Suspendido el «Diario»de Ricardo Bada por incendio en su casa alemana

Ricardo Bada, periodista

Por Ricardo Bada

Weiß/Colonia,


A todas mis amistades este envío sencillo y en mi menor, para más inri :


No van a seguir recibiendo mis dobles envíos por algún  tiempo. Calculo que si todo va bien podré reanudarlos allá 

por mediados del mes de enero. Ojalá.  Y sin dilación, pero también sin anestesia, les explico el porqué.

Estoy viviendo una auténtica pesadilla. El lunes 28, en un descuido de Diny, se incendió nuestra vivienda. Por dicha, hubo poquísima llama pero humo como para creer que estábamos en el Londres de fines del siglo XIX y principios del XX. Cuando comenzó el incendio yo dormía la siesta, de la que me despertaron las alarmas de humo que en el semisueño de la siesta tomé al principio por el chirrido del despertador. Apenas me di cuenta de que eran las alarmas me levanté de un salto y sospechando lo que podía haber sucedido corrí a la cocina, donde encontré tres planchas incandescentes, que pude apagar de inmediato, pero el mal ya estaba hecho. 

Los vecinos nigerianos del piso de abajo, que fueron los primeros en darse cuenta (Diny no tiene ni idea de cómo empezó todo ni por qué, ni entiende la tragedia consecuente a su descuido, menos mal) ya habían avisado a los bomberos, y mi querido Mohammed, a quien conozco desde que era un niño y jugaba con Paul, mi primer nieto, hace más de veinte años, me convenció de que saliera del piso y fuera de la casa, al aire libre. Alli ya habían llevado a Diny. Llegaron los bomberos, también una ambulancia, la policía. 

Ricardo Bada, periodista y escritor con sus corresponsalías desde Colonia, Alemania

Los sanitarios quisieron a toda costa hacerme chequear en Emergencias, por el posible peligro de haberme intoxicado con el humo. Menos mal, no fue el caso. Pude abandonar la clínica, y mi hijo, avisado por Mohammed, vino a buscarnos para que esa noche durmiéramos en casa de Montse, a unos 10′ en auto de la nuestra.

Al día siguiente, nuestros tres hijos acudieron al 11a del Pflasterhofweg con el propósito de limpiar un par de habitaciones a fin de que pudiéramos volver a casa. Regresaron con el rabo entre las piernas. La vivienda en que vivimos felices  desde hace casi 47 años (47 hubieran sido el próximo día 22) se encuentra en estado 100% inhabitable, hay que renovarla por completo. No se trata solo de que la cocina (que entretanto ya la vi el miércoles y hoy) sea una reproducción a escala de algunas de Pompeya, sino sobre todo que todo el humo se depositó como un rocío inmisericorde sobre todos y cada uno de los objetos en todas y cada una de las habitaciones.

Estamos alojados en un hotel precioso, a 5′ a pie de la casa de Montse, hasta el martes 6, que pasaremos a vivir, de momento como huéspedes, en una residencia de ancianos. El 15 tomaremos posesión, en la misma residencia, de una vivienda asistida. De 114 metros cuadrados nos reduciremos a solo 47: dos habitaciones, pequeña cocina (con llave de paso que pienso llevar cosida en el fondo de mi alma) y cuarto de baño completo y apto para discapacitados físicos, como solemos serlo la gente anciana. Y después, a tratar de retornar a la vida «normal», si es que me quedan ganas.

A los miles de libros, CDs y DVDs vamos a pasarles revista mañana domingo los tres nietos mayores y yo, y es seguro que ellos harán buen uso de su ius prima electio, pero quedará mucho de sobra para bibliotecas distritales y la central de Colonia, así como las universidades de Colonia y Bonn, ambas con cátedras de Hispanística. Y en último término, ahi están los anticuarios. 

«Mi obra», es decir, lo que escribí y publiqué en soporte papel, así como mi correspondencia, se las va a llevar el viento que sopló sobre Tara en la lejana Georgia. Me consuelo pensando en la desgracia infinitamente mucho mayor que le sucedió a la humanidad en el caso de Aldous Huxley, cuya casa californiana se la incendiaron unos pirómanos, y de sus manuscritos, libros y correspondencia no quedaron sino cenizas. 

Solo me queda añadir que es en circunstancias como estas donde los hijos pueden devolver a sus madres el amor y la ayuda sin tasa que les dispensó a lo largo de sus vidas. Diny puede estar legítimamente súper orgullosa de los tres nuestros. Tanto como yo lo estoy sabiendo que si son como son, es por ser hijos suyos, no por serlo además míos.

Lo dicho, espero volver a poderles seguir enviando mis recados dominicales, y ahora me despido deseándoles que pasen unas felices fiestas en torno al Día Internacional del Regalo y, como se dice en Alemania, que tengan un buen resbalón de entrada en el año nuevo.

Posdata : Les escribo estas líneas porque creo que se las merecen, por su constancia lectora y su generosidad hacia mis letras. Pero pueden creerme que lo hago bajo mínimos no solo técnicos (la compu portátil de Diny, gracias a los dioses asistida por un teclado español «inteligente»), sino sobre todo síquicos: la tarde del 28 de  noviembre me hizo envejecer varios años de golpe. De repente es una apuesta demasiado atrevida con el Padre Cronos, que me adelantó el reloj biológico, pensar que llegaré a reanudar mis entregas dominicales. Veremos, como dijo Homero plagiando a Borges. Vale.

Ricardo Bada (*Huelva/España, 1939), escritor y periodista residente en Alemania desde 1963. Autor de La generación del 39 (cuentos, Nueva York 1972), Basura cuidadosamente seleccionada (poesía, Huelva 1994), Amos y perros (cuento, Huelva 1997), Me queda la palabra (ensayos, Huelva 1998), Los mejores fandangos de la lengua castellana (parodias, Madrid 2000), Límeri de Bueno Saire (versos nonsense, Río de Janeiro 2011), La bufanda de Cambridge (cuentos, Bogotá 2018) y El Canto XXV (novela breve, Copenhague 2018). Editor en Alemania, 1981, junto con Felipe Boso, de una antología de literatura española contemporánea (Ein Schiff aus Wasser [Un barco de agua]); junto con José A. Moral, de la obra periodística de Gabriel García Márquez; y en solitario, de los libros de viaje de Camilo José Cela. Editor en España de la obra poética de la costarricense Ana Istarú (La estación de fiebre y otros amaneceres, Madrid 1991), y en Bolivia de la única antología integral que se ha hecho en castellano del ingente legado de Heinrich Böll (Don Enrique, La Paz 1995). Columnista de El Espectador y de 1983 a 2003 corresponsal en Colonia/Alemania de HJCK/El Mundo en Bogotá. Ha sido (y en media docena de los casos sigue siéndolo) colaborador regular en Revista de Libros, Revista de Occidente, ABC, Cuadernos Hispanoamericanos y Vasos Comunicantes (España), Nexos, La Tempestad y La Jornada (México), La Nación (Costa Rica), El Malpensante (Colombia), El País y Brecha (Uruguay), La Opinión (Los Ángeles/California), Amsterdam Sur (Países Bajos) y Aurora Boreal (Dinamarca), además de la revista Etiqueta Negra (Perú) y las cuatro ediciones de SoHo (Colombia, Costa Rica, México y Ecuador). Republicano y agnóstico, convicto y confeso, paradójicamente fue nombrado caballero de la Orden de Isabel la Católica, y padece –no menos paradójicamente– una curiosa dolencia llamada sacralización. Tan luego él..

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