Un hombre llamado Jesús

Mosaico del Galileo, obra del artista yarumaleño Iván Darío Gil Bolívar.

Por Oscar Domínguez Giraldo

Jesús era un muchacho juicioso. Y eso que era hijo único. Como no se habían inventado los sicólogos, los niños no tenían tantos achaques. Por eso Jesús nació sin complejos hace 2021 años, según la tradición cristiana. Electra era una vecina que cocinaba rico con aceite de oliva. Y Edipo – el que le dio nombre al otro complejo famoso-  era un fariseo que prestaba dracmas  al diez.

Sus vecinos le decían «Calidad» Jesús. Las mamás que temen que sus hijos se junten con malas compañías, estaban tranquilas cuando sabían que sus vástagos se habían ido de farra con el hijo del carpintero. Frecuentaban la casa de Jesús con sus hijas casaderas con triple intención, pero el muchacho abría rápido el paraguas y se daba el ancho. 

Como a toda mamá, a María la parecía que su hijo nació aprendido. El joven Jesús se las sabía todas y las que no, se las inventaba. Bailaba trompos en la uña. Por eso, cuando  resucitó al tercer día, a mamá María  no se le hizo nada raro. Ella lo había visto caminar sobre las aguas primero que el resto de los mortales. (En cambio, al principio a Pedro le costaba trabajo creer en un hombre que ni siquiera sabía nadar: prefería caminar sobre las aguas).

Interesante personaje este Jesús,  simplemente Chucho, para sus amigos  de charlas intrascendentes, de mirar muchachas con los ojos pacíficos del amor platónico, de robar mangos en Nazareth para romper la rutina y despistar al enemigo romano, de llegar tarde a casa cuando el reloj de arena marcaba las once de la noche y dos granitos.

La política como religión

Cuando había que hacer vaca para comprar vino, Jesús era el único que no ponía un peso. Tampoco se tomaba un trago. Y eso que no pertenecía a los AA. Pero como siempre iba más allá, sacaba el vino de la nada. Así se entrenó para las bodas de Caná (Jn. 2,1) cuando se acabó el vinillo y la gente estaba a punto de quedar pasmada.

Su agenda era más bien jarta, como de cartujo. De pronto se pegaba unas perdidas hasta raras. Y aparecía en el Templo. Pero no de acólito o poniendo el sombrero para que la gente se extrovirtiera con la ofrenda. Nada de eso: les ponía conversa a los doctores de la Ley que quedaban lelos oyéndolo hablar. 

Los doctores de la ley corrían leguas cuando «ese hijo del carpintero José», como le decían despectivamente, se les aparecía sin previo aviso con su cara de niño prodigio y de “enfant terrible”. 

A don José, su papá carpintero, le ayudaba a cortar la madera. Pero lo hacía de tal forma que a la madera le daba siempre forma de reclinatorio o de confesionario. 

A José le pedían más que todo camas para descansar, dormir y hacer hartos muchachitos. Y taburetes para sentarse a la mesa o recibir visitas y hablar mal del invasor romano. Por eso el padre se inventaba mandados (los famosos tenete allá) para mantener a Jesús alejado del chuzo.

Cuando nadie se lo imaginaba, Jesús se metió a la política por la vía de la religión. Hablaba de tal forma que nunca tuvo votos sino de-votos.

Era lo que ahora llamarían un subversivo. Con razón lo querían meter  a la cárcel. Era el antipolítico en pasta.

Claro que de pronto se le salía el manzanillo que llevaba por dentro.  Empezó por hacer su clientela entre unos pescadores que no distinguían entre la letra a y una red. La gente que lo seguía se fue multiplicando como peces en cardumen.

Proponía pendejadas como amar al prójimo y ofrecer el otro cachete. ¿Y qué tal esa  picadurita de mosco de hacer el bien sin mirar a quién? ¿O de amar a nuestros enemigos? Cuando se iba, le dejaba su paz al interlocutor. Y plata para el pasaje en metro-burro.

Mejor dicho, era un encantador de serpientes. Y se tuteaba con Dios a quien  llamaba «Abba», padre.

El arte de  perdonar

Desde muy joven, Jesús tenía el palito para perdonar (Mt. 18,22). Perdonaba hasta setenta veces siete, es decir, unas 490. Eso si,  ni una más porque eso sí ya es pendejada. Después les endosó esa gracia a sus discípulos, según lo cuenta Mateo en Los hechos de los apóstoles.

Como perdonaba pecados a dos manos y traía el mensaje de salvación, estorbaba más que un lotero a los poderosos de la época que se empeñaron en quitarlo de en medio. Y lo crucificaron.

Pero tacaron burro porque lo que hicieron fue darle credibilidad a las escrituras que hablaron del «Mesías», del «Hijo de Dios». Desde entonces, todo el mundo en su barrio chicaniaba diciendo: A ese lo conocí yo, vivía cerca de mi casa, almorcé con él varias veces, le echó los perros a una hermana mía, fuimos a cine, perdón, a ver el paisaje más próximo, etc.           

Su Sermón de la Montaña, considerado como todo un código ética, fue transmitido en vivo y en directo por el eco que era la CNN de entonces.

Fue el precursor de los «yupis» pues a los seis años era todo un ejecutivo de Dios, sin estrés, sin celular  y sin novia en un barrio proletario.  A los 33 años, cuando murió, había hecho hasta para vender.

Si Jesús de Nazareth hiciera  campaña en  Colombia, no tendría más de tres votos: los de pobreza, castidad y  obediencia. En caso de que aparecieran seis votos es porque papá, mamá y la Magdalena – con la que le inventaron  más un falso testicierto-  votaron por él.

Como político, Jesús era totalmente atípico. Para empezar, nada de asesores de imagen. Nunca los necesitó porque andaba datiado por el Espíritu Santo que era Él mismo en una paloma. Su reino no era de este mundo. Tampoco era de los que llamaban al periódico a lagartiar la publicación  de éste o aquel comunicado «ojalá con fotico en primera de la manifestación en Belén».

Revolución con plata ajena

Tenía una pinta tenaz este Galileo. Las mujeres  chorreaban la baba por él. Jesús habría podido vivir de la pinta. Pero no era un gigolo, un mantenido.

A María Magdalena le sacó el aire a juzgar por las palabras que Jalil Gibran pone en  su boca: “Lo miré largamente y mi alma se conmovió en lo más profundo de mi ser, porque era bello, de un cuerpo incomparable. Todas sus líneas se habían uniformado adecuadamente de modo que parecían estar enamoradas unas de otras”.

Decía cosas  tan exóticas como: «Haz el bien y no mires a quién». Mataba y comía del muerto si por algún azar su mano izquierda se enteraba de lo que hacía la derecha. 

Puso a dieta a todos los ricos cuando les notificó que era más fácil que un camello pasara por el ojo de una aguja que un platudo se salvara. Los que enflaquecieron entregaron la plata y entonces Jesús hizo la revolución con el billete de los demás. Así fundó la Teología de la  Liberación. A los ex-pobres no les cabía un tinto  de la dicha.

Sólo admitió una entrevista de una pregunta: ¿Quién eres tú? La respuesta fue: Yo soy el que soy. El improvisado reportero sin tarjeta (un tal Poncio Pilato) quedó sin alientos para contrapreguntar. Poncio lamentó hasta que se le acabaron todas las sandalias no haberle parado bolas a Claudia, su esposa, quien le pidió que no se metiera con Jesús.

Dios es mi copartidario

Para prevenir las filtraciones de dineros de dudosa ortografía en su campaña y para evitar que después le pasaran incómodas cuentas de cobro, no admitía siquiera que le prestaran caballos – menos “mulas”- para movilizarse. Un domingo aceptó un burro de San Antero, Córdoba, sólo para no hacer quedar mal a los profetas que se ganaban la vida y la fama anunciando su llegada.

Cuando lo cogía el día subía a bordo de sí mismo, desaparecía como por encanto y aparecía aquí o en Cafarnaún. Después, desde cualquier lugar de Galilea, como decían los  Sánchez Cristo con sandalias de entonces.

¿Escribir discursos? Jamás se le ocurrió. Como Jesús era la CNN y  la Internet de sí mismo, palabra que decía, palabra que llegaba a medio mundo. Una vez hizo una excepción y escribió algo en el suelo (Jn. 8,6) mientras los escribas y fariseos despotricaban de una apetitosa mujer adúltera que no les quiso dar ni la hora de la semana pasada. O sea que escribió una vez más que Sócrates quien no lo hizo nunca.  A los dos (Jesús y Sócrates, que quede claro) los mataron porque se les fue la mano en tener  razón. 

Nunca se supo lo que escribió Jesús en tierra. Hasta hoy cuando lo revela éste bien informado perfil. Escribió simplemente: «Estos #¿¡$%/#¿!” majaderos tienen de lo que sabemos si creen que voy a condenar a esta mujer porque se echó una canita al aire por fuera del matrimonio». Y colgó la pluma de por vida.

«Oírlo hablar no daba sueño». No podía ver un morrito porque se trepaba en él y se dejaba venir con las Bienaventuranzas, por ejemplo. Los reporteros sin tarjeta que antes habían sido pescadores, tuvieron que desarrollar  memoria de elefantes para no perderse detalle. Y para no tergiversarlo. ¿Se imaginan lo que significa que Dios lo rectifique a uno? Tenaz eso de cubrir a Jesús sin grabadora. Preferían mirar a Jesús a los ojos, anticipándose a la receta del Nobel García Márquez. (Es tan clara la existencia de Jesús que el propio coronel Aureliano Buendía solía repetir mientras esperaba su pensión de jubilación: “Dios es mi copartidario”).

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