Palinurear

Luis Alberto Arango al frente de la librería. Foto Revista Elipsa

Por Oscar Domínguez Giraldo

Para no pasar de incógnito en la vida propongo el verbo palinurear: buscar y encontrar libros ya leídos, ojalá hartas veces. Palinurear tiene sustantivo: Palinuro, el nombre de la famosa librería de Medellín.

Por estos días de la Fiesta del libro y de la cultura se llega pilao a Palinuro: Aterrice en el Jardín Botánico donde en el pasado estuvo el Bosque de la Independencia, active el GPS olfativo y  la quevedesca nariz lo llevará a esa tierra prometida de libros leídos. 

Y de muchos otros sobre los que el ojo del hombre no ha puesto el pie. En ese pabellón de libros usados, entrando a la derecha del Jardín, está Palinuro con otras muchas librerías que le calmarán el hambre y la sed por esa novela que anda buscando. 

Sin confirmar sí lo digo: me parece que los libros leídos están domesticados por lectores anteriores lo que facilita la comprensión y un mayor disfrute.

Conjugué el verbo palinurear el sábado 7 de septiembre segundo día de feria, perdón, de Fiesta del libro, y allá pude retratar al sonriente Luis Alberto Arango, mandacallar de Palinuro. Nos une la devoción por el ajedrez.

Luis Alberto Arango en la lente del columnista

Luis Alberto atendía clientes que más que a comprar iban a verlo de cerca y a pedirle copia de su texto sobre los libreros que incluyo al final.

Bibliotecarios y libreros de viejo o de nuevo, son necesarios como el pan, el vino, la leche, la nostalgia, el olvido, la soledad, la calle, el sueño, un enemigo leal, el silencio. Cumplen la obra de misericordia de dar de leer al alfabeta. Y al analfabeta.

Después de estar en Palinuro provoca creer en Dios, así uno de sus inspiradores (Héctor Abad) se haya regalado el ateísmo. (Dios tampoco cree en él, diría con Ñito Restrepo).

Aunque la burocracia palinuresca es mínima cuando conocí la librería y ahora, casi dejo la hoja de vida. Serviría los tintos o barrería con harto fundamento. Cuando la visité por primera vez en su sancta sanctorum del centro de Medellín se realizaban dos conversaciones en mesas separadas. Paré la oreja.

Se revolcó Carreño en su tumba pero se alegró Antonio Tabucchi, quien en alguno de sus cuentos sugiere estar atentos  porque en cualquier charla que oigamos puede saltar la liebre de una buena historia para escribir. (“Voces traídas por algo, imposible decir qué”, es el nombre del cuento).

Como ya no puedo tomar agua y ver televisión al tiempo como le pasaba al presidente Bush, no recuerdo nada de lo oído. ¡Por caridad, Herr Alois Alzheimer, no me quieras tanto!

Había tanta gente que no me pude concentrar en el menú libresco de Palinuro y de sus colegas. Acumulé ganas para otro día.

En la primera ocasión que la visité se me quedó el segundo piso por raquetiar.

Pensé: Me subo y estos amigos que “no saben quién soy yo…”  me van a confundir con un escapero de esos que idolatran las viejas ediciones de Aguilar en papel cebolla. (Los libreros saben que muchas bibliotecas están habitadas por obras de parientes o amigos que se descuidaron).

No sé por qué pero cuando entro a una librería en cualquier parte de la global aldea todos los ojos de dueños y empleados, incluida la señora del tinto, el contador, los acreedores, me montan la perseguidora. A la brava me toca comprar algo y salir volado.

Como tengo suerte de tahúr principiante, debo a un librero el goce pagano de haber reencontrado una de las primeras novelas que leí: Genoveva de Brabante (de esa novela mis abuelos sacaron el nombre para mi madre que amaba las hortensias, la cotidianidad y el ruido del agua).

El samaritano que me puso en el camino del libro de don Cristóbal Schmid, fue Jorge Orlando Melo cuando era director de la biblioteca Luis Ángel Arango. Tiene estatua en mi corazón de mal lector. (Responsabilizo de la merma en las lecturas a internet, ladrona nada honrada del tiempo libre).

Ah, a Palinuro fui a preguntar la primera vez por dos libros a los que les tenía montado  bloque de búsqueda. La novela del ajedrez, de Stefan Zweig, y Conversación con Marcel Duchamp, de Pierre Cabanne.

Bueno, ya conseguí el libro de Zweig en la bella edición de Acantilado (también me traje libros de poesía de la editorial Letra a letra. Quiero ser poeta algún día por la tarde para que Luz Eugenia Sierra edite mis precarios versos). 

El neonadaismo se da cita también en Palinuro, en la instantánea los fundadores de la librería: Luis Alberto Arango, Sergio Valencia, Elkin Obregón y Héctor Abad

Falta el otro, le comenté en su  momento al mosquetero Luis Alberto Arango, quien es el norte, sur, oriente y occidente de esa zona de distensión que es Palinuro. Los demás mosqueteros son – o eran – Elkin Obregón, Héctor Abad y Sergio Valencia. Se trata de consentidos que tienen los libros por cárcel, otra acepción para “palinurear” que propondré a los rostros de madera de la Academia española de la luenga lengua

Ojalá aparezca la conversación con Duchamps, también colega de Arango y de este servidor en el juego del ajedrez. De pronto duerme en la biblioteca de algún inminente difunto ilustrado… posible jíbaro (=proveedor) de Palinuro.

LIBRERO

Por Luis Alberto Arango Puerta

Arango cuidando los libros leídos. Foto El Colombiano

La responsabilidad mayor es que imprime carácter. Puede producir tal ensimismamiento, simbiosis y placer, que uno debería pagar para ser merecedor de este bello oficio.

Alrededor de un libro, por más estulticia que contenga, hay un jirón de magia, una iluminación en bruto – sin juzgar si es bueno o malo -, una obsesión, una sonrisa, un exorcismo; si se quiere, una ociosidad. Pero el libro, por encima de cualquier consideración, merece respeto.

Y el oficio de ser cancerbero, clasificador, rastreador y oferente de los mismos, gradúa de monje seglar, sin hábito, con la capacidad de transmitir, sin pretensión, los pensamientos, las intenciones, los juegos de los escritores, de los creadores. El librero es un acólito de diario que debe oficiar sobre las estanterías y las mesas de su entorno, allí donde anónimos, tímidos y locuaces lectores van a confesar sus gustos, o a  contagiarse de otros; donde se comulga en silencio, o a gritos, de tertulia ocasional.

El librero de alma jamás sana de la úlcera eterna que le producen las bellas ediciones que vende, que entrega con desprendimiento, conociendo de antemano el destino incierto de esos libros.

Su condición no lo hace maestro, pero debe estar dispuesto a serlo cuando intuye que alguien cambiará al paso de esas páginas.  

Al librero lo ronda el enigma; a veces no sabe quién es su próximo cliente, y, otras, lo intuye en la dirección de su mirada.

Un librero puede salvar vidas. Un buen libro, recomendado a tiempo, puede ser la tabla de náufrago y la isla del edén de un desesperado. Así como se dice que al escritor lo salva un solo lector, no importa dónde ni en qué tiempo, así, al librero lo justifica una buena recomendación.

Para el librero de Afganistán, Sultan Khan, según Asne Seierstad, en su obra El librero de Kabul, “los libros eran su vida”. Yo agregaría: y se parecen un poco a la felicidad.

(www.oscardominguezgiraldo.com).

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*