Tiempo para los libros

Foto, el abuelo Oscar leyéndoles a sus nietas Sofia e Ilona, y al amigo fiel, Nacho, el chihuhua que ama los libros...).

Por Oscar Domínguez Giraldo

Un  libro nuevo es una novia, un misterio que acabamos de conocer. No pise la yerba, ni se la fume: regale un libro o cámbielo por otro. O déjelo abandonado en algún parque o en el restaurante donde le han dado de comer y de beber para que  otro lo lea.

Al libro hay que verlo, oírlo, olerlo, gustarlo y palparlo. El libro, como los obstetras, está disponible las 24 horas del día y de la noche. Como la mujer amada, se deja acariciar, morder la oreja. (Bueno, los libros deberían tener orejas). 

En la mujer y en el libro se debe reincidir. La página es la piel del libro. Como la mujer fatal, el libro no tiene presa mala: donde se le toque sale –o se lee- un misterio. Ningún Chanel, ninguna mujer fatal, huele mejor que ese libro que vamos a devorar.

El libro, como la fémina, tiene el sexapil regado por todas partes. El libro se entrega a cualquier hora. Siempre dice sí. Encuéntrele o no el punto G.

Los libros ven venir un mes como septiembre con su Fiesta del libro y de la cultura que empieza hoy en Medellín y de inmediato destapan champaña, invitan a almorzar.

Los libros invitan a trago y viejas en abril. No en vano en su jurisdicción murió Cervantes ( 23). Y nacieron Shakespeare, Marco Fidel Suárez, Fernando González, Mejía Vallejo.

Para un libro, una fiesta del ídem es como el festival de Cannes para un perrito faldero.

Los libros, como los buenos amigos, no pasan cuentas de cobro, no dan puñaladas traperas, no piden que les sirvamos de fiadores. No hacen las veces de Judas como tantos que aparecen por ahí.

Los libros se interesan en “desanalfabetizarnos” y sanseacabó.

Qué emoción tan amarilla cuando se le mete el diente a un libro. Aunque a libro regalado no se le mira el diente. Se lee y punto.

El libro es la memoria de los pueblos. Mundo sin libros, rostro sin pecas, cielo sin estrellas.

Se podría establecer un símil entre el mar y una biblioteca. El mar son gotas tomadas de la mano. Las bibliotecas son lo mismo, pero con libros en el papel de gotas. Con razón decía Borges: “Pienso que el libro es una de las posibilidades de felicidad”.

Admitamos que Borges dio un  “mal” ejemplo. Leía la Divina Comedia en el tranvía entre la casa y su trabajo en la biblioteca de Almagro. Excelente manera de aprovechar las largas horas muertas, estériles,  que pasamos a bordo de los vehículos de servicio público.

Chile le puso papel carbón al ritual borgesiano. Y como mejorar ideas es una certera forma de ser originales, los bogotanos decidieron que no estaba bien que el hombre viajara solo en el transmilleno.

Entonces empezaron a editar libros que prestan para que los pasajeros se enriquezcan culturalmente. Leída la obra, ésta debe regresar a sus dueños para que otros la lean.

Las metáforas no son del dueño sino del que las necesita, decía el cartero de un poema de Neruda, convertido en película.

Apoyada en esta jurisprudencia cultural, en Bogotá, la empresa Transmilenio incorporó las lecturas a bordo en otra forma de viajar aprendiendo. Ojalá le adicionaran música. O videos ilustrativos de los que vemos por los Discovery. Las penas (= el transporte) con pan, son menos.

El programa capitalino sigue ganando adeptos con un bello nombre: “Libro al viento”. Esta modalidad ya forma parte de la cultura de la movilización en el transporte urbano. O formaba, no estoy seguro.

Quién dijo miedo: el Metro de Medellín, no se quedó atrás y desde el 2006 acuñó su propia versión con el alias de “Palabas rodantes”, en una edición fina, de pasta ligeramente dura, que supera la bogotana. La historia continúa.

Si la montaña no viene a mí yo voy a la montaña. Como en los años cincuenta cuando la Biblioteca Piloto llegaba hasta los barrios popular a prestar libros.

Los pudientes de Comfama pagan la cuenta. El poeta y profesor Luis Fernando Macías decide qué autor va. Como los papas, nunca se equivoca.

En síntesis, se trata de poner en circulación libros baratos, de bolsillo, al alcance de todas las pobrezas. Y, claro, en Medallo le introdujeron sus propias variantes.

En Medellín le metieron más guadua al asunto. Crearon cuatro bibliometros en estaciones claves. Allí no sólo se pueden leer libros, la prensa, sino que se pueden consultar Internet. Gratis.

El metro se encarga del resto: vagones y los pasajeros. Los viajeros alivian así sus ansias de lectura en un medio en el que el libro que cada vez se integra más a la canasta familia. (Estas líneas han sido sometidas a latonería y pintura).

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*