Sapos y culebras

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Por Carlos Alberto Ospina M.

La confusión, el desprecio y las declaraciones que causan mucho ruido mediático forman parte de la estrategia de la izquierda que, poco a poco, gasta el ahorro de la primera impresión de ánimo populista. Ante la imposibilidad real de convencer a la mayoría de los ciudadanos debido a las incoherencias del discurso y las comprobadas prácticas de corrupción al más alto nivel, acuden a victimizarse y a mirar por el retrovisor empañado que, ellos enlodaron, con la incitación permanente a la destrucción y la anarquía. Ahora en el poder ratifican cuán despreciables son las marañas concebidas por sapos y culebras. Les tocó darse con la cabeza en la pared.

No casarse con nadie permite asegurar que el desánimo y la desazón superan con creces la promesa de ‘vivir sabroso’, máxime en el momento que el primer mandatario falta a su deber, prefiriendo el provecho propio que la honestidad. Por eso, la andanada de agravios, mentiras y mensajes distorsionados con el fin de transformar en lugar común o música de fondo, las mimetizadas imposiciones que buscan desequilibrar la estructura del Estado social de derecho. El propósito central de la seudo hiperactividad oficial y el apresuramiento en la presentación de los diferentes proyectos y actos legislativos, consiste en lograr que las jornadas antidemocráticas se perciban como normales o rutinarias en la cotidianidad de la gente sin reparar ni tener en cuenta el fondo turbio que las motiva.

Para legalizar el narcotráfico, no las drogas; sexualizar e instrumentalizar a los niños; institucionalizar la violencia y el modus operandi de la guerrilla en todas sus manifestaciones; adoctrinar a los estudiantes y modificar el enfoque holístico de la educación; certificar el lavado de activos y acabar con las libertades individuales; posibilitar la expropiación y no dejar piedra sobre piedra; alabar una cosa hasta el cansancio sin importar el alto costo de la cobija de plumas de ganso; entre otros gustos decadentes, este gobierno se vale de sinnúmero de artimañas para desconocer los derechos fundamentales y el principio de legalidad a la luz de la Constitución Política Colombiana. Todos los días observamos el uso arbitrario de la autoridad con el propósito de estropear el régimen democrático, ocultando con esa intención el diálogo de sordos, puesto que simplemente oyen el santoral de su ideología.  

El hecho de entrometerse en la independencia de los poderes públicos, sobornar al legislativo a partir del orangután de la reforma política que permitirían a los congresistas ser ministros y tratar al ELN a modo de víctimas del conflicto; no solo insulta la inteligencia del electorado, sino que cambia el significado de los valores decentes y las nociones éticas más elementales de la civilización humana. 

So pretexto de la fingida ‘paz total’, los genocidas, los terroristas, los violadores de los derechos humanos, los actores materiales de crímenes de lesa humanidad, los sanguinarios, las organizaciones armadas y los delincuentes de distintas especies; por arte de magia y de complicidad, pasan a ser el faro moral de la nación. Desde la perspectiva viciada y manipuladora de los supuestos reformistas, todos ellos, han sido “entrampados”.

Los saltimbanquis de turno sobrepasan el sentido del ridículo con sus frases hechas, carentes de virtud y de sinceridad. De manera lamentable hace carrera la escuela de cínicos y malhechores. Al decir de Petro, las imágenes de una volqueta descargando más de veinte cadáveres en zona rural de Puerto Guzmán, Putumayo, “muestra que la lucha contra el narcotráfico debe cambiar de enfoque…” (sic) Él, ¿es o se hace? Ambas actitudes se constituyen en condiciones impúdicas de un encantador de serpientes que, no tiene cómo sustentar, la razón por la cual pone a comer caviar a la peor ralea de la historia de Colombia. 

Mientras tanto, las víctimas del conflicto armado reciben la bofetada de la Sala de Reconocimiento de Verdad de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) que plantea penas sustitutivas de 5 a 8 años para los cabecillas de las Farc; beneficios contemplados en el Acuerdo de Sapos de Juan Manuel Santos que, a la hora de la verdad, otorga impunidad y favores inmerecidos a los bandidos. 

Aquellos que se las dan de ‘políticamente correctos’ no sienten la pulga detrás de la oreja, una vez que se pierden las libertades de nada sirve llorar sobre la leche derramada. ¡El tal Pacto Histórico sabe más que las culebras!

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