Tapabocas solidario

Tapabocas, una protección básica.

Editorial

El aumento de casos de covid-19 dado a conocer en el último reporte oficial, con un ligero incremento de las muertes, ratifica que el país atraviesa un quinto pico pandémico que si bien no es tan preocupante en términos de gravedad como sus predecesores, sí exige medidas que en esta oportunidad dependen más de la actitud y la responsabilidad de las personas que de las exigencias hechas por las autoridades.

En este sentido, tanto el Instituto Nacional de Salud como el Ministerio de Salud coinciden en la sugerencia de retomar el uso del tapabocas en los espacios cerrados, procurar el distanciamiento físico, aislarse y consultar ante síntomas sugestivos de la infección, lo que no puede calificarse como un retroceso respecto a lo dictado anteriormente por dichas entidades, máxime cuando ya se levantó la emergencia sanitaria, sino como parte de procesos que de aquí en adelante formarán parte de la cotidianidad, pues el virus llegó para quedarse.

Y es aquí donde urge poner en práctica lo aprendido durante estos más de dos años, que empieza por entender que su dinámica biológica exigirá, de tanto en tanto, la puesta en escena de medidas de protección individuales y colectivas para atajar su expansión, que, como se sabe, estará marcada por nuevas mutaciones y una facilidad para transmitirse entre humanos.

‘Quienes no se han vacunado siguen expuestos a desenlaces severos. Es necesario completar todos los esquemas.’

De ahí que usar el tapabocas deba ser una respuesta de sentido común ante el riesgo potencial, que no ha de ser descalificado en ningún espacio y por ninguna autoridad en razón de que, a la par que el nuevo coronavirus –que invadió la vida de todos– hace presencia, este elemento debe ser ineludible cuando cada quien lo considere.

Es claro que la pandemia no ha terminado y que si bien su efectos hoy parecen más benévolos, ello no es el resultado –como ligeramente se difunde– de que el virus haya perdido su capacidad de amedrentamiento, o que se haya desgastado a fuerza de multiplicarse, sino de la inmunidad que tanto las infecciones previas como las vacunas han dejado en los cuerpos para que las reinfecciones sean menos graves y menos letales.

Sobra decir que quienes no se hayan vacunado siguen expuestos a desenlaces graves, por lo que se acentúa el valor de la recomendación de completar esquemas en todas las edades y dosis de refuerzo en los grupos que los necesiten para así continuar por la senda que algún día permita pasar la página de esta larga crisis sanitaria.

Por todo lo anterior, sumado a que esta nueva ola coincide con el pico respiratorio, y con una prolongada temporada de lluvias, el llamado general es a no desestimar las recomendaciones de velar por el cuidado solidario, manteniendo el uso del tapabocas y las demás medidas no farmacológicas hasta que los factores de riesgo cedan y la lógica que debe primar en estos casos lo requiera. Todo esto sin necesidad de que para ello se tengan que dictar normas específicas o deba mediar la presencia de autoridades competentes para recordarlas. La pandemia ha dejado lecciones marcadas con dureza, pero también experiencias para no repetirlas. Es hora de echar mano de ellas, pensando en la salud y la vida de todos.

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