Pegado con alfileres

El Cristo de la Sagrada Familia de Barcelona. Foto Revista Corrientes

P

Por Carlos Alberto Ospina M.

En un santiamén los vidrios del carro se cubrieron de vapor. Afuera la impetuosa lluvia y adentro los apaciguados espasmos de las manos ansiosas. El ambiente estaba cubierto de emoción dispersa, la música como telón de fondo y los asientos deslizados hasta el límite de la tolerancia.

“…Eres todo el mundo para mí

Nadie te ha querido como yo

Sigue hablando así y seré feliz

Y seré Feliz…”  

Sonó a manera de premonición una de las canciones del lado Adel casete. El fin de semana anterior había escogido 30 LPS (long plays) o discos de larga duración con los mensajes de otros para declararle el cariño puro. A decir verdad, no tenía el valor o me dominaba la timidez; al fin y al cabo, ambos estados de ánimo obstruyeron la espontaneidad.

Cuatro fases de luna llena y sus menguantes pasaron con la prisa de los primeros años de inexperiencia. Cada tarde a las 5:15 la puntual llamada telefónica se extendía por espacio de 2 horas, a tal punto que, mi papá, exclamaba: “¡El teléfono se hizo para acortar las distancias no para alargar las conversaciones!”. Entendido el mensaje, agachaba la cabeza y le susurraba, de nuevo, al oído: “Hablamos luego”. Todo pasaba tan ligero, auténtico, sencillo y memorable que perdíamos la noción del tiempo. ¡Ah! es bueno aclarar que durante los 120 minutos unas cuantas interrupciones torpedeaban el incipiente cortejo: “¿Ya terminó las tareas?, recoja la ropa que va a llover, ¿por qué no va a la tienda a traerme el revuelto?, su hermana tiene que llamar a una compañera del colegio; arregle la pieza, mijo, no sea desordenado, ¡cuelgue ese teléfono que ya está echando humo! …” y otra andanada de antiternura brotaba de vez en cuando. O sea, que tampoco fue mamey tratar de hablar con ella.

El estropajo y la barra de jabón Luxse desvanecían en la época de conquista. Uno de los dos baños de la casa permanecía clausurado durante el concierto romántico del aprendiz. “¿Me regalas una untadita de la loción Brut?” Mi papá giraba la cara con la expresión pícara y la mirada cómplice, sin decir nada distinto a su maravillosa sonrisa, seguía leyendo el periódico. Aparte de cualquier finalidad que, dicho sea de paso, ni siquiera existía en la imaginación, el spray subía desde las plantas de los pies hasta la abundante melena. Así, el pipiolo estaba listo para el encuentro del fin de semana.

Si bien sabía conducir solo faltaban dos meses para alcanzar la mayoría de edad. Por eso y por los bolsillos vacíos, caminaba 2 kilómetros de ida y vuelta con el fin de verla. No podía descompletar la plata del cinema matinal. Pasé hambre por amor. Guardaba los 250 pesos de la mesada para invitarla a salir. El accidental roce de la piel fragmentaba la respiración y agitada los sentidos. ¡No me pregunten cuál película vimos! Repito, la osadía no hacía parte de mi doctrina; sin embargo, poco a poco me acomodaba en la butaca del teatro Odeón 80 y tronaba los dedos para tomar impulso. ¡Estoy seguro que ella, tampoco, se concentró en el film! Ni siquiera probó las costosas palomitas de maíz.

Hiperventilado, nervioso, confundido e inquieto coloqué el dedo meñique cerca de su muñeca para explorar el terreno. No se corrió ni el milímetro que atravesaba el nudo en la garganta. Allanado el camino puse la palma de la mano sobre la suya. Ella, me miró con ojos anhelantes por esos perpetuos días de amor en pausa, sonrío y resuelta, fundió su extremidad con la mía. En seguida, dejó caer su hermosísimo rostro encima de mi hombro, sin pensarlo dos veces, incliné la cabeza para atrapar aquel aliento mágico. ¡Qué inolvidable arrebato con los ojos cerrados!

En poder de la licencia de conducción me entregaron el Renault 4 Master, color rojo cereza. Era el último domingo de la cuaresma y el comienzo de la Semana Santa. Por aquellas calendas prevalecían los prejuicios, las supersticiones y la dominación religiosa.  Más que la vocación y la convicción mística influía el temor al “castigo divino”. Sombra muy lejana a la candidez, a las hormonas y al deseo lascivo que acompañaba la época de la juventud. 

¿Voy por ti?, le dije saltando de la dicha.

“¿Y con esta lluvia?”, me preguntó ella.

No te preocupes, mi papá, me prestó ‘el amigo fiel’.

Le regalé la primera rosa, el casete marca Sony y el acróstico formado con las letras de su nombre. Pronto, le abrí la puerta del vehículo y le presté la chaqueta para que resguardara la agitación. Mientras avanzaba en dirección al municipio de San Pedro de los Milagros en el departamento de Antioquia sentí la necesidad de encontrar un refugio. ¡Algo prodigioso sucedió! La neblina no dejaba ver la carretera. Entonces, metí el carro por una trocha, ese Renault 4 era un todoterreno. 

Dejé encendido el pasacinta Pioneer y el clamor de mi cuerpo. De repente, el beso tembloroso, impredecible y absorbente. De suerte el deseo opacó las ventanillas y ambientó el relámpago de pasión.

“Recuerda que estamos en Semana Santa y nos podemos quedar pegados, amor mío”. Gracias, a la virginidad de ambos y a sus dos últimas palabras, no solté la carcajada.

De buenas a primeras y después de varios “días santos” he permanecido a merced del libre albedrío, ¡vaya!, que valió la pena el gusto de amar y la voluntad subjetiva. En cambio, ella, sí estuvo adherida a la piel de mi corazón.

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