Sigo creyendo en el poder de la libertad sexual

Por Nona Willis Aronowitz

Es escritora, editora y autora de Bad Sex.

En un ensayo escrito en 1970, en los albores del movimiento por la liberación de las mujeres, la novelista y activista feminista June Arnold relataba varias sesiones de concienciación dedicadas al sexo. Las mujeres hablaban sobre la masturbación, el lesbianismo y la relación entre amor y lujuria. Juzgaban que el sexo era un “gran tema fundamental”, escribió Arnold, y aun así la naturaleza de sus propios deseos era a menudo inescrutable.

Estas mujeres pasaron mucho tiempo de su vida adulta queriendo ser consideradas “buenas en la cama”, lo que a veces significaba hacer un ejercicio de contorsionismo para adecuarse a la sexualidad de sus parejas masculinas. “Pero ningún hombre ha disfrutado realmente de nuestra sexualidad —escribió—. ¿Cómo iba a poder hacerlo? Lo cierto es que ni nosotras sabíamos lo que era entonces”.

La revolución sexual volaba alto, pero la segunda ola del feminismo apenas había despegado. La frustración de las mujeres ante el panorama sexual era, como dijo hace poco Michelle Goldberg, “lo que se consigue cuando liberas el sexo sin liberar a las mujeres”. Se esperaba que las mujeres se liberasen y se excitasen, pero el hecho de que el sexo se siguiese practicando a la medida del hombre desbarató esos esfuerzos a cada paso. Muchas mujeres heterosexuales tenían la sensación de que se estaban desatendiendo sus necesidades emocionales, mientras que sus necesidades sexuales seguían siendo muchas veces un misterio para sus parejas y para ellas mismas.

Medio siglo después, lidiamos con una dinámica similar. La generación Z —que con razón ve como a las mujeres se les sigue enseñando, después de todos estos años, a priorizar los deseos del hombre sobre los suyos— ha empezado a rechazar el concepto de positivismo sexual y a cuestionar que las relaciones informales merezcan la pena, llegando a veces a borrarse del sexo por completo. Ahora que la virtuosa energía del #MeToo se desdibuja en un debate más ambiguo, hemos llegado a un punto en el que se evidencia que no basta con el consentimiento y descubrir qué no quieres. ¿Qué significa ir más allá del consentimiento y descubrir lo que sí quieres?

Las feministas pioneras, en aquellos salones, tenían su mirada puesta en esta pregunta, que consideraban crucial para la liberación. Pero desentrañar la respuesta ha resultado ser toda una hazaña. En consecuencia, hemos acabado dejando a un lado un proceso caótico y mistificador, pero también esencial en términos políticos: la búsqueda del deseo según tus propias condiciones.

Poco antes de acabar 2016, terminé una relación de 8 años; lo hice unos 6 años tarde. Nuestro matrimonio era moderno y progresista desde casi todos los puntos de vista: experimentábamos con salir de la monogamia, y mi pareja ponía más lavadoras que yo. Y, sin embargo, me vi incapaz de admitir una simple realidad: resultó que no disfrutábamos con el sexo. Era intrínseca y visceralmente malo. Aunque el sexo no era lo único que iba mal en nuestra relación, era la prueba más descarnada de la debilidad de nuestra conexión. Pero, a pesar de ello, me quedé paralizada en la insatisfacción, incapaz de expresar con claridad mis necesidades más profundas, ni a mí misma, ni a mi pareja ni a mis amigos. ¿Cómo había acabado ahí una supuesta feminista empoderada como yo?

La política viene entorpeciendo desde hace mucho tiempo el conocimiento de nuestros auténticos deseos. Incluso cuando las feministas de las décadas de 1960 y 1970 señalaban la importancia de la búsqueda de la felicidad sexual, era obvio que hablar de abrazar tu libertad personal no iba a ser tan difícil como hacerlo. De la mujer liberada se esperaba que eludiera los roles y las reglas prescritas para ella y los sustituyera por sus propios deseos: descubrirlo requiere a menudo destramar una vida entera de conducta aprendida.

Solo seis años después de que Arnold escribiera su ensayo, la socióloga Shere Hite publicó un informe sobre la sexualidad femenina. En él, mujeres normales y corrientes que intentaban familiarizarse con las costumbres de la revolución sexual tenían dificultades para identificar lo que buscaban. Una mujer intentó explicar que no quería el compromiso tradicional, exactamente: solo más conexión, más afecto, más… algo. “No creo que tengas que estar enamorada y casada hasta que la muerte nos separe —dijo una mujer—. Pero el cuerpo y la mente son un único organismo, y todo está relacionado, y ni siquiera se disfruta físicamente si las dos personas no se gustan de verdad”. Se nota la nebulosidad de todo esto, del trabajo que requiere reescribir unas antiquísimas pautas culturales.

Mientras, una creciente secta del movimiento feminista, desilusionada por los resultados de la revolución sexual, tomó hace poco un camino proteccionista en lo relativo al sexo, considerablemente más corto y despejado que el de la búsqueda activa del placer. “No me violes, no me maltrates, no me cosifiques”, le exigen a una sociedad misógina.

Estos noes se extienden también a las mujeres: todas las que quieren ser dominadas, o tener relaciones informales, o incluso practicar el sexo con hombres se están engañando a sí mismas. “Todas estas mujeres saben en el fondo que el énfasis en la sexualidad genital, la cosificación, la promiscuidad, la no implicación emocional y la burda invulnerabilidad era el estilo masculino, y que nosotras, como mujeres, depositábamos más confianza en el amor, la sensualidad, el humor, la ternura y el compromiso”, apuntó la escritora y feminista antiporno Robin Morgan en 1978.

Si las ideas androcéntricas sobre el sexo no fomentaban precisamente la realización personal, tampoco lo hacía esta nueva variedad del feminismo. Sus juicios subjetivos sobre qué deben saber las mujeres en el fondo no ayudó en nada a identificar las realidades de las mujeres, y solo contribuyó a sus mecanismos de vergüenza internos.

Un grupo de feministas a favor del sexo advirtió sobre el callejón sin salida que supone centrarse solo en la violencia sexual, que no hizo sino convertir a las mujeres en “las custodias morales de la conducta masculina”, como escribió Carole S. Vance en su trascendental antología Placer y peligro. Además, la represión del deseo femenino había sido durante mucho tiempo una herramienta del patriarcado, sostenían. “El terrible efecto de la desigualdad de género podía incluir no solo la violencia salvaje, sino el control interiorizado de los impulsos de las mujeres, envenenando el deseo desde su raíz con la falta de autoestima y la ansiedad”, escribió. Combatir este control y abogar por el placer, las relaciones íntimas, la curiosidad y la excitación fueron clave para expandir la autonomía de las mujeres y su capacidad de vivir con plenitud.

Han cambiado muchas cosas desde entonces. El derecho de las mujeres a la satisfacción sexual se da mucho más por sentada; la mayoría de las personas son ahora conscientes de que existen cosas como el clítoris y los vibradores. Pero discernir de un batiburrillo de influencias culturales y políticas qué queremos de verdad puede seguir pareciendo a veces un propósito imposible.

¿Cómo acabé yo en un matrimonio plagado de mal sexo? Estaba tan preparada como cualquiera para salir a la búsqueda de una verdadera libertad erótica y, sin embargo, pasé mis años de escuela y universidad dudando sobre cómo hacerlo. Idealicé a Samantha, de Sex and the City, y también deseé que mi vida sexual fuese más significativa. Quería que el sexo tuviese significado, pero también me quitaba las ganas toda esa danza heterosexual, donde las mujeres exigen compromiso a cambio de sexo, y los hombres aceptan. Me quitaba las ganas la danza, y sin embargo me aferré a la validación cultural que se les ofrece a las parejas heterosexuales casadas, y me mantuve demasiado tiempo ahí, a costa de mi felicidad.

Cuando abandoné mi matrimonio a los 32 años para perseguir mis verdaderos deseos, me pregunté si cosas como las felaciones y el BDSM se correspondían de verdad con esos deseos, si eran estrategias de afrontamiento en una sociedad misógina, o incluso si eran separables.

Todos estos tira y afloja ayudan muy poco a crear buenos eslóganes. Es precisamente el carácter escurridizo del sexo lo que hace de la búsqueda del placer un proyecto político tan complicado. Es un objetivo móvil, que a veces queda tapado por el choque entre las expectativas del patriarcado y las del feminismo. Lidiar con nuestros verdaderos deseos puede parecernos un viaje épico, a menudo en solitario. Nos exige que seamos vulnerables y confiados, aun cuando las circunstancias sociales nos dan muchos motivos para no serlo. Puede ser frustrante y desmoralizador: las expectativas de nuestra cultura en relación al sexo no dejan de crecer, aunque la calidad del sexo pueda seguir siendo empecinadamente baja.

De modo que no es de extrañar que a menudo sea más tentador quedarnos agazapadas y a la defensiva, reducir nuestras opciones y concentrarnos en los límites, que es lo que está pasando ahora en esta suerte de contragolpe del positivismo sexual. Christine Emba, autora de Rethinking Sexha sugerido que se suban “los estándares de lo que son los buenos encuentros sexuales”, y unas “mejores reglas” a modo de protección contra el malestar que expresan muchas mujeres de la generación Z. Escribe: “En nuestra prisa por liberarnos, quizá nos olvidamos de algo importante”, en concreto, unas mejores normas y un sentido compartido de qué debería constituir el buen sexo.

Jamás defendería el sexo incesante por norma: no hay nada menos placentero que la exploración sexual forzosa. Sin embargo, sí creo que alcanzar más libertad sexual —la libertad de tener las relaciones sexuales del tipo que queramos, incluidos, sí, las relaciones casuales, la asfixia erótica y el sexo pornográfico— sigue siendo la única manera en que podemos esperar resolver los problemas de nuestro actual paisaje sexual.

En las circunstancias incorrectas, esta libertad puede derivar en coerción: todavía vivimos en un mundo misógino. Y, sí, ejercer la libertad puede ser agotador. Requiere, sobre todo a las personas heterosexuales, dejar atrás lo predeterminado por la cultura y tratar activamente de alcanzar la felicidad auténtica. Las personas que han solido incorporar a su política la reflexión afirmativa y consciente sobre sus deseos. En 1983, la poeta Cheryl Clarke enumeró las razones por las que es lesbiana: “Porque es parte de mi visión”, “Porque ser identificada como mujer me ha permitido mantener la cordura”. ¿Cómo sería si todas hiciésemos nuestras propias listas?

Lo que aquellas feministas pioneras entendieron es que el sexo debía ser un factor que ayudara a las mujeres a liberarse de los diversos estereotipos —mojigata, fulana, novia, esposa— que tanto las consternaban. Estas ideas sobre las mujeres moldearon sus vidas más allá de la alcoba. Y, para disolver los estereotipos, debemos sustituirlos con una constelación de realidades femeninas, lo que incluye nuestros deseos sexuales.

En una de esas reuniones sobre sexo en la década de 1970, Arnold recuerda una mezcolanza de voces: algunas mujeres no podían disfrutar del sexo si no estaban enamoradas; a otras les molestaban las insistentes expectativas de casarse. Algunas se sentían rechazadas sexualmente por sus parejas; otras se sentían arengadas por ellas.

“Supongo que no vamos a llegar a ninguna conclusión en esta sesión —comentó una mujer—. Todas estamos diciendo cosas completamente distintas”. “¡Maravilloso! —respondió otra—. Quizá sea eso la verdadera liberación.”

Nona Willis Aronowitz es autora de Bad Sex: Truth, Pleasure and an Unfinished Revolution, del cual se adaptó este ensayo.

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