Tres guerreras en la selva

Los Ortega en su paso por el Darién. Desde la izquierda: Adriannys, Hamleisy, Hamleisky y Hamlet.Foto Federico Rios para The New York Times

Por Julie Turkewitz
Andes Bureau Chief, International
Hay tantas historias que se quedaron en nuestros cuadernos después de nueve días caminando en la selva y casi un mes reporteando en la región. Quiero contarles una de ellas.
Los Ortega eran una familia de cinco: Hamlet, el padre; su pareja Jheymmi; las hijas de Hamlet: Hamleisy, de 15 años; Hamleisky, de 13 y Adriannys, de 8.
Sobresalían por su optimismo. Los conocimos en el quinto día de su paso por el Darién y las chicas iban rebosantes de emoción por las vidas que planeaban iniciar en Estados Unidos.

Las tres habían perdido a su madre en 2017 a causa del cáncer de mama, en un momento en que el sistema de salud de Venezuela colapsaba. Desde entonces habían pasado de hogar en hogar mientras el padre buscaba trabajo. “A veces no comíamos porque no teníamos dinero”, me dijo Hamleisky. Este año los cinco vivían en un solo cuarto en Perú, donde el padre era reciclador callejero.

El viaje había sido idea de las niñas. No solo vivían en la pobreza en Perú. Las dos mayores, sobre todo Hamleisky, iban muy por delante de sus compañeros en la escuela y estaban hambrientas de desafíos.
Como la mayoría de la gente, los Ortega vendieron casi todo para hacer la travesía y viajaban con pocas cosas de valor: la Biblia de Jheymmi, una foto de la madre de las niñas, el soporte de la espalda para la escoliosis de Hamleisy, una carpa, dos linternas de carga solar, algunas bolsas de arroz y latas de sardinas. En el camino hallaron una olla destartalada que usaban para cocinar la única comida del día. Los Ortega compartían la olla una y otra vez con otros migrantes que no tenían cómo cocinar, a riesgo de perderla a manos de viajeros menos generosos.
A lo largo de los siguientes días, vimos cómo las chicas subían montañas empinadas y cruzaban un río tras otro, a veces agarradas de la mano. Con ellas iba Tuga, su mascota tortuga.
Federico Rios para The New York Times

En un momento, Hamlet se derrumbó en una roca cerca del agua, exhausto por la falta de comida y sueño y ya casi no podía avanzar. Se tapó los ojos para que no lo vieran llorar. “Mis hijas son todo para mí”, dijo. “Son mis tres guerreras”.

La dificultad, dijo, no solo eran las jornadas largas y las noches frías. También estaba la carga emocional de intentar proteger a sus niñas en un lugar donde la protección era casi imposible… y la carga de verlas atestiguar sus dificultades.
Hamlet Ortega en un momento de agotamiento junto al río Tacartí. Foto Federico Rios para The New York Times.
Los Ortega salieron de la selva el 10 de octubre. Pero su historia no ha tenido un final feliz hasta el momento.
Dos días después, el gobierno de Joe Biden anunció que ya no dejarían entrar a Estados Unidos a los venezolanos que se presentaran en la frontera para solicitar asilo; ahora serían deportados a México. Eso incluía a los Ortega.
Las niñas estaban destruidas. Me enviaron un mensaje de voz desde Panamá, donde estaban viviendo en un albergue migrante, sin saber qué hacer. Y me han seguido mandando mensajes de voz casi a diario.
“Siento que crucé esa selva para nada”, me dijo Hamleisy. “Siento que no cumplí lo que tenía que cumplir, señora. ¿Y ahora cómo le hacemos?”.
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