Profesor Moncayo: «La democracia está secuestrada y yo sigo amenazado»

La foto en el Café del Pasaje de Bogotá que ilustró la entrevista con el Profesor Moncayo

Ricardo Rondón Ch.

A sus 70 años falleció este 15 de noviembre, el profesor Gustavo Moncayo (Sandoná, Nariño), el ‘Caminante de la Paz’. Lo recordamos con esta entrevista que le hizo en 2014, en el Café Pasaje de Bogotá, el periodista Ricardo Rondón en La Pluma & La Herida.

-Profesor Moncayo: ¿cuánto dinero tiene ahora mismo en el bolsillo?

-La tarjeta del Transmilenio y algo que alcanzará para los tintos.

-¿Y para el almuerzo?

-Comer es lo que menos me preocupa. Dios proveerá, decimos en mi tierra. Lo que sí me afana es hacer realidad el sueño de la paz.

‘Paz’. ‘Pueblo’. ‘Libertad’. ‘No violencia’, son los mantras de Gustavo Guillermo Moncayo Rincón (municipio de Santiago, Putumayo), 62 años -de acuerdo a sus credenciales, docente de Ciencias sociales, licenciado en Historia, con un diplomado en Derechos Humanos y Resolución de conflictos, Premio Nacional de Paz (2007)-; sí, el popular Profesor Moncayo o el ‘Caminante de la paz’, que recita con orgullo y anuncia registrar en el libro de los Récord Guinness los 5.110 kilómetros que recorrió a pie durante doce años, tres meses y nueve días, un total de 29 marchas a nivel nacional y por varios países en aras de la liberación de su hijo, en ese entonces el cabo Pablo Emilio Moncayo Cabrera, peregrinación que cesó el 30 de abril de 2010, cuando el uniformado fue liberado por las FARC.

Ahora, en su nuevo periplo, que también es un ejercicio de ‘infantería’ por diferentes localidades de Bogotá en su aspiración al Senado (número 32 por el Partido Liberal), no se despega de su bordón de guayacán ni de su mochila de yute, donde guarda las tarjetas y los volantes de su cometido político y algunos libros de la dolorosa experiencia del cautiverio de su hijo Pablo Emilio, ‘Abran la puerta que quiero ser libre’, escrito por su hija Yury Tatiana Moncayo (26 años), estudiante de Derecho.

-¡Profe!, regáleme una foto con usted, que usted sí es un berraco-, exclama un transeúnte que cruza a paso lerdo por la plazoleta del Rosario, donde se produce este encuentro, a medio día, atestada de comisionistas de piedras preciosas, estudiantes universitarios y uno que otro desocupado.

Moncayo accede gustoso con una sonrisa y mientras tomamos las fotografías lo arropan otros curiosos que lo reconocen y le solicitan posar con él para registrarlo en los celulares.

Luego lo invito a tomar un refresco al emblemático Café Pasaje y él afirma que no tiene ningún inconveniente si lo acompaña un amigo comerciante de Sanandresito, Jesús Montoya, oriundo de Santuario (Antioquia), colaborador incondicional de su campaña.

Nos ubicamos en una de las mesas contra la ventana, donde de oídas de veteranos se sentaban a tertuliar alrededor del Deportivo Independiente  Santa Fe,  en épocas menos aciagas: Fernando González Pacheco, Daniel Samper Pizano y Guillermo ‘La Chiva’ Cortés.

Entre tintos, el  ‘Profe’ Moncayo vuelve a ser el centro de las miradas, incluso de la joven que toma el pedido y que trata de reconocerlo pero no se atreve, por física pena, a constatar si es el mismo caminante encadenado que recorrió por doquier pueblos y ciudades con las plantas de los pies floreadas de callos y ampollas, y con una muchedumbre que a su paso lo secundaba en pos de la libertad de los secuestrados.

Luce una camiseta blanca estampada con un mapa de Suramérica que señala los países que él recorrió y que él compara con la ruta libertadora de Simón Bolívar.

Esta es su segunda aspiración al Senado desde 2010, que él sustenta como la más humilde y arriesgada. Muy distante del glamour, el dinero a manos llenas y la prosopopeya de otros candidatos, él es uno de a pie en el tinglado, que se mueve en Transmilenio, que en vez de los sofisticados teléfonos de alta gama porta uno de los que se conocen como ‘flechas’, que atiende a sus colaboradores y simpatizantes en una panadería de barrio, en un parque, en un semáforo, en jornadas que se prolongan hasta catorce y más horas – porque más que visto que este peregrino no conoce la palabra cansancio-, y que se va a guardar, según él, por seguridad, a un humilde apartamento del barrio Perdomo (sur de Bogotá), donde vive solo y paga trescientos mil pesos de arriendo.

-¿Y su familia, profesor, su esposa y sus hijos?

“Mi mujer, María Stella Cabrera, que también es docente, vive en Sandoná, Nariño. A ella nadie la arranca de allá. Vive con mi hija menor, Laura Valentina, de nueve años (se le aguan los ojos cuando la nombra), que es el sol de mi vida”.

-¿Y Pablo Emilio?

“Él sigue cumpliendo con su vida militar, es sargento, pero poco nos vemos, después de todo lo sucedido, nos han amenazado varias veces. Por eso me ha tocado salir del país. Y si estoy de nuevo aquí, es porque quiero la paz para Colombia, porque soy gestor de paz, y porque estoy dispuesto a trabajar por una nación generosa y posible, contra todo insulto y amenaza”.

-Creo entender que a usted la Unidad Nacional de Protección le ofreció seguridad. ¿Qué pasó con eso?

“Pues que sería una contradicción en mi caso, que me presento como gestor de paz, llegar a un colegio, a una universidad o a un centro comunitario, rodeado de hombres armados. Eso lo veo como un contrasentido. Por eso prefiero andar solo, como siempre lo he hecho; yo sé que Dios me protege y la que gente que me admira y me sigue, también se encarga de cuidarme”.

¿Qué ha pasado con usted a partir de la liberación de su hijo?

“Muchas cosas, como para una novela, o mejor una memoria de la vida real que estoy en mora escribir. Sí hay una memoria escrita, la del calvario de mi hijo Pablo Emilio, durante doce años, un empeño de mi hija Yury Tatiana, a punto de graduarse de abogada, que en estos últimos años ha sido mi mano derecha.  Estuve exiliado por un tiempo, que aproveche para dar conferencias en varios países a los que me invitaron. Y aquí estoy de nuevo, poniéndole el pecho al clamor de mis compatriotas por la paz que todos anhelamos”.

¿Por qué se inscribió por el Partido Liberal cuando mucha gente lo relacionaba con filiaciones izquierdistas, una de ellas El Polo?

“Por qué la izquierda, más que lo visto, está fraccionada, muy dividida”.

¿Pero acaso la izquierda, los sindicatos, las agremiaciones obreras,  no fueron los que más lo respaldaron durante sus correrías?

“En su momento, sí, no lo desconozco. Pero es que no fueron sólo izquierdistas, también liberales, conservadores, diferentes grupos políticos, como también de distintas religiones y credos”.

¿Y qué le ha ofrecido el Partido Liberal como para que lo haya deslumbrado?

“Qué más que su respaldo”.

¡No!, me refiero a una sede digna de su campaña y las herramientas elementales para desarrollarla.

“No tengo sede ni camionetas ni guardaespaldas ni teléfonos de última tecnología, porque yo no soy un politiquero. Soy un gestor de paz y mi nicho está en la calle, con el pueblo; yo he sido un hombre de pueblo y seguiré luchando por él”.

Eso suena a discurso de Jorge Eliécer Gaitán.  ¿La suya es una estrategia caudillista?

“No sé exactamente si el discurso sea gaitinista, pero de lo que sí estoy convencido es que mi propuesta es legítima, de paz, de verdad, de reconciliación. Mis hermanos son los menos favorecidos, no las grandes élites. Soy un candidato incorruptible”.

Y por eso mismo, por esa limpieza de la que aboga, ¿no teme que en estas justas lo triture la demoledora maquinaria política? Usted está solo y ellos son muchos y muy poderosos…

“Mire, yo empecé esta campaña hace muchos años, desde que mi hijo fue secuestrado, hasta que rompí las cadenas con su liberación. Ahora reanudo esa marcha por la liberación de la democracia, porque todo el país sabe y entiende que la democracia está secuestrada por el peor cáncer que es el de la corrupción. Y sé que lo voy a lograr en las próximas elecciones”.

Fuera de ese discurso, con sus respectivos mantras: ‘Paz’, ‘No violencia’, ‘Pueblo’, ‘Libertad’, ¿con qué otro argumento convencería a los más escépticos?

“Creo que los he convencido suficiente y de una manera tangible con todo lo que he hecho, con mis marchas, con los premios que me han dado a donde he llegado, a la OEA, a la Comunidad Europea, a Washington, a más de 20 países que he recorrido, donde he llevado mi mensaje de paz, el propósito por ver a mi Colombia libre de temores y ataduras. Ese es mi prospecto”.

Le han gritado ‘comunista’ y lo han amenazado…

“Sí, pero yo no soy comunista. Soy un hombre de y por la comunidad, que es otra cosa”.

Socialista, ¿sí?

“Tampoco. Soy un hombre sociable”.

Pero eso de ‘sociable’ se le adjudica a la estrepitosa cifra de ‘lagartos’ que pululan en los cócteles.

“¡Ah!, bueno, a esa clase de especímenes no pertenezco. ¿Acaso a qué coctel me van a dejar entrar con estas fachas que acostumbro llevar? Eso queda bien para los politiqueros. Soy social, en el sentido que me preocupa las necesidades y los problemas de la sociedad. Y en eso estoy dispuesto a ayudar”.

¿Aún temiendo por su vida?

“Estoy seguro que si llegaran a matar al profesor Moncayo, inmediatamente y en cadena se multiplicarían muchos Moncayos. Es que como decía Pablo Neruda, amigo periodista: ‘una gota de agua no hace el mar, pero qué sería del mar si le faltara esa gota’”.

¿Qué opina del atentado contra la candidata Aída Avella?

“No se me hace extraño en un país que en los últimos años ha estado manejado por fuerzas oscuras”.

Usted, como dijo el presiente Santos, en una entrevista que le hizo El País de España, también ve a las Farc en el Congreso?

“Sí. Prefiero que estén sentados  en sus curules a que sigan matando y secuestrando colombianos. Y eso sólo es posible mediante el triunfo de la paz”.

¿Le gustaría estar en la mesa de negociaciones de La Habana?

“No me trasnocha la ilusión de ese vitrinazo. Yo vengo haciendo la paz a mi manera. El pueblo es consciente de eso, de mi objetivo por recobrar la reconciliación y la libertad. Porque estamos al borde del abismo.  Yo mismo me siento un desplazado en mi propio país”.

¿Conserva la foto donde usted aparece supuestamente abrazado con ‘Tirofijo’ en El Caguán?

“Conservo la foto original, porque la otra, la que le mostró a Colombia Claudia Gurisatti, es un montaje que hicieron los medios. Aprovecharon que yo tenía estirado el brazo, con una grabadora en la mano, durante una rueda de prensa, para darle un sentido siniestro a la fotografía”.

¿Cree que todos sus sueños se derrumbaron después de que mucha gente lo relacionó con sus simpatías con la guerrilla?

“¡Quién dijo que mis sueños se habían derrumbado! Yo hice y fui hasta donde pude por la liberación de mi hijo. Lo hubiera hecho con Dios y con el diablo si fuera necesario. Es que muy pocos saben del corazón destrozado de un padre que no puede dormir en paz porque lo que más ama en la vida está encadenado, como un animal, en las profundidades de la selva. A mí, por ejemplo, ‘Simón Trinidad’ se negó a la petición que le hice para que Pablo Emilio pudiera estudiar una carrera universitaria a distancia. A partir de ese instante dejaron de darme pruebas de supervivencia durante dos años. Entonces la gente no puede andar diciendo que mi familia o yo simpatiza con la guerrilla. Esa es una afrenta imperdonable”.

¿Cómo lo han tratado los medios en esta nueva justa política?

«Cuando recorrí Colombia por la liberación de los secuestrados, iban a la par conmigo, camarógrafos, reporteros de todos los canales. Vendían muy bien con el profesor Moncayo. Yo era noticia de mi primera página. Ahora son escasos los que me abordan. Igual, sigo firme en mi causa. Mientras tenga el respaldo del pueblo, no me amilano».

¿De qué vive profesor Moncayo?

«Tengo una modesta pensión de docente. Por fortuna, la mayoría de mis hijos están grandes. Mi mujer también ejerce. Vivo con lo necesario. No he sido un hombre ambicioso. Hace muchos años que aprendí a vencer el hambre, el dolor y el cansancio. Qué más dolor que lo que viví con el secuestro de Pablo Emilio. Lo que venga ahora es ganancia». 

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