Uribe es igual a Uribe

La línea de sucesión uribista. Foto minuto30.com

Por: Cecilia Orozco Tascón

Notas de prensa de corte social nos deslizan por estos días, casi románticamente, la información de que Colombia tiene una especie de príncipe heredero. Como Felipe VI, de España, hoy rey por transmisión de la corona de su padre, Juan Carlos I. O como Carlos de Gales, primogénito de Isabel II y de Felipe de Edimburgo, que todavía espera el traspaso del título de monarca al que tiene derecho real. Entre nosotros, desde luego, la sucesión no es aristocrática. Es agreste y engañosa. Los anuncios dicen, palabras más palabras menos, que “el Centro Democrático le está rogando a Tomás Uribe que sea su candidato a la Presidencia 2022”. ¡Mamola!, como hubiera dicho el recordado Horacio Serpa cuando quería indicar que no era bobo ni comía cuentos. Nadie distinto a quien se conduce como soberano de la nación ha imaginado a su hijo residiendo en la Casa de Nariño después de Duque. Álvaro Uribe languidece. Es otro después de que la justicia digna que todavía resta aquí le recordó que, pese a sus poses de emperador, es sujeto de investigación judicial. Así que necesita extender su control sobre la totalidad del Estado. Por la mente enclaustrada del poderoso personaje debieron pasar, en la soledad de los palacetes que tiene como residencias, miles de imágenes sobre su futuro.

Por eso y por más, el presidente 2022 perfecto para sus fines es su hijo, su propio yo, su reencarnación: a los 37 años, multimillonario, adoctrinado por la ultraderecha, agresivo con los opuestos, ciego ante los delitos de sus aduladores, manipulador de mentiras, cliente de los mismos abogados defensores. Pero al rey padre le fallan dos cálculos: primero, el resentimiento oculto y temeroso, pero resentimiento al fin, de sus cinco, seis o siete fieles subalternos, precandidatos a ocupar la silla presidencial: el ministro Trujillo, la vicepresidenta Ramírez, el exviceministro Nieto, las congresistas Valencia y Holguín, etc. ¿Por qué tendrían que ceder sus aspiraciones ante alguien únicamente porque es “hijo de…”? Se preguntarán, entre pecho y espalda, ¿cuáles son sus méritos profesionales, sus luchas políticas, sus trabajos sociales, su carrera, su experiencia pública? Segundo, cortado con la tijera familiar, Tomás Uribe ya tiene líos judiciales.

Cuando el actual presidente del Grupo Energía de Bogotá, Juan Ricardo Ortega, dirigía la DIAN (2010-2014), sus funcionarios descubrieron una modalidad de corrupción gigantesca, dentro y fuera de la entidad. Se trataba de una operación de lavado de activos y defraudación de dinero público con devoluciones de IVA que cobraban, con declaraciones falsas, supuestos exportadores de chatarra de cobre en un país que no produce cobre. “Ejércitos de contadores corruptos prepararon y soportaron solicitudes de devoluciones de IVA por productos exentos o por exportaciones (muchas de ellas, ficticias)”, dijo Ortega, refiriéndose al escabroso asunto (ver), años después. Según él, quien tuvo que renunciar y viajar al exterior por amenazas, las devoluciones bajo esta modalidad crecieron, entre 2003 y 2010, de $300.000 millones a $2,5 billones al año. Pues bien, los señores Tomás y Jerónimo Uribe Moreno fundaron la empresa Ecoeficiencia con $10 millones, en 2003, para comercializar desperdicios, desechos y chatarra. En los años siguientes hicieron grandes negocios con el individuo James Arias, más conocido como el “zar de la chatarra”. Este, detenido y pillado por la justicia, admitió sus delitos en 2016 a cambio de rebaja de pena. Fue condenado a diez años de cárcel por concierto para delinquir, enriquecimiento ilícito y fraude procesal, no sin antes entregar más de 300 bienes y $23.000 millones (ver).

En recientes declaraciones, Tomás, el futuro presidente de la República en la nación idealizada de su padre, opinó sobre el “zar” Arias así: “El señor no era ningún delincuente. Tenía una de las 100 empresas más grandes de Colombia”. El periodista no le hizo ninguna contrapregunta, ignorante o autocensurado él. Lo cierto es que los entonces jovencitos Uribe Moreno reportaron, en 2010, operaciones brutas por $43.000 millones y presentaron ante la DIAN peticiones de devolución de IVA por $353 millones. La Dirección de Impuestos se concentró en sus declaraciones de renta y descubrió irregularidades de tal magnitud, que oficiaron a la Fiscalía para que esta investigara penalmente el asunto. Los Uribe Moreno, vuelta al ruedo, actuaron igual que su padre: alegaron persecución política de Santos, contrataron a auditores internacionales que conceptuaron a su favor y a los abogados que ustedes ya conocen. La DIAN no solo no les concedió ninguna devolución sino que certificó que Ecoeficiencia le debía $1.857 millones. Con sanciones, los niños terminaron pagando $5.396 millones. El proceso en la Fiscalía continúa abierto sin esperanza de avance pese a la gravedad lo que habría allí: falsedad en documento privado y posible enriquecimiento ilícito. Doce supuestos proveedores de chatarra de Ecoeficiencia resultaron falsos; cuatro de ellos declararon: eran vendedores ambulantes o instaladores de ventanas. Y, ¿adivinen? Los mismísimos doctores en derecho del padre denunciaron a los testigos y a los empleados que enriquecieron a sus patronos, presuntamente a sus espaldas. Uribe igual a Uribe (ver nota 123 de Noticias Uno).

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