Una defensa de Jeremy Strong (y de todos los arribistas profesionales)

Amy Dickerson para The New York Times

Por Elizabeth Spiers

En un perfil de The New Yorker publicado en diciembre sobre el actor Jeremy Strong, quien interpreta a Kendall Roy en la serie de HBO Succession, colegas, amigos y compañeros de clase lo describieron como una persona que, en la jerga de internet, “no tiene chill”. La devoción intensa y a veces extrema a su oficio fue documentada y criticada a detalle.

Un comentario en particular me llamó la atención cuando lo leí. Un compañero de Strong en la Universidad de Yale, donde estudió con apoyo financiero, dijo: “Jamás había conocido a alguien más en Yale que tuviera ese impulso arribista profesional”.

En este contexto, me resultó fácil identificarme con la versión de Strong que mostraba el perfil. Como yo, pertenecía a la clase trabajadora: era hijo del empleado de una cárcel juvenil y de una enfermera de hospicio en Massachusetts. Mi padre era operario local en una compañía de servicios públicos en Alabama, y mi madre trabajaba en mi escuela, primero como personal de limpieza y después como encargada del almuerzo en la cafetería. Yo también fui a una universidad costosa gracias a un apoyo financiero importante, de una cantidad similar al producto interno bruto de un pequeño país europeo. En ocasiones, he sentido que la gente me tacha de ser una arribista ambiciosa o me critica por no adaptarme del todo a esos lugares llenos de personas adineradas y con altos niveles educativos, pues tenía un acento pueblerino y no me había arreglado los dientes con modernas técnicas odontológicas. En mi primer año en la Universidad de Duke, un jugador de lacrosse que venía de una prestigiosa escuela de internado me escuchó hablar y preguntó: “¿De dónde [palabra insultante] eres?”. Fue evidente que no solo lo preguntaba para conocer una ubicación geográfica.

Hay una connotación innegablemente negativa en la frase “arribista profesional”. Es un insulto a menudo usado contra personas que tienen la audacia de ascender por encima de su clase económica. Cada vez que he escuchado que la usan, se trata de alguien que goza del suficiente privilegio como para que la necesidad de trabajar y la preocupación por el avance profesional sean experiencias ajenas. El blanco generalmente es alguien como Strong, cuyo camino al éxito fue largo y difícil, y a veces implicó muestras extremas de devoción a su oficio. (Como se relató en el perfil del New Yorker, una vez, después de que Strong fue contratado para ser asistente de Daniel Day-Lewis en un rodaje, condujo a Canadá con la mandolina de utilería del gran actor bien sujeta en el asiento del copiloto como si “protegiera una reliquia”).

Solo una persona me ha llamado arribista a la cara, y fue hace más de una década. A un exnovio, que también era escritor, le molestó que me comisionaran algo bueno para una revista y que tuviera el descaro de entusiasmarme por ello. Él era europeo y había ido a colegios caros y prestigiosos, pagados por sus padres. Veía el hecho de que me concentrara en mi carrera periodística como un rasgo estadounidense chillón que desprendía el hedor del esfuerzo. Dada su reacción socarrona, se podría pensar que yo había asesinado a todos mis compañeros de profesión y escalado una pila de sus cadáveres para conseguir el trabajo.

En realidad, simplemente me habían ofrecido el encargo como parte de un contrato que tenía en ese momento como columnista en la revista Fortune. Sin embargo, tal vez me esforcé al nivel de Jeremy Strong para conseguir el contrato. Después de descubrir que nadie en los medios de comunicación quería asignarme artículos sobre negocios y finanzas, a pesar de haber trabajado como analista de valores, comencé un blog de Wall Street llamado Dealbreaker que era leído por muchos jóvenes profesionales de las finanzas y, en última instancia, por el tipo que me contrató en Fortune. Era joven, mujer y mis antecedentes no eran los típicos de una columnista de finanzas. Un colega quería saber cómo había conseguido el trabajo. Ni siquiera había hecho prácticas, señaló.

Y no lo había hecho. Las pasantías en los medios eran en su mayoría no remuneradas y, a menudo, se obtenían a través de conexiones o nepotismo. No tenía contactos ni dinero al comienzo de mi carrera en los medios. Además, levantar una empresa de medios desde cero (lanzarla, escribirla, contratar a otras personas, crear una audiencia) ¡puede ser más difícil que hacer una pasantía! Ciertamente no fue la manera fácil de entrar. La insinuación de mi colega de que, de alguna manera, debí haber hecho trampa para entrar, me mostró claramente cómo las élites a menudo menosprecian a las personas que ellos ven como intrusos en sus espacios exclusivos.

A menudo se habla del resentimiento de clases como si fuera un fenómeno unidireccional: las clases bajas resienten a las clases altas. Pero también funciona al revés. Las élites ricas en una institución llena de otras élites ricas se ven como aliadas. Yo, o Jeremy Strong, podríamos ser una amenaza.

Un estudio de 2018 ilustra este problema: los investigadores les preguntaron a estudiantes universitarios europeos sobre las actitudes hacia los inmigrantes. Cuando los inmigrantes con educación universitaria eran percibidos como una amenaza competitiva para el grupo encuestado, fueron calificados más negativamente que aquellos con menos educación.

En Estados Unidos, nos encantan las buenas historias al estilo de las del escritor Horatio Alger, en las que una persona que empieza con muy poco dedica trabajo duro y ambición y se convierte en un éxito. Pero nos gustan solo en abstracto. En la vida real, las élites estadounidenses aborrecen a los que se esfuerzan tanto como lo haría cualquier aristócrata europeo.

En nuestra mitología nacional, la clase no importa, pero en la práctica, nuestra creencia generalizada en el mito de la meritocracia refuerza la desigualdad. Los estadounidenses tienden a sobrestimar la movilidad económica de la nación, como lo demostró una investigación de la Universidad de Harvard, y tienen una gran fe en la equidad de su sistema económico, a pesar de las abundantes pruebas de sesgos raciales y de otro tipo. Al menos en ciertos círculos, proceder de un entorno modesto y querer más es una deficiencia moral, una forma de codicia.

El clasismo de esta actitud no siempre es aparente porque hay mucho que criticar legítimamente sobre la cultura del esfuerzo laboral en Estados Unidos, en la que se valora el exceso de trabajo y se espera que todos nos levantemos y nos esforcemos. La pandemia de covid y el replanteamiento de la cultura del trabajoque ha impuesto han generado una reacción negativa y una serie de artículos de opinión sobre el fin de la ambición y sobre si las carreras realmente importan cuando la gente está muriendo y el planeta está ardiendo.

Sin embargo, no se trata de una crítica al esfuerzo en sí mismo, sino a una cultura empresarial que sigue basándose en jornadas laborales insostenibles, en una competitividad despiadada y en prácticas de explotación laboral.

La verdadera cuestión es, pues, por qué cosas vale la pena esforzarse. Hay una diferencia entre trabajar inútilmente para una empresa y trabajar arduamente porque lo disfrutas, porque te importa lo que haces o, lo más importante, porque intentas progresar a nivel económico. No tiene nada de malo querer tener una mejor vida que tus padres. Hacer un esfuerzo —incluso un esfuerzo exagerado como el de Strong— no debería ser vergonzoso. Quienes nos esforzamos lo entendemos porque nunca hemos sido capaces de alcanzar grandes éxitos sin ese esfuerzo.

Las élites suelen ser socializadas para que se sientan atraídas por la “facilidad” y eviten las muestras de esfuerzo. Pero es un error ver la desconexión en términos de estilo personal o etiqueta. Quienes nos esforzamos no podemos comportarnos como si las cosas fueran fáciles porque fingir que lo son a menudo requiere recursos de los que carecemos. No tenemos “chill” porque no tenemos ni el tiempo ni el dinero para reunir los accesorios de una actitud relajada, ni para llevarla a cabo.

Vale la pena señalar que Succession, la serie en la que la notable actuación de Strong lo ha convertido en una estrella digna de un perfil del New Yorker, se centra en un hombre que se esfuerza, Logan Roy, quien creció sin riqueza en Escocia y construyó un imperio mediático. Sus hijos, por otro lado, habitan un mundo de personas ricas que desdeñan esforzarse de la misma manera que parecen hacerlo los compañeros de Yale de Strong citados por la New Yorker.

Esta desconexión se representa de manera más evidente en Tom Wambsgans, un trepador social del que se burlan mucho y que se casó con una integrante de la familia y, por ende, con el negocio familiar. Pero en el final de temporada, los que se esfuerzan parecen resultar victoriosos: Tom une fuerzas con Logan en una maniobra corporativa que sorprende a los niños Roy, quienes se quedan solo con su sorprendente noción del derecho sobre lo que merecen, sin hacer nada tan grosero como esforzarse con fervor para obtenerlo.

Elizabeth Spiers (@espiers) es escritora y estratega de medios digitales. Fue editora en jefe de The New York Observer y editora fundadora de Gawker.

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