Otraparte: Memorias de un hombre “culto”.

Oscar Domínguez Foto Luna Libros

Por Oscar Domínguez Giraldo

A raíz del reciente Festival de Música de Cartagena, le puse espejo retrovisor a mi hoja de vida cultural y descubrí que no soy tan caído del zarzo.  

Asistí a un concierto dirigido por un tal Herbert von Karajan, con motivo de los 750 años de Berlín, Alemania, no Berlín, Medellín, el barrio donde crecí oyendo tangos en la tienda de mi abuelo. El negocio era una especie de “Belle de Jour”: tienda de día, bar de noche.    

Desde que ví en acción a Herr Herbert he creído que los directores suelen llevarse los aplausos porque ponen cara de tocar todos los instrumentos al mismo tiempo.  Lo de la batuta es por despistar al enemigo 

En mi prontuario cultural también figura una ida a la ópera Don Carlos, en Munich.  Solo una vez he ido a la ópera pero principio tienen las cosas. 

En este desorden de ideas, recuerdi que nadie sabe para quién trabaja: Así como “Para Elisa”, a espaldas de Beethoven, se utiliza para vender paletas, una invitación que incluye ópera en el menú, nos da un impensado barniz cultural que no estorba en el currículo. 

Esa  noche munichesa  trataba de no dormirme. No sé si por la música de Verdi o por el libreto a cuatro manos, pero me dieron ganas furiosas de estornudar.   

La solemne sala estaba sumida en su  “ silencio mudo”, con excepción de los bajos, tenores, barítonos, sopranos, contraltos y demás gargantas profundas que se ganan la inmortalidad interpretando el bel canto.  

Tenía el incontenible estornudo ahí no más,  pero era consciente de que tenía que hacer quedar bien a mi  país, y no podía mancillar su prestigio haciendo tercermundista ruido.    

Dije para la posteridad, algo que me habrían podido poner de epitafio: aquí muero, pero no estornudo. Y me encomendé a Santa Cecilia, patrona de la música. De pronto, cuando iba a colgar los tenis, la orquesta entró con “tutti” . La sala en pleno estornudó.  

Todo el mundo lo hizo menos yo. Cosas de Santa Cecilia que se manda su humor teológico. Necesité atravesar el charco para constatar que los alemanes también estornudan.   

En otra ocasión ronqué en una obra de teatro en Broadway y quise entrar a la casa de Beethoven en Bonn, pero no fui admitido: ese día  la casa estaba cerrada al público. Mi decepción fue tal que casi me quedo sordo con don Luis Van. 

Me tuve que contentar con la foto a la entrada de la casa lo que NO me  habilita para distinguir entre la novena o la quinta sinfonías, y una guacharaca de Daniel Santos, el Anacobero. 

En Estocolmo, asistí a la entrega del Nobel a García Márquez. En esa ciudad, incurrí en un lamentable falso positivo: Escribí que don Gabriel había leído un cuento nuevo para agradecerle el premio y la hospitalidad  a los suecos. Pero tampoco: el cuento que leyó, “El ahogado más bello del mundo”, fue publicado en 1968. El Nobel de lo dieron muchos años después.

Habría dado esta vida y la otra para asistir al concierto que dieron los Rolling Stones en Bogotá. No alcanzó mi “flaca bolsa de irónica aritmética”. 

Donde nadie me oiga suelo reconocer que mis “conocimientos” me llevan a aplaudir a destiempo. Una pausita, y este moreno se despacha frenético.  

Pensando en gente como yo que no ha pasado de la Sonora  Matancera cuya ciudad sede en La Habana estuve a punto de conocer, en algunas salas adiestran a los ignaros para que no aplaudan por cualquier do de pecho (¿o será re?) que oigan, y nos sugieren que dejemos las felicitaciones para el final.      

Uno nace con los polvos y los aplausos contados, pero siempre me los gasto a destiempo…  Entiendo el aplauso como un salario adicional en especie.   

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