¡SE CAYÓ UNA ESTATUA!

Daniel Coronel Foto Canal 1

Las campanas doblan por Coronell

Ojalá fuera por la “libertad” de opinión pública en general, manipulada hoy por la libertad de opinión de que gozan las “gargantas profundas” del modelo económico neoliberal

Por Octavio Quintero, Diario El Satélite

Un gran debate nacional se ha prendido en torno a la salida del columnista Daniel Coronell de Semana, a pedido de parte del fundador, Felipe López, según el trino del mismo columnista. El tema de la libertad de opinión y de expresión es el fondo del debate.

Si hablamos de libertad de opinión y de expresión, debemos tener al menos una ligera noción de qué es eso. Hay, por supuesto, muchas definiciones, todas convergentes… Pero, para el efecto, quedémonos con el precepto proclamado en el artículo 19 de los Derechos Humanos, recogido por la ONU:

“Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”.

Entrando directamente en materia, la pregunta sería: ¿Violó la revista Semana la libertad de opinión y de expresión de su columnista Daniel Coronell? Estrictamente ajustados al texto de arriba, la respuesta sería NO. Y antes de continuar, vuelvo a leer el precepto citado, y sigo creyendo que NO. Coronell puede seguir diciendo lo que quiera “por cualquier medio de expresión”, a condición de que se ajuste a las pautas prestablecidas en todo empresa de interés particular.

Esto último da pie a decir que la libertad de opinión y expresión se confunde con la libertad de empresa, cuando esa empresa es un medio de comunicación. Semana es una empresa, y sus dueños tienen autonomía en la conducción de la empresa. Ni más faltaba que, porque yo gozo del derecho de libertad de opinión y expresión, Semana, o cualquier otro medio, tuviera la obligación de abrirme sus páginas al arbitrio de mi opinión y expresión.

No es el primer caso, aunque sea uno de los más sonados, en que un columnista pierde su participación en un medio por sus opiniones. No es el caso detallarlos… Pero, se puede recordar que, hasta una afamada revista (Cambio), fue cerrada por algo parecido. Y nada ha acontecido. Solo, gajes del oficio, como usualmente se dice en el gremio.

Como son los tiempos, así las cosas

No hace mucho, los grandes medios de comunicación surgían de intereses políticos. No se requiere ser viejo para recordar la confrontación parcializada de El Tiempo (liberal, dominante en Bogotá) con El Colombiano (conservador, dominante en Medellín); y así sucesivamente en todas las más importantes capitales: Cali, Barranquilla, Manizales, Bucaramanga, en fin… No tenía cabida la opinión e información de un bando, a no ser que fuera para denostarlo, en el periódico del otro bando. Y entonces nadie hablaba de censura.

Con el paso de los últimos años, el interés capitalista sustituyó al interés político en la propiedad de los medios. En el caso de Colombia, están dominados, en el plano nacional, por tres grandes ‘cacaos’: Organización Luis Carlos Sarmiento Angulo (El Tiempo y sus satélites de prensa, radio y televisión); Organización Carlos Ardila Lulle (RCN Radio y Televisión y sus satélites ídem al anterior) y, Grupo Empresarial Santo Domingo (El Espectador, Caracol TV y demás satélites). A estos se pueden sumar un par de grupos más: los Gilinski (acaban de adquirir a Semana) y el Grupo Prisa, español, dueño de Caracol Radio. En el campo regional, la tendencia dominante debe también haber evolucionado de lo político a lo económico.

El asunto, para ir aterrizando el tema, es que, así como en antes no tenían cabida en los medios de comunicación politizados la opinión del contrario, ahora, en manos de poderosos empresarios, se cuidan de albergar opiniones que puedan poner en riesgo su interés económico, más, si de paso afecta la gobernabilidad de sus ahijados políticos.

Esa es la cruda realidad. La alharaca es porque se trata de un encumbrado empresario-comunicador, como vienen a ser ahora lo más afamados periodistas “defensores” de la libertad de opinión y de expresión: Yamid Amat, Darío Arismendi y Julio Sánchez Cristo, tres ejemplos más que suficientes. Pero en el universo del periodismo, los periodistas entran y salen de los medios sin campanas al aire.

No señores: Coronell no ha perdido su libertad de opinión y de expresión, simplemente, los intereses de la empresa ya no concuerdan con los intereses del columnista; si es que todo esto no hace parte del sainete que, como dije en reciente columna, nos tiene a todos ensimismados en una caja china.

No doblemos campanas por Coronell, mejor doblemos campanas por la “libertad” de opinión pública en general, manipulada hoy por la libertad de opinión de que gozan las “gargantas profundas” del régimen capturado por el poder económico.

Coincidiendo con este episodio, resultan bien reflexivos el par de trinos emitidos anoche por el exministro, Alejandro Gaviria, hoy rector de la U de los Andes:

  1. No queremos pagar por contenido. Y bueno… el contenido gratis (pagado por otros) está saliendo muy caro para la democracia.
  2. Y sí, el maridaje entre grupos económicos y medios de comunicación es una gran falencia de nuestra democracia.

“That’s the question, mi querido Watson”, decía Sherlock Holmes

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