Otraparte: Abril, libros mil

Foto cortesía de Filbo

Por Óscar Domínguez Giraldo

No me las voy a dar de niño-prodigio a estas alturas, pero a propósito de la 34 FILBo recuerdo que el primer libro  que leí completo me lo aprendí de memoria;  el segundo me entró por los oídos.  

Cuando ejercía el arduo y creativo oficio de chinche, masa o chinga, se celebraba en Medellín una especie de olimpíada teológica que consistía en aprenderse de  memoria, con preguntas y respuestas, el catecismo de  Astete. Había que recitarlo como un lorito ante un jurado serio, solemne y distante como una vendedora de preservativos. O de biblias. 

El Catecismo
No fue en esta edición que me aprendí el catecismo del padre Gaspar Astete. 

¿Cómo me entró por los oídos el segundo libro que “leí”? Elemental, queridos. Por radio escuchábamos  la novela “Lejos del nido” de Juan José Botero.  

Fue tal el impacto que me causó el secuestro de la heroína que le dimos ese nombre a nuestra heredera. El indio Isidoro Quirama, el secuestrador, es el único enemigo que reconozco. Espero la llegada de un buen enemigo que cuestione mis certezas, siguiendo la receta de Víctor Hugo. 

Mantengo al lado del hígado “La alegría de leer”, de Evangelista Quintana, tomo primero, que suelo ojear para espantar  el alzhéimer, en una reedición de Editorial Voluntad.  

Cuando comencé a sentir movimientos eréctiles abajo del ombligo empecé a hacer preguntas. Mamá Genoveva me regaló entonces “Respuestas a las preguntas sexuales de los niños”. Quedé más perplejo que Subuso. 

Que no falte entre mis primeras lecturas Genoveva de Brabante, que seguramente inspiró a mis abuelos a la hora de bautizar a su tercera niña. Lo releí por fina coquetería de Jorge Orlando Melo, exdirector de la biblioteca Luis Ángel Arango, quien en alguna corrida de catre cultural me recordó que allí lo prestaban. Y como estaba carnetizado lo retiré. 

La Biblia, el principal libro gordo de ficción, al decir de Borges, siempre lo he tenido ahí, de almohada. Envidio a los cuatro reporteros que cubrieron la campaña de Jesús sin la presión del cierre, y sin llamadas lagartas del “candidato” a que le publique bien destacada equis noticias, ojalá con “mono a una” de la manifestación en Belén. 

No sé cómo, pero conservo la Imitación de Cristo, del místico Kempis, en edición bonsái, en la traducción de Fray Luis de Granada. Al primer libro que me regalaron, “Gulliver en el país de los enanos”, lo estoy leyendo siete décadas después en la versión completa de Swift. 

Pabellón de la Piloto en una Fiesta del Libro en el Jardín Botánico de Medellín (odg)

En los primeros setenta años que cumple en 2022, gracias doy a la Biblioteca Pública Piloto de Medellín por llevarnos libros hasta la cuadra, interrumpiendo el rito del fútbol. Volvían por los libros en carros que parecían clonados de las películas de bandidos.  

Salgari, Dumas y Verne me acompañan desde entonces. Los he comprado en las librerías “agáchese” y he vuelto a engullírmelos. Eterna vida para la Piloto. 

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