Ojo: el milagro alemán

Por Esteban Jaramillo Osorio

Aquí estoy, con mi fútbol de sofá, pegado a la TV, pendiente de todos los detalles del mundial que no levanta vuelo, que posterga el brillo de sus figuras, que calienta el ambiente por sus escándalos sociales y políticos, que sorprende por los zarpazos de los equipos chicos. 

Mundial con la vena goleadora de Mbappé y Caicedo, el ecuatoriano. Con Messi que, en Argentina, no es medio equipo, es el equipo. Un Messi a media máquina, pero inspirador, desde su pierna izquierda.

De Cristiano hay poco. De Neymar, nada, por su tobillo castigado.

Mundial nivelado por lo bajo, hasta ahora el más discreto de la historia a pesar de España que mezcla fútbol y sinfonía; Croacia que es un compacto experimentado y Brasil siempre favorito.

Con artificios afuera y no dentro de la cancha, con pocas jugadas de lujo como el gol de Richarlyson, el ariete brasileño que deslumbró con su volea, por la armonía y efectividad de sus movimientos.  Con un partidazo entre Alemania y España y buenos arbitrajes.

Con prefabricadas polémicas en los medios, porque en la cancha poco hay para discutir, con el atasco transitorio de los grandes, como Alemania, o los   tediosos alargues que no mejoran el juego, pero aumentan, sin puntería, los remates a puerta.

Mundial de fútbol, sin fútbol. Fútbol físico y obsesivo en el resultado, con una baja ostensible, respecto a torneos anteriores, en el volumen de ataque.

Mundial que no puede descartar las selecciones poderosas, porque tarde o temprano, dominaran el juego. Siempre, la calidad diferencial de los futbolistas, que en cualquier momento aparece, marcará el camino a la victoria. En el fútbol y en la vida, las cosas son como empiezan, como se desarrollan y cómo terminan. 

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