Por qué no voto por “la cosa”

Rodolfo Hernández, candidato presidencial. Foto CNN

Julio César Londoño

No votaré por Hernández, primero, por vergüenza. Si pasamos penas internacionales con Duque, con Hernández seremos el hazmerreír del mundo. A su lado, Maduro es un humanista.

Segundo, porque es imperioso darle el puntillazo al uribismo, esa peste que padecemos hace 20 años y que nos ha traído más muertes, más violencia, más pobreza, irrespeto a los tribunales y a la Constitución, corrupción desbordada, polarización, fanatismo, desbalance en los contrapesos. En suma, un desmadre solo comparable al de Venezuela y Nicaragua.

Porque si es elegido, quedará hipotecado al Congreso, su juez, por el torcido de Vitalogic, ¡el primer caso de un compromiso de coima registrado en notaría! La genial idea fue obra de Socorro Oliveros, la esposa del ingeniero. Corruptos pero estúpidos. ¡Ni para robar sirven!

Su cinismo no tiene límites. Lidera la minga del establecimiento, los medios, los cacaos y todos los partidos contra Petro, y está imputado hasta el cuello pero sigue en campaña “contra la corrupción” (el punto único de su “programa”) y posa de líder alternativo. Hernández me recuerda al pillo que huía de la policía gritando: “¡Cójanlo, cójanlo!”.

Soy agnóstico pero odio las blasfemias. Ni el hereje más energúmeno osó meter a la Virgen en el barrio de las putas. ¡Respete los símbolos sagrados, patán!

Me asquea este seudohumano que encuentra delicioso exprimir “hombrecitos” y que tasa en pesos la vida de su hija adoptiva.

Me parte el corazón que las jóvenes lleguen a casa ultrajadas. O sin ojos. O que nunca lleguen.

Por otras razones que omito aquí para evitar las náuseas, no votaré por esa cosa.

De Petro, en cambio, me seducen su dura escuela en la subversión y en la pobreza; que se atreva a fundar su programa en el amor en un país que solo sabe conjugar el odio; su preparación académica en economía, medio ambiente y administración pública; su experiencia en el Congreso y la Alcaldía de Bogotá. (Resulta curioso que Petro, “un pésimo alcalde”, haya ganado las últimas elecciones en 18 de las 20 localidades de Bogotá y que Peñalosa, sucesor suyo en la Alcaldía, sostenga: “Petro es un mal administrador pero es un hombre honesto”).

Haber hecho parte de una guerrilla tan estructurada como el M-19, legitimada por el pueblo y por la justicia, y en un país de gobiernos tan miserables como los nuestros, es un pasado que lo honra.

Por Petro votarán Enrique Santos, Doris Salcedo, Carlos Duque, Margarita Rosa de Francisco, Rodrigo Uprimny, Carolina Ramírez, Santiago Gamboa, Pablo Montoya… Ha recibido el respaldo de Lula, Coetzee, Chomsky, AMLO, Naomi Klein, Mujica, Piketty, Chico Buarque, Boaventura de Sousa.

Lo acompaña Francia Márquez, esa negrísima que ha vencido a las multinacionales mineras, a los sicarios, a los racistas y a los aporofóbicos que jamás estarán en el podio del Premio Goldman. Francia es, además, un símbolo de esos millones de “nadies” que han padecido siglos de menosprecio y orfandad.

Si ganan Francia y Petro, Colombia no será Finlandia en el 2026 pero habremos caminado cuatro años en la dirección correcta y estaremos saliendo de esta asquerosa mezcla de sangre, corrupción y mierda donde chapaleamos hoy.

Los triunfos apabullantes del Pacto Histórico el 13 de marzo y el 29 de mayo son señales claras del tiempo nuevo que marcó el estallido social, esa gesta histórica y dolorosa donde el pueblo colombiano gritó su rabia con canciones y plegarias, con marchas, grafitis, bailes, pinturas y banderas, con ensayos, documentales, poemas, obras de teatro, debates, con programas tan audaces como “Universidad pal barrio” y con actividades tan tiernas como la olla comunitaria, esos fogones callejeros donde los manifestantes y la gente de la calle calmaban el hambre.

Un pueblo así está maduro para el cambio.

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