¿Se acerca la muerte política de Álvaro Uribe?

Las últimas encuestas muestran que la popularidad del expresidente ha disminuido significativamente. ¿A qué se debe este cambio y qué implicaciones tiene para la política colombiana?

Por Ángel Becassino* (razonpublica.com)

El finquero impopular

Por más que quieran adornarlo, el hombre al que nos vamos a referir es simple: sus matemáticas son las de un caballo más una yegua, tres equinos.

Es un finquero a quien unas semanas de diplomado en Harvard no pudieron pulir del todo: desde entonces, sus gestos se suavizaron un poco y sus palabras empezaron a parecerse a las de un párroco, pero aún se irrita cuando una mujer lo imita tomando tinto sobre un manso caballo de paso. Es vanidoso y orgulloso: no se resigna a reconocer que su momento ya pasó, que su popularidad está cayendo como un coco maduro en cámara lenta.

El hombre que niega la evidencia o, más bien, inventa su propia evidencia: ataca las pruebas que presentan en su contra y descalifica a las cortes y a los jueces. Ataca cuando no sabe cómo escapar, a veces con saltos de caballo, otras de peón y ocasionalmente, de alfil desesperado. El hombre que nos hace creer que tiene la última palabra, la verdad absoluta. Pero el tiempo desgasta cualquier maña y hace que pierda eficacia, por eso, desde 2013 las investigaciones judiciales en contra de Álvaro Uribe Vélez vienen socavando paulatinamente la marca de este personaje.

En los últimos meses, esa situación ha salido a la luz porque las encuestas divulgadas por los medios locales muestran que la percepción negativa de este personaje se ha disparado. Así es: el país ha dejado de comerle cuento a su alharaca, a sus tweets llenos de odio y mentiras.

Apoyándose en el caos provocado por el terror paramilitar y en los errores monstruosos de las FARC, Uribe aceleró una contrarreforma agraria que permitió la concentración de enormes extensiones de tierras para proyectos agroindustriales y ganadería controlados por el “furibismo”.

Este finquero logró el triunfo del ‘No’ gracias a fake news dignas de Cambridge Analytica y después de conseguir que el país le dijera ‘NO’ a terminar una guerra de más de 60 años, puso a su muchacho en el sillón número uno de la República, convirtiéndolo en un líder adorado por la élite terrateniente que se resiste a la JEP, al catastro de tierras, al censo agropecuario y a otros instrumentos que el Banco Mundial, el FMI y la OCDE necesitan para empezar a poner a Colombia en sintonía con el nuevo orden global.

Pero su imagen idealizada se está desmoronando en las pantallas de los teléfonos celulares, en las denuncias de activistas políticos y sociales, en la información que revelan medios internacionales como The Economist o The New York Times. Como consecuencia, la hiperglorificación local del anciano se está viniendo abajo en las encuestas, entre el luto de los que lucraron con su reinado.

Puede leer: La encrucijada de Álvaro Uribe.

¿Qué miden las encuestas?

Una encuesta es una radiografía que refleja la respuesta de la gente ante situaciones de coyuntura y revela tendencias, transiciones y puntos de quiebre.

Sin embargo, las encuestas no pueden leerse de forma aislada, sino que deben ser contrastadas con otros resultados para determinar el “clima de opinión” y, más a fondo, el “clima emocional” que despierta un personaje, una institución, un evento.

Es vanidoso y orgulloso: no se resigna a reconocer que su momento ya pasó, que su popularidad está cayendo como un coco maduro en cámara lenta.

En otras palabras, los resultados favorables o desfavorables sobre un personaje o tema, deben compararse con los índices de esperanza en que las cosas van a mejorar o, por el contrario, en que van a empeorar. Es importante, entonces, comparar los sentimientos que existen en torno al estado de la economía, del gobierno y de las instituciones. En el caso de Uribe, la caída de su popularidad coincide con que, por primera vez, la Defensoría del Pueblo, institución encargada de promover y defender los Derechos Humanos, ocupe el primer lugar en la credibilidad del país.

Foto: Facebook Álvaro Uribe Vélez
Uribe construyó su discurso y popularidad usando un discurso guerrerista anti FARC.

Ese tipo de encuestas miden qué tanta confianza, respeto y afecto sienten los ciudadanos por un personaje o una institución. Uribe salió muy mal librado esta vez: cada vez su conducta —y la de sus colaboradores más cercanos— produce más incertidumbre y desesperanza.

Podemos decir que, durante años, Uribe ha sido el hombre teflón porque todo le resbala: escándalos de corrupción, de paramilitarismo e incluso acusaciones de acoso sexual. Por mucho tiempo, las encuestas premiaron su indiferencia con altos índices de popularidad, credibilidad y electorabilidad, pero no hay embrujo eterno. Quizás porque no le dio el impulso para ordenar ejecutar jóvenes campesinos con el espectáculo medieval del garrote, ni para mandar acuñar monedas que dijeran “Caudillo de Colombia por la Gracia de Dios” como se atrevió en España el generalísimo Franco, las encuestas comenzaron a indicar que ya no habrá otra oportunidad y que le tocará conformarse con una placa en una pared lateral.

Lea en Razón Pública: El uribismo: un populismo peligroso.

Álvaro el avaro

Habría preferido que me invitaran a escribir sobre otro de las tantos problemas que aquejan al mundo en la actualidad: el Nerón enano que los brasileros escogieron como presidente, el dolor que produce la indiferencia con la que el mundo entero mira al Amazonas en llamas, la pobreza mental de los que sueñan que Trump se ofrezca a comprar el Chocó o el Vichada con visas que nos permitan visitar Orlando y hacernos fotos con el pato, el ratón y los siete enanos de la economía naranja. Habría preferido escribir sobre cualquiera de esos temas porque es difícil escribir sobre un hombre avaro que, pese a estar en caída libre, no se resigna a soltar las amarras.

Es incómodo escribir sobre la mala vejez de un hombre que ha manejado el país a punta de golpes de ceja, como las señoras andaluzas de antaño. Es molesto dedicarle tiempo de reflexión a alguien que sigue empeñado en atrasarle el futuro a Colombia a punta de tweets y gritos destemplados. No es grato darle tanta atención a un hombre que además de convocar guerras y masacres, exigiendo la caída de cuerpos “enemigos” para que el show pueda continuar.

Es desagradable tener que ocuparse de un ser tan avaro porque, por sobre todas las cosas, Uribe es un avaro que ha hecho una enorme fortuna en nombre de una “seguridad” mentirosa. Es un avaro de pensamiento y de actos. Probablemente sus padres lo intuyeron y decidieron agregarle una “ele” a la palabra que mejor lo define: Álvaro el avaro.

Aunque muchos se empeñan en verlo como un guerrero o como un monstruo es, en realidad, un avaro mediocre. Su foto debería aparecer al buscar la definición de esa palabra, pues es un hombre al que no le importa enriquecerse a costa de la pobreza de otros, de los excluidos, de los que pasan hambre, de los desplazados y, sobre todo, de los campesinos. Porque los ganaderos como él no temen armarse y poner en peligro sus fincas estropeando su tranquilidad.

Un avaro de tiempo completo, si nos guiamos por cómo lo describen con cierta sonrisa complaciente, como si algo de mérito hubiera en eso, quienes más le conocen, quienes han convivido con él de cerca, entre ellos sus antiguos compañeros de conspiraciones o fiestas, los que han estado a su lado en correrías, pagándole comidas, tintos, hoteles, tragos. Un hombre que no abre la mano, que no suelta.

Adicionalmente, Uribe encaja en la figura del coco, pues asusta al país cuando vocifera que prefiere un asesino secuestrando, boleteando, matando, antes que un hombre que se reincorpore a la vida civilizada que todos anhelamos. También es un coco para los inversionistas que negociaron con él en el pasado y actualmente desconfían de él. Desconfían de él porque necesitan transformar el crecimiento exponencial de los enormes activos financieros en valor real, en valor económico. Como es lógico, Uribe no comprende eso, pues su mundo son las vacas, la tierra, el agua y los campesinos sometidos.

Foto: Facebook Álvaro Uribe
EL expresidente Álvaro Uribe parece estar en caída.

Uribe también entiende de malicia y, sobre todo, el valor del miedo ajeno. Por eso, cree en la necesidad de que un par de bombas exploten para que el miedo a la violencia acalle las denuncias de corrupción. Uribe asusta para camuflar la enorme cuota de responsabilidad que tiene en el dolor que este país ha cargado en sus espaldas durante años.

Lea en Razón Pública: Uribe, el rey del Twitter.

La muerte política

En realidad, Uribe es un adicto, un adicto al miedo ajeno, al poder, a la acumulación de tierras y a la gente que adora su habladito de padre bueno, pero, sobre todo, es un adicto a estar vivo que sufre porque sabe que está agonizando políticamente, que los colombianos cada vez le comen menos cuento porque se cansaron de sus gritos y de sus disparates, de sus abogados tramposos que voltean testigos y compran conciencias, tiempo y sentencias.

La hiperglorificación local del anciano se está viniendo abajo en las encuestas, entre el luto de los que lucraron con su reinado.

El finquero está sufriendo porque muchos de los que lo respetaban en el pasado, hoy en día lo insultan cuando va a pavonearse en provincia con sus candidatos o, más bien, sus títeres.

El avaro más grande de Colombia o “el Viejo” como lo llaman los de su barra no puede aceptar que está desfalleciendo, que su tiempo en la política colombiana se está acabando. Sin embargo, las manchas en su cara y la mirada perdida que pone en las sesiones del Congreso revelan que, en el fondo, él sabe que sus días están contados. Así le hagan un monumento como a tantos criminales o asesinados vestidos de héroes, los resultados negativos de las últimas encuestas son un golpe enorme para su ego. Quizás, en el fondo sabe que, si algún tipo de justicia existe, la historia lo recordará como un destructor de sueños y de vida.

Indudablemente, la furia uribista que experimentamos en estos días tiene que ver con todo esto, específicamente con que hoy es más claro que nunca: que Uribe forma parte de la lista de hombres que pudieron hacer algo positivo por el mundo, pero escogieron dañarlo aún más para obtener beneficios personales.

*Argentino radicado en Colombia desde 1986, asesor de campañas políticas en Colombia, México, Venezuela y otros países. Trabaja también en marketing de gestión de gobierno. Aguilar, Random, House, Planeta y otras editoriales han publicado libros suyos, entre ellos El precio del poderLa nueva política Cómo ganar cuando todos pierden. 

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