Moisés

El cayado a duras penas lo ayudaba en su incierta bajada del monte Sinaí. El corazón lo sentía lleno de una energía indescriptible. El mundo le cabía en el pecho. No era para menos, su condición de elegido, que aún no alcanzaba a concientizar, acababa de ser confirmada de una forma extraña e inesperada.

Como toda vivencia extra sensorial, el tiempo pareció detenerse. El silencio de por sí presente en las alturas, de repente se acentuó hasta lo absoluto.

Una inmensa zarza, ante sus ojos, se encendió como incontables estrellas danzando en el cosmos. Lo sorprendió la intensa paz que se apoderó de su ser. No tuvo la menor sensación de pánico. Extasiado admiró el reducido universo  gravitando ante sus ojos; por ello, le pareció lo más normal escuchar esa voz que parecía envolverlo todo.No era la primera vez que la escuchaba. Unos años antes, cuando disfrutaba de su condición de príncipe adoptado, comenzó a vivenciar el contacto. Por ello se atrevió a preguntar quién era. Desde lo profundo de su mente le llegó la respuesta: “Yo Soy el que Es, no hay nada fuera de mi, por sobre todo soy amor; instruye a tu pueblo”.Cuarenta días duró cavilando la experiencia. El código de conducta, los 10 mandamientos, fue su legado imperecedero.Finalmente llegó al asentamiento donde los Israelitas acampaban esperando su regreso. Luego de recorrer el largo exilio huyendo de los Egipcios, pudieron vivir un tiempo sin temores. Sus instintos afloraron. Se olvidaron rápidamente de su líder y de sus prodigios salvadores. El desenfreno, las pasiones, los rencores, las ambiciones, los placeres desmedidos, ocuparon su día a día.Moisés los encontró en ese descontrol adorando a Baal, el ídolo de los placeres externos. Lo representaron como un becerro de oro y bailaban posesionados de ese mal vivir. La imagen hecha en oro tenía su significado: era el metal que todos perseguían, era el medio de pago, era ese disco acuñado que terminó conociéndose como moneda…Su nombre, como toda inventiva humana, surgió de una historia vulgar, corriente como en realidad es su significado. En la Roma de finales de imperio, existía cerca del capitolio, aledaño al templo de Juno, una casa acuñadora de Denarios. La propiedad tenía un estanco con numerosos gansos. Sus poderosos graznidos avisaban cualquier movimiento inusual en sus alrededores. Servían de “moneta”, es decir, “aviso” de peligro. Esta circunstancia, terminó institucionalizando el nombre “moneda” para representar al denario. Así se nominó el insumo, que quince centurias después, vendría a servir de instrumento de opresión a finales del siglo XX y dos décadas del XXI.La necesidad de su primacía surgió, por un efecto normal de balanceo. Cuando por razones de coyuntura, el control monetario no tenía importancia y se utilizó la visión keynesiana para solucionar los desequilibrios. No debía ser una solución permanente. En Latinoamérica, imprudentemente, abusaron de ella. Pronto el efecto colateral negativo se manifestó: el fenómeno hiperinflaciónario puso en riesgo la estabilidad económica occidental.

Moneta, moneta”, vociferaban, reemplazando a los gansos, los “chicago boys”, los monetaristas, los seguidores de Friedman. Para mal de los latinos, tenían toda la razón en sus argumentos: había que controlar el circulante; la intromisión del estado en el manejo económico debía limitarse; el mercado debía liberarse. El elemento, el insumo, la moneda, el cual había sido tan mal manejado, cobró caro su menosprecio.En consecuencia, con la implementación de la teoría monetarista, además del auge en las comunicaciones y la necesidad de liberar fronteras, se acogió la política llamada Neoliberalismo. Así se instituyó el hoy decadente “Capitalismo salvaje”, con su práctica excluyente de usura institucional.Pasado su tiempo, 50 años más tarde, no serían los graznidos de los gansos anunciando el fin de su reinado, sinó un virus llamado covid-19, con corona incluida además, lo que plantearía la necesidad de un nuevo giro en el manejo de la política económica del estado.En esas estamos: debería servir de catarsis, según nosotros, los libre pensadores. Sin embargo, vemos estupefactos como nuestra dirigencia se aferra a dogmas del pasado y pretenden superar la crisis, extendiendo privilegios y priorizando los intereses de las élites.La nueva corona, la del microorganismo, les está señalando, claramente, que su reinado exige la necesidad de reinventar. Este 2020 debería considerarse un AÑO CERO. Las estadísticas solo serían una referencia histórica, no una medida de progreso.Se debería aceptar como el inicio de un nuevo ciclo. Una nueva ideología clama su advenimiento. Las llamadas  izquierda y derecha son el pasado. La primera, ha mostrado históricamente su inoperancia y la segunda, su ineficiencia palpable.Ya un reconocido nobel, Joseph Stiglitz, en su reciente libro, ” Capitalismo Progresista”, diagnostica lo negativo de la tendencia vigente. Al menos, no pueden ignorar sus planteamientos. Es una opinión autorizada proveniente de la academia tradicional. Aunque no lo señale, su advertencia sobre el abuso de la “financiarización”, es el efecto colateral de la implementación del Monetarismo irrestricto.Con un poco de imaginación, superando prejuicios, podríamos equiparar esta priorización monetaria, al becerro de oro que encontró Moisés, erigido en un pedestal, solo accesible para unos pocos. La “fuente que derrama progreso” no tiene la dinámica necesaria para superar la opresión, la desigualdad y la pobreza en Latinoamérica.Algove

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