Pueden apagar una vela, pero no podrán extinguir a la antorcha

Por Guillermo Romero Salamanca

Un video en el cual unas personas desbarataban el oratorio del aeropuerto Eldorado, ante la mirada de pesadumbre de dos señoras, se hizo viral en minutos. Así nació una polémica nacional e, incluso, en varios países.

Algunos estaban felices por la acción y esgrimieron términos legales como la libertad de culto y por el otro, hubo quienes lanzaron duras opiniones contra los directivos de Opaín y de la alcaldía de Bogotá.

Esperaron la reacción de la Iglesia, la cual prontamente informó lo sucedido de cómo la empresa que administra el terminal aéreo cumplía indicaciones de la Alcaldía de Bogotá que exigía un lugar para todos los cultos.

Quedará entonces un salón en el cual podrán utilizarlo para orar, rezar, de pronto oficiar alguna misa, servir para un culto evangélico, el riego de aromáticas de chamanes u otro rito.

Muchos creyentes fueron al oratorio para hablar con Dios momentos antes de viajar, despedir a un amigo o a un familiar o, simplemente para encomendarse ante una eventualidad.

Decenas de padres de familia despidieron allí a sus hijos que salían del país en nuevas aventuras estudiantiles o laborales. Ante la incertidumbre buscaron refugio unos minutos en el oratorio.

Empleados les dijeron adiós a jefes de empresa, colegas y conocidos con una bendición ante el Sagrario.

Unos más despidieron para siempre a sus conocidos y hasta sus amores, como el amigo que lloraba frente al altar, porque su novia con la cual había compartido 5 años, viajaba para Londres.

Todo el proceso de abordaje es incómodo, molesto y perjudicial para la salud. Por eso, cuando viajan muchas personas encuentran momentos de tranquilidad, con unos minutos de oración en ese lugar. Cuántos empleados del mismo portal aéreo, pilotos y personal de vuelo visitaron ese salón que tenía su alivio espiritual.

Quienes tomaron la determinación de tumbar el oratorio pueden mostrar una sonrisa de satisfacción por la pírrica victoria, pero también saben que reciben muchas oraciones de miles de cristianos católicos que piden por ellos.

Mientras cierran unos oratorios, lo cierto es que se abren decenas en el mundo. Pueden desbaratarlos, pero en otros rincones se construyen en salones, barrios, colegios, universidades, conventos o casa geriátricas.

Cada vez más se ven por el mundo a miles de personas rezando el Rosario o, cantando alguna canción que le acerque a Dios.

La iglesia avanza cada segundo.

A esta hora, mientras usted lee estos párrafos, miles de personas comulgan y se convierten en sagrarios ambulantes, así sea por unos minutos.

Aún resuenan esas palabras del Papa Francisco:

“Jesús se hace frágil como el pan que se rompe y se desmigaja. Pero precisamente ahí radica su fuerza. En la Eucaristía la fragilidad es fuerza: fuerza del amor que se hace pequeño para ser acogido y no temido; fuerza del amor que se parte y se divide para alimentar y dar vida; fuerza del amor que se fragmenta para reunirnos en la unidad”.

En el mundo, millares de seres humanos, que llevan a Jesús en corazón atienden enfermos, hacen visitas a los abandonados por la sociedad, acuden a los damnificados por las desgracias, abrazan a los desconsolados en las guerras, están al lado de las personas que sufren la injusticia, acompañan a tantas mujeres desprotegidas y vulneradas, lloran al lado de los desplazados, caminan al lado de los desprotegidos y luchan por una vida mejor.

Pueden apagar una vela en un oratorio de un rincón en un aeropuerto, pero jamás podrán extinguir el fuego del amor que lleva el alma de millares de personas alegres y confiadas en el Ser que todo lo perdona.

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