Misión incumplida

Oscar Domínguez Giraldo, el columnista.

Por Oscar Domínguez G. Diario El Tiempo, Bogotá

Hacer balances es una arcaica costumbre criolla que practicamos impunemente cuando el año da las últimas puntadas. Este es un escueto balance de mi andadura:

Copiándome de mi gurú, Marx (Groucho, no Carlos), admito que “nací a temprana edad”.

Lo que más me gustó de la primera ciudad que conocí, Medellín, fueron las luces nocturnas intermitentes, que me recordaban los cocuyos con los que me tuteaba en el campo.

Mis primeras alegrías las tuve cuando empecé a maridar vocales y consonantes en el kínder de la señorita Esilda. Nunca imaginé que juntando vocales y consonantes me ganaría los garbanzos como periodista.

Como en mi árbol genealógico hay un espermatozoide muerto de la erre, procuro vivir con una cierta sonrisa.

He sido un sujeto exitoso, pues soy millonario en buena salud y tiempo libre. Como mi salud ha sido óptima, o sea, de mendigo, me tocará morirme aliviado.

El cuadro del Corazón de Jesús presidía la sala de mi casa. Cuando conocí la Mona Lisa, en el Louvre, de París, descubrí que, como el Corazón de Jesús, la mujer del señor Giocondo tampoco me quitaba de encima los ojos ni la incierta sonrisa.

Convertí el ajedrez en el juego de todas mis vidas. Cuando andaba sin norte, sur, oriente ni occidente, tropecé con el periodismo. Me ha gustado tanto este oficio que si volviera a nacer, sería jardinero.

Estuve a una jaculatoria de distancia de dos papas: caminé al lado de Juan Pablo II en Armero y me tomé una remotísima selfi con el papa Francisco en Medellín.

Pagué cinco minutos de cárcel por escándalo balompédico en la vía pública. De resto, he procurado meterle ética y estética al viaje a Itaca que estoy haciendo.

Soy de sueños incumplidos: no fui interior derecho del Atlético Nacional, no le mordí la oreja a Brigitte Bardot, no fui alcalde de la ciudad de hierro.

El amor nace cuando unos ojos que no se buscan se encuentran. Ese amor que me deparó el azar se tradujo en esposa, par hijos, cuatro nietos.

No me dictó escribir novelas ni cuentos. Soy corredor de distancias cortas, como esta columna que no puede pasar de 400 palabras.

Hablo de misión incumplida porque nada que se cumple mi anhelo tomado de un adagio egipcio: que los hijos vuelvan a enterrar a los padres, no al revés, como sucede en las guerras.

www.oscardominguezgiraldo.com

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*