¿Por qué no te callás? Recomendaciones para el ministro de Defensa

El Ministerio de Defensa es una de las carteras claves de cualquier gobierno colombiano, por eso su dirección requiere tacto e inteligencia política, cualidades que no tiene el actual ministro Guillermo Botero.

Por Andrés Dávila* razonpublica.com

Un tema delicado

En un país como Colombia los temas de seguridad y defensa suelen ocupar un lugar central en la agenda pública.

A pesar de las mejoras innegables que se han dado en las últimas décadas en materia de orden público, siguen ocupando lugares destacados en los medios los temas asociados con el esquivo posconflicto, la violencia en diversas regiones, el asesinato de líderes sociales, la presencia del narcotráfico y los cultivos ilícitos, los grupos armados ilegales y la inseguridad en los entornos urbanos.

Por esta razón los altos funcionarios encargados de las instituciones y los asuntos de seguridad han tenido que aprender a manejar con cuidado estas materias. Podría decirse que, pese a un desconocimiento generalizado de la ciudadanía y de la academia sobre la Fuerza Pública, el debate público sobre la seguridad y la defensa se ha cualificado. Y esto se puede decir de los gobiernos, gobernantes y funcionarios de distintas orillas políticas e ideológicas.

En este escenario, el caso de los ministros de Defensa y sus relaciones con los medios y los ciudadanos es fundamental, pues está en juego la relación entre civiles y militares, un aspecto central para cualquier democracia.

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El papel de los ministros

Para estudiar este tema vale la pena conocer la historia de los ministros de Defensa. Aunque el historial del cargo puede rastrearse hasta el siglo XIX, en este caso nos limitaremos a los dos modelos más recientes: el del Frente Nacional y el de la Constitución de 1991.

En el arreglo institucional del Frente Nacional se optó por dejar el Ministerio, inicialmente de Guerra y desde la década de los años sesenta de Defensa, en manos del oficial superior más antiguo. Dadas las rígidas consideraciones de paridad entre los dos partidos en la repartición de los cargos del Estado, esta fórmula implicaba una consideración muy importante: el ministerio número trece no podía tener ninguna connotación partidista si los otros doce estaban repartidos entre los dos partidos.


Ni el presidente Iván Duque ni el ministro de defensa Guillermo Botero han sabido manejar bien la crisis producida por la
publicación del New York Times.
Foto: Ministerio de Defensa

Por eso el oficial superior más antiguo que le correspondió al Ejército Nacional hasta 1991 simbolizaba conocimiento, no pertenencia partidista y subordinación al poder civil.

Este arreglo se mantuvo más allá de 1974 y no se vio afectado por el fin del Frente Nacional ni la desaparición de la paridad obligatoria. Hubo ministros de defensa más políticos, con amplia figuración pública, unos más reservados, de escuelas doctrinarias diferentes dentro de la fuerza y más troperos y represivos, impulsores de unas Fuerzas Armadas como motor del desarrollo.

Con la Constitución de 1991 los civiles volvieron a ocupar el cargo de ministros de Defensa.

Algunos fueron considerados el verdadero poder de los gobiernos, como se dijo del general Luis Carlos Camacho Leyva durante el período de Julio César Turbay. Mientras los golpes de Estado y las dictaduras pululaban en la región, en Colombia la Fuerza Pública ganaba autonomía en el manejo del orden público, pero reafirmaba la supremacía civil. Esto se podía comprobar con cada momento de tensión entre presidentes civiles y sus ministros de Defensa militares que culminaron siempre con la salida de los oficiales.

Con la Constitución de 1991 los civiles volvieron a ocupar el cargo de ministros de Defensa, con la posibilidad de una moción de censura por parte del Congreso. Aunque el nuevo arreglo implicaba pérdida de poder y menor presencia en instancias de decisión, como el Consejo de Ministros o el Conpes, la decisión fue aceptada y el entonces ministro, el general Óscar Botero, dio un paso al costado.

Desde entonces los civiles han ocupado el cargo de ministros, ya además un cuerpo burocrático de funcionarios sin uniforme ha ido copando los cargos de mayor importancia: viceministerios, direcciones clave como la de planeación y la secretaría general, entre otros. Sin que haya una escuela de formación, hoy es innegable la existencia de un grupo de funcionarios civiles que conoce de seguridad y defensa. Queda para el debate público qué tanto el poder decisorio se ha trasladado de la Fuerza Pública a esa tecnocracia.

Dependiendo del talante de cada presidente, el papel del ministro y los términos de la subordinación y la autonomía han adquirido distintos matices. Algunos llegaron con la preparación y los conocimientos para desempeñarse acertadamente, así con el tiempo las desmemorias pasen las cuentas a unos y otros.

Unos llegaron a aprender y lo hicieron bien. Otros pudieron servir de conciliadores pese a cometer el error de utilizar el uniforme camuflado en las visitas a terreno, violando códigos de honor relevantes en estas organizaciones jerárquicas. No faltaron, tampoco, los que simplemente se sacrificaron para culminar un período.

Varios de ellos han tenido que pasar por declaraciones equívocas y explicaciones contradictorias. Se han convertido en defensores de oficio de las Fuerzas y de sus miembros, como si así ganaran respeto.

En no pocos casos se ha considerado, falsamente, que por tener experiencia gerencial en el sector privado pueden transferir esto al sector público. Pero la realidad ha demostrado que realmente vienen del sector “privado”: privados de conocimiento, de inteligencia, de experiencia, de capacidad y hasta de calidad humana.

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El caso Botero

El actual ministro de Defensa ha logrado superar, hasta el momento, los intentos de una moción de censura en su contra, a la vez que soporta constantes rumores sobre posibles reemplazos o que el verdadero ministro es el alto consejero. Por eso es justo preguntarse por su gestión, su equipo y sus resultados, más allá de la andanada de opiniones, comentarios y memes que él mismo ha promovido con sus desatinos.


El Ministro de Defensa tiene a su cargo a las Fuerzas Armadas y Militares de Colombia, y el mayor presupuesto que una
cartera maneja. 
Foto: Facebook Ministerio de Defensa

En esto hay que tener en cuenta al menos dos momentos. Primero, el gobierno de Iván Duque, además de mantener la cúpula que venía del gobierno anterior, dio continuidad a parte del equipo tecnocrático existente. En este contexto se hicieron visibles tres asuntos graves: el aumento de los cultivos ilícitos, la violencia persistente en varias regiones y los asesinatos de líderes sociales. Además, se recordarán las palabras del ministro que atizaron la movilización social, así como sus primeras acciones punitivas, como el decreto contra el porte y consumo de sustancias sicoactivas.

El segundo momento empezó luego del atentado contra la Escuela de Cadetes de la Policía y no ha dado respiro.

En el Plan Nacional de Desarrollo se plasmó una política que mezcla muchas continuidades con cambios forzados para suponer que se actúa con mayor rigor y contundencia.

Además de todo esto, el tema de Venezuela ha puesto a soñar y a tener pesadillas por un posible conflicto internacional. Pero entre el informe del New York Times, las imprudencias del ministro y las inevitables tensiones en las Fuerzas y el gobierno, parece que los únicos resultados han sido batallas contra tigres de papel:

  • Las objeciones a la Ley estatutaria de la JEP,
  • Los shows en torno a la situación de Santrich,
  • La insostenible justificación del uso del glifosato,
  • El rechazo a las determinaciones de la justicia, y
  • Los falsos reportes a los que nos tiene acostumbrados el ministro, bien sea sobre el asesinato de un excombatiente o la seguridad de la ropa secándose en Puerto Carreño.

El ministro permanece atornillado por su cercanía a los sectores más duros del Centro Democrático y al senador Álvaro Uribe. Pero ¿cuánto más durará en el cargo? ¿Cuál será la incidencia de su controvertida gestión en los problemas de seguridad y defensa? ¿Será posible que se le recuerde por algún hito positivo y democrático? ¿Le serviría optar más bien por el silencio?

* Politólogo de la Universidad de los Andes, maestro y doctor en Ciencias Sociales de la FLACSO, México, profesor asociado y director del Departamento de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana.

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