Ramificaciones (Links)

Imagen viveUSA.com

Por Guillermo Angulo, Revista Elmalpensante.

No es que el cerebro humano sea como un computador, lleno de links(encadenados) escritos en azul y subrayados, y que —como ellos—, saltemos de un tema a otro, sin razón aparente (que siempre existe). Al contrario, el computador es un imperfecto cerebro creado por el hombre, incapaz de tener dudas sobre la existencia de dios o distinguir entre un Picasso auténtico y uno falsificado. Es gracias a esas ramificaciones que voy a escribir sobre varios temas dispares y aparentemente inconexos, pero cuyos links tienen, al menos en mi cerebro, razón de ser. 

 El periódico The New York Times me merece alta estima y mi admiración empezó cuando el 17 de julio de 1969 (un día después del lanzamiento de la misión Apollo 11), corrigió un error que había cometido en una información anterior, en la que decía que era imposible lanzar un cohete al espacio exterior, porque éste necesitaría «algo mejor que el vacío en qué apoyarse». La famosa y hoy histórica retractación, que el NYTtituló simplemente «Una corrección», terminaba diciendo:

Investigaciones y experimentos posteriores han confirmado que el descubrimiento de Isaac Newton, hecho en el siglo XVII, queda ahora definitivamente establecido: un cohete puede funcionar en el vacío, al igual que en la atmósfera. ElTimes lamenta este error.

El tropezón informativo era de 1920 y el periódico, en lugar de quedarse callado, se retractó valientemente en 1969, ¡cuarenta y nueve años después!

Link de The NYT a Michael Finkel 

Esta admiración mía por la meticulosidad del Times en la búsqueda de la exactitud en la información, me llevó a prestarle atención a la historia de Michael Finkel, aparecida en el mismo periódico, quien escribió como free lance (lanza libre, dicen en México) para el magazín del New York Times una historia sobre unos niños de Costa de Marfil que tituló Is Youssouf Malé A Slave? (¿Es Youssouf Malé un esclavo?), ilustrada con fotos del protagonista del reportaje tomadas por él. El artículo fue publicado el 18 de noviembre de 2001. 

Cuando un funcionario que estaba investigando el caso llamó para decir que la fotografía publicada no correspondía a Malé, sino a otro joven llamado Madou Traoré, en la seria redacción del Times se encendieron las alarmas y llamaron al colaborador, le pidieron las notas sobre su reportaje y contestó que no las tenía. Bajo presión, confesó que, aunque un joven de ese nombre existía, él había construido un personaje mezclando la personalidad de varios jóvenes y que los que él llamaba niños esclavos eran en realidad muchachos de unos catorce años a los que les pagaban, aunque muy poco. Según él, US$102 al año. (En realidad ganaban más o menos esa suma, pero al mes). Después de esta entrevista, como en un programa televisivo de Trump, Finkel fue despedido.

Link de Michael Finkel a Alastair Reid

Este desgraciado hecho me llevó a Alastair Reid (1926-2014), un amigo mío del que Finkel seguramente nunca tuvo noticias. Era colaborador permanente, hasta su muerte, de la famosa revista literaria The New Yorker. Lo había conocido en Barcelona en casa de la agente literaria Carmen Balcells e incluso había estado almorzando en mi finca Tegualda con varios amigos fanáticos de la publicación. 

Cuando viví por un tiempo en Nueva York nos veíamos a menudo y me contaba muchas cosas sobre el New Yorker, intimidades de la revista, que para los colaboradores permanentes era como una especie de club privado. Ningún escritor tenía sueldo fijo, pero a ciertos colaboradores —como a él— se les asignaba oficina propia permanente y gozaban de una secretaria colectiva, que les manejaba su correspondencia y sus asuntos personales. En cuanto a plata, eran generosos con los adelantos, aunque no tuvieran trabajos pendientes, y me recordó que la revista estuvo manteniendo durante más de dos años a Truman Capote, mientras escribía A sangre fría

Alastair —nacido en Escocia y un ferviente independentista—, además de periodista era poeta y un excelente traductor del español al inglés. Le había traducido un libro a Neruda y muchos textos y poemas a Jorge Luis Borges. Por conocerlo personalmente viajó hasta Buenos Aires. 

Link de Alastair Reid a Jorge Luis Borges

Sabiendo de su relación, un día le pregunté: ¿Cómo es el inglés de Borges? Y me respondió: «Excelente, pero marciano». Ante mi visible sorpresa, elaboró su respuesta, diciendo:

Borges nunca vivió en ningún país de habla inglesa. Estuvo en muchos, de paso, pero nunca tuvo contacto con la gente, con su lenguaje vivo. Su inglés, aprendido en familia, había sido enriquecido sobre todo en la literatura y era, por lo tanto, un lenguaje literario, muy rico y correcto, pero tieso y aséptico. Y de malas palabras, ni hablar. Pero en esto último tenían que ver su rigurosa educación, más la vigilante y agobiante presencia de su madre. 

Al hablar de la madre, Borges la describió como gran lectora, muy cariñosa. Y le contó a Alistar una deliciosa anécdota: Un día, un periodista radial argentino que lo estaba entrevistando, le preguntó por su señora madre y Borges le contó cómo a los 95 años les había pedido perdón por estarse demorando tanto. Finalmente, había muerto a los 99 años. A lo que el periodista, poniendo cara compungida, le había dicho: «Lástima que no haya llegado a los cien». «Y bueno» —le respondió Borges (y al contarlo, había esbozado una pícara sonrisa)—: «Ella no era fanática del sistema decimal». Y sabiendo que Alastair era adicto al fútbol, Borges agregó: «Yo creo que a los argentinos no les gusta el fútbol; siempre le apuestan al equipo nacional».

Link del fútbol a The New Yorker

Cuando me contó lo del fútbol —uno los temas preferidos de Alastair—, aproveché para decirle que me parecía un tema difícil de tratar en una revista literaria, teniendo en cuenta que los lectores prefieren la inmediatez de la prensa diaria y de las publicaciones especializadas en deporte. Y él me contó cómo eran las cosas: Su editor y amigo, William Shawn, cuando le llevaba un artículo sobre un Mundial, por ejemplo, sin siquiera leerlo lo metía en un cajón y le decía: «Al, lo voy a guardar seis meses y si después de ese tiempo se deja leer, lo publico. Si no, va derecho a la basura». Mis artículos deportivos siempre salieron, me aclaró Alastair.

Link de problemas periodísticos de Finkel a Alastair Reid

Pero ¿cuál fue el problema periodístico de Alistair con The New Yorker que me hizo unir en la memoria a Finkel con Alastair? Mientras vivía en España, Reid había publicado en el New Yorker, el 22 de febrero de 1982, un excelente artículo titulado Notes From a Spanish Village, donde transcribió una conversación con un taxista en Barcelona —que tuvo lugar de verdad—, como si hubiera sucedido en otra población; una discusión política entre cinco personas en un bar —que en realidad había sucedido—, la convirtió en una conversación entre dos personas, y la entrecomilló. Y allí sucedió lo peor. En la prensa de los Estados Unidos el entrecomillado es sagrado. Lo que va entre comillas debe ser exacto a lo que dijo la persona citada y sólo se pueden usar las comillas si se ha hecho una grabación de la entrevista o se han tomado notas en el momento mismo en que la frase citada se dijo. 

Alastair, personalmente, no tenía reticencias sobre lo que había hecho, tanto que fue él mismo quien lo reveló en una especie de conferencia magistral que dio en una universidad neoyorquina. Seguía la conferencia un joven periodista que apenas empezaba a trabajar en el Wall Street Journal, el mismo que publicó lo relatado por el escritor. Y ahí fue troya. El New York Times publicó en su página editorial una nota donde se criticaba no sólo la creación de un personaje partiendo de varios, sino sobre todo el mal uso de las comillas. Muchos periodistas, aún los colaboradores del propio New Yorker, lo criticaron, diciendo inclusive que si no se quiere ser riguroso y atenerse a la forma del periodismo, se debe decir simplemente que es ficción. En lo más álgido del problema, Alastair —amigo de García Márquez—, me llamó para que le pidiera a Gabo que lo defendiera. Gabo se negó, diciendo que «estaba de acuerdo» con los críticos. 

Link de Alastair Reid a Gabriel García Márquez

¿De acuerdo? Gabo había incurrido en esos y peores pecados periodísticos (a sabiendas, como Alastair, ya que ambos lo habían confesado). En su autobiografía,Vivir para contarla, recordando un reportaje que Elvira Mendoza le había hecho a la antipática recitadora argentina Berta Singerman, quien la trató con displicencia, Gabo dice:

La sangre fría y el ingenio con que Elvira Mendoza aprovechó la necedad de Berta Singerman para revelar su personalidad verdadera, me puso a pensar por primera vez en las posibilidades del reportaje, no como medio estelar de información, sino mucho más: como género literario. No  iban a pasar muchos años sin que lo comprobara en carne propia, hasta llegar a creer como creo hoy más que nunca que novela y reportaje son hijas de una misma madre.

Cuando El Espectador lo envió a Medellín a cubrir un pavoroso derrumbe en el barrio la Media Luna, que había ocurrido dos semanas antes, García Márquez ya no encontró noticia y la tuvo que fabricar. Según confesión propia:

Mi tarea se redujo a rescatar la verdad perdida en un embrollo de suposiciones contrapuestas y reconstruir el drama humano en el orden en que había ocurrido[…]

Miren cómo narra Gabo la muerte de dos jóvenes que se acaban de separar, y nadie estuvo presente para oír lo que hicieron o dijeron. Sin embargo, transcribe entre comillas el monólogo que nadie oyó, según relato aparecido con su firma en El Espectador, citado por Gerald Martin en Gabriel García Márquez, una vida: 

Carlos Gabriel Obregón y Fernando Calle, corrieron en sentido contrario. El primero, sepultado a medias, murió por asfixia. El segundo, que era asmático, se detuvo jadeante y dijo: «No puedo más». Nunca volvió a saberse de él.

Y, para subrayar lo literario, Gabo —a manera de ñapa—, agrega el cadáver de un conejo:

Las cosas ocurrieron con tal rapidez, que dos días más tarde el Secretario de Obras Públicas del municipio, doctor Javier Mora,  rescató de entre los escombros el cadáver de un conejo.

Más tarde sucedió algo más grave, desde el punto de vista periodístico. El gobierno de Rojas Pinilla había propuesto desmembrar el aún hoy abandonado Chocó para revivirlo, anexándolo a los departamentos de Antioquia, Caldas y el Valle. Hubo muchas manifestaciones de protesta y El Espectador mandó a cubrirlas a Gabo —acompañado del fotógrafo Guillermo Sánchez—, en un desvencijado avión Catalina, sin asientos, en cuyo interior llovía. Cuando llegaron, ya el calor, la lluvia y la desidia habían matado las manifestaciones. Y, en palabras de Gabo, pasó lo siguiente:

Nuestro problema profesional era simple: no habíamos emprendido aquella expedición de Tarzán para informar que la noticia no existía. En cambio, teníamos a la mano los medios para que fuera cierta y cumpliera su propósito. Primo Guerrero [corresponsal in situ de El Espectador] propuso entonces armar una vez más la manifestación portátil y a nadie se le ocurrió una idea mejor.

Desde luego, Gabo era consciente de que estaba haciendo literatura y no periodismo, en el sentido riguroso del género (es un simple caso de clasificación), lo que no disminuye sus trabajos periodísticos, ya que desde que leyó el reportaje de Elvira Mendoza supo lo que quería.

Link de Gabriel García Márquez a William Shawn

William Shawn, el mítico editor del New Yorker llamado «el amable déspota», no hubiera publicado ninguno de estos reportajes, o lo hubiera hecho advirtiendo que eran ficción, ya que estaban muy bien escritos pero no eran fieles a la verdad. Su tradicional rigor hizo que, a pesar de ser viejo amigo de Alastair Reid, nunca le volviera a publicar una historia importante: lo relegó a escribir solo notas menores, tipo The Talk Of The Town, algunas de antología, como la que escribió a la muerte del escritor chileno José Donoso. 

Link de William Shawn a Gregory Rabassa y a Gabriel García Márquez

De Shawn, se decía que no perdonaba nunca una coma ni dejaba pasar una «mala palabra». Y al mencionar su obsesión con las llamadas malas palabras (bajo su reinado, la hoy sobreusada palabra de cuatro letra nunca apareció en el New Yorker), viene a cuento una historia en la que participan Gabriel García Márquez y Gregory Rabassa, el autor de la famosa traducción de Cien años de soledad al inglés, de la que Gabo dijo que era mejor que el original. (Parte de esta historia  ya la había contado, aquí en El malpensante, pero el obligatorio link me empuja a repetirme).

Cuando Shawn recibió un texto de García Márquez (la versión parcial de El otoño del patriarca) se encontró con un grave problema: El patriarca usaba con frecuencia una palabra prohibida en el New Yorker, la misma con la que termina El coronel no tiene quién le escriba: mierda. Y el estricto editor no sabía qué hacer, ya que era alérgico a las «malas palabras». Durante una semana hubo extensas reuniones en las que se discutió a fondo el problema, buscando la imposible solución. Además, Shawn quería modificar la puntuación y separar el texto por párrafos (que no existen en el original), para hacer más legible el texto. Pero el traductor de Gabo, Gregory Rabassa se opuso, alegando que García Márquez, con su forma ininterrumpido de contar quería hacer fluir el tiempo como lo ve un pasajero «desde el asiento de un tren en movimiento que va pasando por pantanos y barrios de invasión». 

Cuando las cosas se pusieron difíciles, Rabassa dijo que prefería que el texto no fuera publicado, a menos que se respetaran la puntuación y el ritmo del autor. Entonces el tema se centró en la palabra, la palabra prohibida y al fin también, luego de las muchas discusiones, ante la testarudez de Rabassa, Shawn tuvo que ceder. Después de eso, dice Rabasa en su libro If This Be Treason: «Yo he proclamado, al son de trompetas, que un triunfo más grande que el haber alcanzado el premio Nobel de Literatura, era que García Márquez hubiera logrado romper la barrera de mierda del New Yorker».                                                                 

  Link de Michael Finkel a Christian Longo                                 Borges decía que la casualidad no existe, a menos que alguien arroje al aire un montón de letras del alfabeto y caigan formando la Divina Comedia pero, por pura casualidad, una perezosa tarde de domingo encendí el televisor y, sin tener noticias siquiera de su existencia, me emboqué en una película de 2015, con un título a menudo repetido en el cine: True Story, dirigida por Rupert Goold. Para mi sorpresa, era precisamente, sobre Michael Finkel, el periodista del comienzo de esta nota. La extrañeza de la casualidad hizo que le prestara más atención, ya que había leído con anterioridad, en el propio Times, la historia del problema de Finkel, que también se narra en la película.

Según el filme, después de dejar de colaborar en el New York Times, un día un periodista de The Oregonian llama a Finkel para preguntarle cuál era su relación con un presunto asesino que, cuando fue capturado en México, dijo llamarse exactamente como él: Michael Finkel. Por mera curiosidad de periodista decidió pedir permiso para ir a conocer al preso (cuyo verdadero nombre era Christian Longo, pero en el presidio, por broma, le decían «Corto») para saber por qué había escogido como alias precisamente su nombre. 

Cuando logró conseguir permiso para verlo, el preso le confesó su admiración. Le dijo que había seguido su trayectoria, le gustaba mucho lo que escribía y cómo lo escribía y que querría aprender a escribir precisamente como él. Le propuso que, a cambio de lecciones de escritura, él le contaría la verdadera historia de su crimen, del que no era completamente culpable. La versión de Longo era que su esposa había matado a sus tres hijos y él, al llegar a casa y comprobar esto, ciego de rabia mató a su mujer, asfixiándola. Finkel se entusiasmó con la idea, y empezó a tomar notas para publicar un libro, que finalmente salió en 2005, con el título de True Story: Murder, Memoir, Mea Culpa.

Link de Christian Longo a Carlo Gesualdo 

Jill, la esposa del periodista (mucho más astuta que el marido), también quiso conocer al prisionero. Estaba convencida de su culpabilidad y lo creía un manipulador. Cuando lo visitó en la prisión le preguntó si podía hacerle oír una música, encendió su iPhone y le dejó escuchar este bellísimo madrigal: 

Si deseas mi muerte

cruel, alegre muero 

y, después de muerto, 

sólo a ti adoraré. 

Mas, si quieres que no te ame

¡Ay! De solo pensarlo me mata la pena 

y el alma emprende vuelo.

Y, mientras sonaba el madrigal, Jill le decía al prisionero: 

Lo compuso Carlo Gesualdo en 1611 después de asesinar a su esposa, a su amante y a su hijo. Esta música es tan hermosa que casi me hace olvidar que escucho algo escrito por un hombre que destrozó el cráneo de su hijo contra su propia cuna. Pero no lo olvido. 

También Arnold Schönberg e Igor Stravinski admiraban por sus innovaciones armónicas a Gesualdo. Stravinski compuso en su honor Monumentum Pro Gesualdo. Anna Calvi, la música inglesa de origen italiano, considera a Gesualdo como «su héroe de culto definitivo» y el músico pop italiano, Franco Battiato, le dedicó la canción Gesualdo da Venosa, que muestra una admiración tal que hasta le perdona el uxorcidio:

Los madrigales de Gesualdo, príncipe de Venosa

—músico asesino de la esposa—

(¿qué importa?)

disparan sus notas

dulces como una rosa.

Recordé entonces que en alguna parte del sanalejo tenía olvidados unos CD con música de Gesualdo, y me puse en la tarea de buscarlos y oírlos. Y ahí estaba, bellísimo, el madrigal de la película. Se llama Se la Mia Morte Brami. (Si ansías mi muerte). El nombre completo de este músico, descendiente de las más antiguas y nobles familias del Reino de las Dos Sicilias —incluyendo sus largos y pomposos títulos—, es: Su más ilustre y serena alteza, don Carlo, tercer príncipe de Venosa, octavo conde de Consa, decimoquinto lord de Gesualdo, marqués de Laino, Rotondo y San Stefano, duque de Caggiano, lord de Frigento, Acquaputida, Paterno, San Manco, Boneto, Luceria y San Lupolo. 

Había nacido en Venosa, Basilicata, una región del sur de  Italia, (antes Reino de Nápoles), donde el asesinato «por causa de honor» era (y a veces sigue siendo) mirado con al menos con una cierta indulgencia y hasta con admiración. Gesualdo murió en Avellino (aquí se podría hacer otro link, pero el juego se convertiría en infinito: un simpático criminal de ficción, Tony Soprano, era descendiente de inmigrantes venidos de Avellino).

Y entonces, ¿cuál es el link que une a Longo, el asesino, con el músico, compositor y laudista del tardo Renacimiento? Vean cómo son de extrañas las ramificaciones: a nuestro prisionero contemporáneo, Christian Longo, lo unía al asesino renacentista Carlo Gesualdo el nada honroso vínculo del uxoricidio, sumado al infanticidio. 

Al tratar de saber más sobre Gesualdo busqué y me topé en Internet con un texto de Clemency Burton-Hill, una escritora más que especializada, estudiosa del músico italiano, quien describe la terrible escena del brutal asesinato por Gesualdo de su esposa Maria —que además era su prima—, así:

Una noche fatídica, en octubre de 1590, Gesualdo descubrió in flagrante a su esposa, «gozando de las delicias conyugales» con don Fabrizio Carafa, duque de Andria (quien llevaba puesto el camisón de seda de María). Gesualdo fue matando poco a poco a la pareja, cortándoles sus extremidades con su espada, mutilando sus órganos sexuales y perforando sus cráneos con balas de su arma. Luego, supuestamente, asesinó al niño que podía haber sido hijo suyo o de don Fabrizio.  

Link de Carlo Gesualdo a Anatole France                                       Cuenta Anatole France en la Historia de donna Maria d’Avalos y de don Fabrizio, duque de Andria que mientas Gesualdo asesinaba a su esposa le gritaba: sporca puttanaccia (sucia y despreciable puta). Luego mandabrir las puertas del castillo —a pesar de los ruego del embajador de España—, para que todo el mundo viera las dos carroñas al pie de la escalera y hasta ordenó prender antorchas para quienes, durante la noche, quisieran ver con claridad el degradante espectáculo. En su libro, Anatole France trae una parte del relato que algunos escritores, por temor o pudor, suelen callar:

Un monje dominicano, que había estado cerca de la puerta todo el día, se acercó furtivamente a la escalera y, a la luz humeante  de las antorchas de resina que se estaban apagado, subió hasta las gradas donde yacía donna Maria d’Avalos, se arrojó sobre su cadáver y la violó.

Después de tan execrable crimen, Gesualdo se casó de nuevo (hay mujeres valientes), pero contrató a unos jóvenes cuya tarea era golpearlo y azotarlo para así expiar sus pecados. Al parecer el castigo no fue tal, pues los golpes le producían, más que dolor, satisfacción y placer. (¿Precursor de otro noble, llamado «el divino marqués de Sade» y de Leopoldo Sacher-Masoch?).

Link de Anatole France a la religión

El italiano Gesualdo, a pesar de su gran religiosidad (su madre era sobrina del papa Pio IV y su padre sobrino de Carlos Borromeo, hoy santo), había matado a su esposa, Donna Maria D’Avalos, hija del marqués de Pescara, y a su amante, don Fabrizio Carafa, duque de Andria, considerado «modelo de belleza masculina», mientras gritaba: «A un príncipe de Venosa nadie le pone los cuernos» Y más tarde, como vimos, asesinó a su dudoso hijo.

Por ser noble (recordemos su retahíla de títulos), Gesualdo nunca acabó en prisión, a pesar de que hubo una completa investigación y toda la región lo tuvo siempre como autor de tan horrendo crimen. 

El gringo, Christian Longo, es igualmente religioso, miembro practicante de los Testigos de Jehová. En un momento dado dijo que había matado a sus hijas «porque les deseaba un mundo mejor», refiriéndose al cielo y, después de haberse declarado culpable, confesó haber cometido los crímenes debido a un «desorden narcisita de su personalidad». 

Fue condenado a muerte en 2003 y espera su ejecución en la Penitenciaría Estatal de Oregón, estado donde la pena de muerte está permitida, pero en moratoria desde 2011. (A Finkel no le volvieron a publicar nada en el Times , mientras que a Longo sí le publicaron un texto).

Estas dos oscuras historias, con tantos puntos en común y tan aterradoramente actuales, están separadas por 427 largos años.

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