariado, será el encargado de movilizar la “mercancía” capitalista de carne y hueso.

El policía revisa la foto del pasaporte. La compara varias veces con el original que tiene al frente. Finalmente, se convence de que foto y sujeto son la misma cosa, perdón, la misma persona. Después de semejante escrutinio, también me convenzo de que yo soy yo.

El hombre de uniforme repetirá el operativo con los demás compañeros de a bordo. Antes ha habido una exhaustiva requisa al vehículo. En las entrañas del carro puede acomodarse un alemán oriental que desee cambiar de menú ideológico. Idéntico ritual se producirá al regreso

Nos sentimos como extras de una mala película en plena guerra fría. O protagonistas de una novela estilo “El espía que regresó del frío”.

Finalmente, Alá sea loado, recibimos autorización para continuar la larga marcha. Quedamos por cuenta de una atractiva guía “comunista”, expresión que entonces producía cierto culillo. Como si los camaradas comieran gente.

Miramos el entorno: la mano clandestina pero firme de un grafitero ha dibujado una leyenda en una de las paredes próximas al muro: “Freiheit für Monika” (libertad para Mónica).

La cultura de los grafitis, editoriales que tiene por rotativa esa maldita pared, el muro, se enrique con sentencias como ésta: “El que construye muros es porque los necesita”.

El fúnebre decorado lo completan huecos producidos por balas en edificaciones localizadas a lado y lado del muro, levantado desde 13 de agosto de 1963.

El éxodo de la RDA a la RFA se frenó, pero la imaginación que quiere tener la libertad por cárcel, inventaría múltiples formas para pasar al lado occidental. Testigo, un museo del muro. Son las ansias de libertad convertidas en atracción turística.

A vuelo de pullman

Los turistas de cámara Kodak que se quedan en la RFA pueden divisar cómo del lado oriental son monitoreados con binóculos. Un letrero en francés informa a los turistas que salen del sector americano.

Este es como el aperitivo para la esperada visita a Berlín Oriental al cual los visitantes extranjeros pueden ingresar por el puesto internacional de Friedrichstrasse, que permanece abierto día y noche.

También se puede acceder a ese Berlín que tiene el encanto de la fruta prohibida, por metro o tren hasta la estación de Friedrichstrasse.

El visado cuesta cinco marcos (unos 1.900 pesos de la época). Se puede obtener autorización de permanencia hasta por 24 horas. En este caso, habrá qué cambiar divisas por 25 marcos. Las visitas particulares o privadas han de ser anunciadas con anterioridad.

Una vez en el ansiado Berlín Oriental aparece de la nada la guía encargada de tirarnos línea.

Para aliviar la tensión que observa entre sus tercermundistas interlocutores, la dama saca una broma del sombrero: “Señores, no teman, porque no me voy a quedar con ninguno de ustedes. Estoy casada”.

Los contrastes empiezan pronto. El viajero se siente raro cuando le informan que solo podrá bajarse en determinados sitios para tomar café. Fotos solo cuando haya autorización.

La templada guía – herr (señor) Ruth la bautizamos- se identifica y sin más poesía comenta que el muro es el punto más sensible entre Oriente y Occidente.

Agrega que la Unión Soviética es “el amigo más cercano de nosotros, política y económicamente”.

Los carros último modelo que hacen nube en Berlín Occidental han desaparecido. Los reemplaza un parque automotor del “usado” comenta uno de la comitiva.

La Nathalie teutona  sigue con su parlamento: la RDA se quedó con la parte histórica de Berlín. En Occidente quedó la industria. Lo dice para significar que en esa repartición ganaron ellos.

En el imponente monumento al soldado soviético se cumple la primera pausa. Hagan sus fotos, señores.

En Haus Zenner, tradicional restaurante para turistas, habrá otro recreo para tomar café que sirven dos rubias de bandera, vestidas de negro. Desde el penthouse de su elegancia, las dos valkirias nos fulminan con la limosna de una sonrisa que me gustaría llevar para Colombia. La belleza no es exclusiva de oeste alemán. En este este también hay mujeres perturbadoras.

Sonrisa reunificadora

Al paso del bus, un joven aprovecha para burlarse de los aconductados turistas a quienes saluda con el brazo en alto, como en los mejores tiempos de Hitler. “Nos está diciendo fachistas”, traduce, veloz,  un ofendido integrante.

Se inicia la tercera parte del programa. La guía nos ha vendido postales. Lo comunista no quita lo capitalista.

Vuelve a la carga y nos asegura que en la RDA no tienen problemas de desempleo. Proclama el éxito de la política oficial en todos los órdenes.

Informa que el aborto está permitido en su país hasta el tercer mes de embarazo. También se suministran, gratuitamente, anticonceptivos. Aclara que el Estado está interesado en aumentar la población. (Me digo para mí mismo: “Mimismo, rico sería aumentar la población con alguna de las rubias de Haus Zenner”).

Sobre las mujeres informa que trabajan normalmente y ocupan puestos de responsabilidad. Dice que el gobierno paga mucho cuando nace un niño e insiste en que se presta ayuda financiera a los jóvenes que tengan familia. Es la versión en “comunista” del catolicísimo “creced y multiplicaos”.

En cuanto al transporte, no hay problemas, está garantizado. Niños, ancianos e inválidos pagan mitad de pasaje.

Destaca como una de las grandes preocupaciones de la administración la reconstrucción de antiguas viviendas, o la remodelación de las viejas.

Explica que los complejos habitacionales están revestidos de cerámicas para mantener limpios los edificios.

En ningún momento ha habido ocasión de hablar con nadie diferente a los compañeros de vuelo. Empiezan las comparaciones entre los dos regímenes. Con apenas algunas horas “al otro lado” nos consideramos expertos en los dos sistemas.

El tour toca a su fin. La mujer se queda cerca de su oficina. Se despide de los visitantes sin añorar propina, y agradece a su cuasipaisano conductor alemán occidental, su colaboración. Se despiden con una remota sonrisa reunificadora.

Nos recordó algo que oímos no en este Berlín, sino en Berlín oeste: “No hay organización específica que estén buscando la reunificación alemana. Es todo el pueblo que lo pide”.

El bus penetra de nuevo en territorio de Berlín Occidental.

BERLIN

Berlín lleva por dentro la tragedia de una mujer fatal y la  leyenda de una mujer hermosa. Es misteriosa como un gato con sus  sietes vidas intactas. Tiene la alegría de unos ojos que por primera vez se tutean con el mar. O con el amor.

Si Berlín tuviera piernas, llevaría las de la divina Marlene Dietrich quien cantó: “Berlín sigue siendo Berlín”. Cuando murió la Dietrich, un cronista francés escribió para la posteridad: “Tenía la edad de nuestros sueños”.

Recorriendo sus calles, espanta la incierta posibilidad de  tropezarse al doblar una esquina con el bigotico libidinoso y facho  de Adolfo Hitler. (A propósito: no está claro por qué  muchos decidieron decorar su labio superior imitando el mostacho desestabilizador del marido sin sexapil y sin hígados de la Braun).

Ninguna ciudad como Berlín se parece a su nombre. Ni el muro, en sus peores días logró dividir su encanto de la metrópoli que fue capital de la RDA y de la RFA.

Berlín tiene un sinónimo obligado: la Kurfurstendamm, la popular avenida, sitio obligado de redentores del mundo, estudiantes desarraigados, apátridas, líderes, punks sin tiempo, ricos sin plata, pobres millonarios, insomnes soñadores, aristócratas destronados. Esa arteria es la ventrílocua de Berlín. Habla por ella. Es su intéprete simultánea. Su otro yo.

Berlín es barrio de dudosa reputación, metrópoli del mundo, suburbio barriobajero cuando le da la gana.

Es ombligo anárquico de Europa. Allí todo es posible. “En Berlín se puede ser persona”, rezaba la propongada oficial de hace años, cuando era imposible pensar siquiera en un 3 de octubre cuando celebran la reunificación.

El muro fue el ángel de la guarda ateo de Berlín. Su sombra de  día y de noche. Cuando estaba tierna la perestroika mural, quedaba cuesta abajo admitir que algún día el muro sería una nostalgia.

En Berlín no se peca. Se cometen licencias etílicas, culturales, gastronómicas, sociales, sexuales. Como aquella que, en tiempos del muro, protagonizaron berlineses del Este que salieron de una tienda de objetos sexuales de la parte “occidental” gritando: “Gracias, Egon”, el entonces líder de la Alemania Democrática. Nunca habían visto un pipí fuera de su contexto anatómico. 

Sus habitantes le dicen “Belín”, tragándose la solitaria ere,  como para resumir el nombre de esta ciudad alemana que en la  pasada guerra mundial sacó un master en dolor. Testigo, la  trágicamente bella e imponente catedral decapitada por bombardeos. (Caminando por la capital alemana me siento andando en Berlin-Aranjuez, otro barrio de mi infancia. A la Iglesia soliamos ir los lunes a despachar bizcochos de San Nicolás).

En Berlín los títulos salen por chatarra. Todos son iguales como quien comparte el mismo bus sin subsidio, el mismo metro, la misma champaña viuda de estampilla, el mismo Concord, idéntico naufragio, la misma salchicha, idéntica propiedad horizontal en el cementerio…

Berlín es barrio latino del mundo, un New York en alemán  que en sus peores días estuvo abrazado por 163 kilómetros de muro comunisa. Aunque desde hace varios años, lo de  Marx  es lo de menos. Groucho Marx derrotó a Carlos.

Cuando uno abandona Berlín se va con la extraña sensación de que se lleva un manicomio por dentro. El mismo Berlín padece una locura geográfica. Difícil  recordar que fue ciudad capitalista rodeada de camaradas por todas partes. Dios rodeado de ateos.

En otro tiempo, para un berlinés oriental, pasar de Berlín Este a este Berlín, era como atravesar el espejo para reunirse con uno mismo. Y al revés. Al fin y al cabo, son de los mismos. ¿Cómo no envidiar esta orgía de fraternidad, de reunificación que se celebra en octubre,  después del muro que fue una piedra en el zapato de la libertad?

 Notas sometidas a latonería y pintura…

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