Un día en Montevideo

Vuelve el duelo y Colombia sin ganar en Montevideo en 20 años. Foto AS-Colombia

Por Oscar Domínguez Giraldo

¿Y ya que estamos tan bueno en Buenos Aires por qué no nos vamos para otra parte? Un buque-bus y algo más de 300 dólares nos llevan a Montevideo a través de ese río que presume de mar, según Mario Benedetti. Pena nos da con la capital uruguaya dedicarle menos de 24 horas, pero peor sería ningunearla del todo. El Río de La Plata es tan imponente que da la sensación de que el mar desembocara en él, y no al revés, como ordenan los manuales hidrográficos. 

Después de llenar los papeles que manda la burocracia, llegamos a Puerto Madero, como perro de ricos, en el puesto de atrás del inevitable taxi. Otro descreste este puerto de agua dulce. Como Nueva York, Londres o Barcelona, la tierra de los ches  convirtió Puerto Madero en fortín comercial y turístico. ¿Qué tal que gaucholandia tuviera dos mares como Colombia? No le hablarían a nadie. No acaba de sorprendernos Buenos Aires. 

Una vez, en Washington, este negro cometió la burrada de confundir dos señales de tránsito cruzadas que decían: one way, con el nombre de un barrio. Aquí vuelvo a meter las de caminar: lo que creo que es la sala de espera del barco, es el barco, un buque-bus. Lo vi como un campo de fútbol. Tal vez por eso me sentí tan bien. Seis horas largas, ida y regreso, nos llevará este viaje en el que perderemos la virginidad fluvial. 

A bordo, por fin veo niños. Ya me estaba preocupando por el futuro de un país sin su cuota de bajitos. (Leemos en Clarín que uno de ellos, Joaquín,  3 años, de Belgrado, le preguntó a su abuela: ¿Cuál es el brazo derecho de un zurdo?). Tal vez no hemos visto niños debido a las vacaciones. Aquí se multiplican y convierten el barco en una guardería bulliciosa. 

Al buque-bus el caben 610 pasajeros con sus virtudes,  defectos y complejos de Edipo y Electra. También hay espacio para 108 autos con sus placas. Unos y otros se acomodan en  74 metros de largo y 20 de ancho. El cachivache vino a lomo de olas desde Tasmania. Para la travesía que nos espera, que no le falten uno solo de los 22.000 HP (no son hijueputazos) de fuerza. 

Hasta ahora no conocía más nudos que los de mis zapatos. Pues bien, 38 nudos (199 kilómetros) nos separan de la capital del Uruguay, país que pronto será nuestro con sus 170.000 kilómetros cuadrados y apenas 3.200.000 charrúas cuando lo visitamos. (De paso averiguaremos si es cierto lo que decía un gaucho: “Che, ¿por qué será que siempre que me encuentro con un argentino buena persona, me resulta uruguayyyyyo?”. Además de río y el mate, ambos países comparten  la forma como hacen sonar las pobres letras y/ y  ll). 

Para variar,  el  primer anuncio que escuchamos  es el relacionado con la inminente apertura del shopping de a bordo. Aquí encontramos una discreta referencia a la “nacionalidad” uruguaya de Carlos Gardel: en una cuchara para revolver el azúcar está la cara del Zorzal. (A propósito de compras, el nieto de un amigo argentino ya fallecido, don Ricardo Ostuni, comentó la reacción de su nieto la vez que su madre y su abuela salían: van a comprar cosas necesarias que no necesitan).  

Serán míos un morral para mis trotes de solitario, unas alpargatas y una gorra de pensionado con plata. No sé si me voy pareciendo a la ropa que tengo,  o al revés. También los amos terminan pareciéndose a sus perros. Menos mal no es al contrario. Sigamos. 

Alegría: nos sentamos al lado de un lector que devora Miguel Strogoff, de Verne, uno de los autores de mi infancia y “jodentud”. Dan ganas de proponerle charla, pero el che nos castiga con el policía del desprecio. 

En Montevideo, capital de la suiza suramericana, nos esperan dos personas del millón 200 mil habitantes que tiene la ciudad. Se llaman Silvia y Ariel, sin más datos. Sabremos que estudiaron juntos en sus mocedades. 

Debido a un retardo imprevisto en la agenda, Silvia, quien admite 52 años, (una mujer que confiesa su edad no tiene futuro, dice Wilde, quien es bueno para la ironía, no para decir verdades), debe enfrentar  un incruento motín  a bordo del que pronto saldrá adelante. Será la más eficiente de las guías que nos trastearon durante nuestro periplo. 

Desde un principio nos midió el aceite, nos vio cansados, cuasidormidos. Para despertarnos nos cantó el tango  “Malena”. La pequeña ráfaga uruguayyya  tiene “voz de alondra”. Nos puso los ojos como un dos de oros, abiertos. 

Nos tira línea tieso y parejo, incluida esta precisión: los uruguayos son pocos pero brillan en todos las expresiones del espíritu. Y de las patadas: fueron campeones mundiales de fútbol en 1950. Nos abruma con cháchara sobre el maracanazo. Nos lo recuerda cuando pasamos por el viejo estadio Centenario. Nos recuerda que el capitán de la selección que derrotó a Brasil se fue en la noche a los bares a consolar a los derrotados cariocas. 

Al lado de la ruidosa Buenos Aires, Montevideo es una apacible ciudad. A diferencia de su vecina, Montevideo no admite edificios altos en su prontuario arquitectónico. Incluida nuestra locuaz interlocutora, los demás charrúas que nos encontraremos en la ruta, son amables, descomplicados, orgullosos, con el ego en sus justas proporciones. Ni uno solo se ha suicidado arrojándose de su ego. Eso se lo dejan a sus vecinos. 

A los empleados de los centros comerciales se les salta la piedra porque no pagamos en su moneda. Nos late que lo consideran un desplante. Aquí perdimos matemáticas pues fracasamos en la conversión de las distintas monedas. Corríamos el peligro de pagar en pesos argentinos o dólares, y recibir los vueltos en pesos uruguayos y nuestro regreso a Montevideo (y a Baires) puede ser tan remoto como un picnic en el Polo Norte. Para curarnos en salud, pasamos vírgenes por sus centros comerciales. 

En las playas montevideanas, el Río  de la Plata es más mar que otra cosa. Cada vez creo menos el cuento de que este mundo de agua es un río. Media ciudad se ha volcado sobre la playa. Silvia parece tener la explicación reina sobre el porqué a semejante mar le dan estatus de simple río: porque si le decimos mar, se viene todo el mundo a pescar  en sus aguas. Que viva el Río de la Plata, “agua que camina”, que lleva  un mar en su pasado, presente y futuro. 

Por supuesto, “nuestro prócer, Artigas”, tiene monumentos en todas partes. También sabemos para toda la vida que Montevideo es la ciudad del mundo con mayor número de monumentos.  Hasta Confucio, con sus ojos rasgados de tanto filosofar y comer arroz, tiene su estatua. Nos quedamos un día más, y clasificamos para estatua. No vimos la de Gardel. 

Mientras ametrallamos la bella ciudad con nuestras cámaras, Silvia se explaya sobre lo divino y lo humano. Los varones domados miramos para otro lado cuando cuenta que su país fue el primero en otorgar el divorcio a la mujer. Con estas variantes: para otorgar el divorcio era suficiente el deseo de la mujer. Ahora, si él quería divorcio pero ella no, el hombre tenía que seguir yendo por la leche y el pan a la tienda de la esquina. De la que nos escapamos… 

En realidad, a lo largo de nuestro turismo chatarra, en patota, como lo llama un “enemigo íntimo”, nunca tan pocos dependimos tanto de solo dos uruguayos, Ariel y Silvia. La mina nos acomodó un amable regaño por aparecer en su país solo como fugaces cometas Halley. La frágil Silvia – con aires de Natalie, la guía del canción de Bécaud- dice que nos espera para una larga temporada  en la que tengamos a Buenos Aires de segundona,  tal vez para ir a ver las hermosas jacarandás del verano que me encantaron desde mi óptica de daltónico que confunde el color morado con un policía de tránsito. 

Como no somos cuerpos gloriosos, almorzamos opíparamente. En nuestros estómagos  desaparecen una merluza y un bife, para comparar. Salen perdiendo con sus vecinos. Pero no nos metieron gato por liebre. El tiempo se nos agota y Buenos Aires nos reclama a gritos. 

Hay lleno hasta las banderas en el regreso en el barco Sea Cat donde nos entretenemos con las noticias televisivas que nos ponen al día. En par minutos estamos dormidos. Somos una ciudad menos ignorantes: Montevideo. 

Sobre Revista Corrientes 6056 artículos
Directores Orlando Cadavid Correa y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo rcorrientes@revistacorrientes.com

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*