No, la obesidad no es un fracaso personal

Hayley Wall

Por Julia Belluz

Belluz es periodista de salud. Está escribiendo un libro sobre nutrición y metabolismo.

LONDRES — Un grupo selecto de los principales investigadores del mundo que estudian la obesidad se reunió hace poco en las salas doradas de la Sociedad Real, la sociedad científica en la que participaron Isaac Newton y Charles Darwin y donde alguna vez se debatieron ideas como la gravedad y la evolución.

Ahora los científicos discutían sobre las causas de la obesidad, que afecta a más del 40 por ciento de los adultos estadounidenses y le cuesta al sistema de salud alrededor de 173.000 millones de dólares al año. En la sesión de clausura de la reunión, el biólogo John Speakman ofreció esta conclusión sobre el tema: “No hay consenso sobre cuál es la causa”.

Esto no quiere decir que los investigadores no estuvieron de acuerdo en nada. La reunión de tres días estuvo impregnada de una comprensión implícita de lo que no es la obesidad: un fracaso personal. Ningún ponente argumentó que los seres humanos, de manera colectiva, perdieron fuerza de voluntad al llegar la década de 1980, cuando las tasas de obesidad se dispararon, primero en los países de altos ingresos y luego en la mayor parte del resto del mundo. Ni un solo científico dijo que nuestros genes cambiaron en ese breve periodo de tiempo. No se habló de la pereza, la gula y el ocio como elementos que propician la obesidad. A diferencia de la visión social predominante sobre la obesidad, que supone que las personas tienen pleno control sobre el tamaño de sus cuerpos, no culparon a los individuos por su condición, del mismo modo que no culpamos a las personas que sufren problemas de desnutrición, sino a las restricciones y el desperdicio.

En cambio, los investigadores dijeron que la obesidad era una afección crónica y compleja, y que se habían reunido para llegar al fondo de por qué los humanos, en conjunto, nos hemos vuelto más anchos en los últimos cincuenta años. Para hacerlo, compartieron una variedad de mecanismos que podrían explicar el aumento global en la obesidad. Y sus teorías, aunque diversas, hicieron evidente una cosa: siempre que tratemos la obesidad como un problema de responsabilidad personal, es poco probable que su prevalencia disminuya.

Un biólogo nutricional presentó la idea de que todos los carbohidratos y las grasas en los alimentos actuales diluyen las proteínas que necesitan nuestros cuerpos, lo cual nos impulsa a comer más calorías para compensar la discrepancia. Un endocrinólogo habló del modelo científico detrás del enfoque de la dieta baja en carbohidratos y sugirió que los patrones de alimentación con muchos carbohidratos impulsan la grasa de una forma única, mientras que un antropólogo evolutivo argumentó que muchas sociedades cazadoras-recolectoras magras comían muchos hidratos de carbono, con especial afinidad por la miel.

Otros sugirieron que el problema son los alimentos ultraprocesados, los productos preparados y envasados que constituyen más de la mitad de las calorías que consumen los estadounidenses. Un fisiólogo compartió su ensayo controlado aleatorio en el que demostró que la gente consume más calorías y sube más de peso con dietas de alimentos ultraprocesados que con dietas integrales de la misma composición de nutrientes. Pero dijo que aún no se sabe por qué estos alimentos motivan a la gente a comer más.

El misterio podría explicarse por las miles de toxinas que los alimentos ultraprocesados pueden incluir en forma de fertilizantes, insecticidas, plásticos y aditivos, argumentó una bioquímica. Su investigación sobre las células ha demostrado que estos químicos interfieren con el metabolismo.

A pesar de ello, otros piensan que tal vez el problema tiene menos que ver con lo que comemos y más con lo que no comemos. Una etóloga compartió su trabajo sobre el vínculo entre la inseguridad alimentaria y la obesidad en las aves. Cuando los alimentos escasean, los animales comen menos calorías, pero suben más de peso. Los estudios en humanos también han demostrado una asociación “sólida” entre la inseguridad alimentaria y la obesidad, lo cual se conoce como la paradoja del hambre y la obesidad.

Por si el tema no fuera suficientemente complejo, los investigadores dejaron claro que la obesidad no puede considerarse como una única afección. Hablaron de casos raros causados por mutaciones o trastornos de un solo gen; lo más habitual es que la obesidad surja a causa de interacciones genético-ambientales todavía inciertas. Quizá deberían haber hablado de obesidades todo el tiempo.

Para el final de la conferencia, los asistentes distaban de haber llegado a una teoría unificadora que explicara el aumento mundial de la obesidad, una condición presente en la humanidad al menos desde Hipócrates, pero que comenzó a generalizarse apenas desde la aparición de MTV. Sin embargo, en un periodo muy corto, los científicos, incluidos muchos en la sala, habían aprendido mucho.

Identificaron más de mil genes y variantes que aumentan el riesgo que tiene una persona de ser presentar obesidad. Descubrieron que la grasa corporal es mucho más que un depósito de almacenamiento de energía y que no todas las personas con obesidad desarrollan sus complicaciones asociadas, que incluyen cáncer, diabetes tipo 2, hipertensión, infartos, apoplejía y muerte prematura. Han avanzado bastante para identificar cómo es que el cerebro organiza la alimentación y se adapta a distintas dietas, alterando las preferencias alimentarias. Pero los científicos no pudieron ponerse de acuerdo en qué cambió en la historia reciente para afectar estos sistemas biológicos complejos.

Desde la reunión, me quedé inmersa en la profunda brecha entre las conferencias que escuché y la conversación sobre el peso que tenemos en nuestra cultura. Ningún científico habló de ninguna de las supuestas curas de las que están repletas los libros de dietas y los anaqueles de las tiendas, a excepción del debate sobre los hidratos de carbono. No hubo un diálogo serio sobre limpiezas, aplicaciones para hacer dietas ni sobre el ayuno intermitente. Nadie sugirió que los suplementos podían ayudar a la gente a bajar de peso ni que fuera necesario acelerar el metabolismo. El único ponente sobre la microbiota intestinal que hubo argumentó que los ensayos humanos sobre obesidad a la fecha han sido en su mayoría decepcionantes.

En otras palabras, no hubo curas rápidas ni trucos de magia en esa sala de reuniones de Londres. Y aunque hubo emoción por los avances increíbles de la medicina en el tratamiento de pacientes con obesidad, no se habló de los medicamentos y las cirugías efectivas como soluciones para resolver la crisis de salud pública.

Cuando les pregunté a varios de los investigadores cómo enfrentar la obesidad, dada la incertidumbre, señalaron políticas que alterarían o regularían nuestro entorno, como prohibir la mercadotecnia de comida chatarra dirigida a los niños, las máquinas expendedoras en las escuelas y hacer los vecindarios más peatonales. Hablaron sobre cambiar el sistema alimentario de tal manera que también aborde el cambio climático: las crisis relacionadas alguna vez se encontraron con la inercia de políticas públicas que ahora han cobrado un impulso internacional. Pero tratándose de la obesidad, se sigue acusando a los gobiernos de ser Estados sobreprotectores si tratan de intervenir con regulaciones.

Esto se debe en parte al hecho de que, en vez de ver la obesidad como un desafío social, predomina el sesgo de que es una elección individual. Prevalecen la incomprensión y la culpa y se pueden ver en todas partes. A la gente se le dice que es suficiente con que coma más verduras y haga ejercicio, lo que equivaldría a enfrentar el calentamiento global pidiéndole a la gente que solo vuele menos o recicle. Los gurús y las empresas dedicados a las dietas recaudan miles de millones con modas alimentarias y de acondicionamiento físico que acaban fracasando.

Cuando las personas no pueden controlar su peso corporal, suelen culparse a sí mismas. Hace poco entrevisté a un hombre que, tras un tumor cerebral, desarrolló obesidad grave, un efecto secundario habitual de su enfermedad. El tumor no se diagnosticó durante meses, ya que los médicos le dijeron que se pusiera a dieta e hiciera más ejercicio. Pero incluso hoy en día, me dijo, el tumor solo parecía “otra excusa” para la lucha de toda su vida contra el peso, por lo que no habla de ello con nadie.

La vergüenza también la aportan otros. Una reciente columna de Times of London argumentaba que avergonzar a otros por su peso es una solución real a la obesidad, justo cuando Bill Maherdespotricaba sobre que el movimiento de positividad corporal —una “gustosa celebración de la glotonería”, dijo— es nocivo para la gente porque consiente el aumento de peso. Todo lo contrario: los investigadores han descubierto una y otra vez que avergonzar a alguien por su peso provoca que la gente suba más de peso y es nocivo. Se cree que al menos algunas de las consecuencias negativas de la obesidad para la salud están motivadas por el estigma y la discriminación, que se traducen en una peor atención médica.

Mientras no veamos la obesidad como algo que se ha impuesto a las sociedades, y no como algo que eligen los individuos, seguiremos discriminando a la gente por su peso y continuarán las curas mágicas y las malas políticas. Mientras no dejemos de culparnos a nosotros mismos y a los demás y empecemos a centrar la atención en los entornos y los sistemas, la tasa de obesidad mundial continuará su ascenso, una tendencia que ningún país ha revertido de manera sustancial, ni siquiera en los niños.

Julia Belluz es periodista de salud. Está escribiendo un libro sobre nutrición y metabolismo.

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