Otraparte. Día del maestro

Por Óscar Domínguez

Maese Pompilio, hombre que reencarna en sonetos

No se considera maestro. Prefiere el rótulo de profesor. En vez de poeta acepta títulos menos rimbombantes como versificador o escribidor de versos. 

Como poetas reconoce a Borges, Miguel Hernández, César Vallejo, Quevedo, Góngora, Goethe, Hölderin,  “que crearon un universo poético”. Entre los maestros levita con Gandhi, Jesucristo, Buda, Zaratustra, Krishnamurti.

Sus alumnos del Gimnasio Moderno reconocen en Pompilio Iriarte Cadena, PIC, maese Pompilio, (foto) a un maestro y a un poeta. Su discreta y enriquecedora andadura se guía por el mandato del Dalai Lama: Comparte lo que sabes, es una forma de alcanzar la inmortalidad.

Como el humor, una de las formas de la autocrítica, es parte del espíritu gimnasiano, el viejo profesor de Garzón, Huila, sencillo, espontáneo, hará y le harán bromas este 15 de mayo. 

Por estas calendas le celebran cincuenta años como profesor de literatura en el GM, al que llegó con  pinta de jipi,  barba a lo Rasputín, aire de exseminarista virgen, malo para el fútbol y tímido para enamorar muchachas; sentía que no encajaba en el mundo. 

Cometía versos, eso sí. Pero el “profe” Bein, sabio alemán de Hamburgo, su maestro de vida, lo bajó de la nube de su presunta sabiduría. 

“El prof Bein es probablemente la persona más culta que hemos tenido como profesor en el Moderno: científico y humanista, cultivó casi todas las disciplinas que se enseñan en un colegio: matemática, física, química, filosofía (tenía un PHD de la universidad de Hamburgo), idiomas (hablaba 5 idiomas), Bellas Artes, música, teatro…”. Sostiene PIC.

Aprendió que no hay qué darse ínfulas sino hacer bien la tarea.  Al arte de no presumir lo llama elegancia, otro sello del Moderno. En su léxico, elegante es quien trata de disimular la grandeza.

Uno de sus alumnos aventajados es el actual rector Víctor Alberto Gómez. Otros pupilos que le ponen los ojos como un dos de oros de felicidad son Daniel Samper Ospina, Ricardo Silva, Gonzalo Mallarino, Fernando Baena, Juan Carlos Bayona. Si el alumno no supera al maestro, no sirvió el maestro, decía Mario Laserna.

Vive, interpreta la cotidianidad y  enseña a punta de cuartetos y tercetos. Usted lee un soneto o una décima de maese, remoquete tomado del siglo de oro español, y es 14 o 10 versos más feliz.

En los años ochenta, el matoneado seminarista llamado Pompilio, pasó por una notaría y reencarnó en Ángel Marcel,  nombre tomado de sus hijas Ángela y Marcela. 

“El tratamiento de maese salió, por supuesto, de la literatura del Siglo de Oro española, especialmente de El Quijote. Es el mismo monsieur que decíamos a otro gran maestro del colegio, el matemático y geómetra suizo monsieur Henri Yerli, muy famoso en los años 40´s y 50´s en el Gimnasio Moderno y en la Universidad de los Andes y, en general, en el medio universitario…”. Sostiene Marcel.

Hablando para el programa de radio “Desde la cúpula” del Gimnasio, Iriarte, gemelo de Antonio,  comentó que el buen maestro no cree que todo tiempo pasado fue mejor,  respeta los intereses  de los estudiantes y nunca pierde el buen humor.

MI LISTA DE MAESTROS

Un día como este dedicado al maestro está que ni pintado para hacer la lista de quienes nos han ayudado a desasnarnos:

Esilda Bahos Agudelo, maestra de kinder

La señorita Esilda Bahos Agudelo (en la foto) tenía por sus alumnos de kínder del barrio Berlín, en Medellín, el afecto de una gallina por sus polluelos. Aparecía en la mañana ataviada como para asistir a una fiesta.

De la mano de la señorita Esilda le entramos a la “Alegría de leer” de don Evangelista Quintana. También al catecismo del padre Astete y a la Historia Sagrada de Bruño donde vimos por primera vez a una mujer ligera de equipaje: mamá Eva caminando cuasiempelota en el paraíso. 

Don Bernardo Cardona, “Tomate” fue nuestro maestro en segundo elemental en la José Eusebio Caro, del barrio Aranjuez. Don Bernardo, enseñaba con felicidad y nos instaba a que hiciéramos en la vida lo que nos gustaba.

Alfredo Vanegas Montoya, dictaba literatura en la Salle de Envigado. Se aprendía de memoria las mejores metáforas de sus alumnos y las repetía en público. Muchos alcanzamos a sentirnos camino de Estocolmo para recibir el Nobel.

           Don Enrique Congote, de Sopetrán, fue profesor de inglés y de francés en el Liceo Manuel Uribe Ángel, MUA, de Envigado. Sus clases duraban 30 minutos. Una vez le preguntamos por qué no daba los otros 15 minutos y nos explicó: «Aquí me pagan el equivalente a 30 minutos». Siempre llevaba el mismo vestido azul a rayas. Nos confesó una vez: «Tengo dos vestidos: éste, y el café … donde me siento a tomar tinto mientras me planchan el que llevo puesto».

           Oscar Hernández Tello, tenía más voz de locutor de la BBC de Londres, que de profesor del Colombiano de Educación de don Nicolás Gaviria. Así como cuidaba su voz, consentía la tímida prosa de sus alumnos. Era un corrector de estilo implacable pero certero. Nos inculcaba el detalle como camino hacia la perfección.

El maestro Alberto Acosta, fundador de noticieros de prensa, radio y televisión, y quien se proclamaba un “abuelo solitario”, no sacaba vacaciones. “No me crea tan pendejo: ¿pa qué que se den cuenta de que no hago falta?”.

Elkin Restrepo daba literatura en la U. de Antioquia. Espero no calumniarlo si digo que calificaba por la capacidad de sus alumnos para inventar metáforas. Poco le importaba que no distinguiéramos entre una sinécdoque y la sota de bastos

El chileno Jenaro Medina trajo a Colombia la revista VEA. Nos repetía  este mantra: “El periodista no tiene derecho a carecer de fuentes, ni a tener mala suerte”.

Me enriquecí lícitamente en un taller del novelista y periodista argentino Tomás Eloy Martinez. Enseñaba que más vale una mala crónica escrita, que una no escrita, y que el periodismo sirve para vivir (levantar para los garbanzos) y para la vida) (crecer interiormente). Agradecido muy con todos.  

Un soneto de Pompilio Iriarte

Elogio del bastón

Da nobleza el bastón a la cojera.

Labrado en roble o en nogal, lustroso,

no es posible un elogio más hermoso

a la debilidad, en la madera.

Del bordón aprendemos la manera

más conspicua y el modo riguroso

de amaestrar los pies sobre el riesgoso

y empinado trajín de la escalera.

El cetro para mancos, para reyes

que nos incitan a cumplir las leyes;

la vara del pastor que pastorea

el oscuro rebaño que lo aflige,

promulgan el principio que nos rige:

Espléndido señor el que cojea.

Ángel Marcel, el cojo.

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