Minorías

Foto referencial El Espectador

Por Andrés Hoyos, Diario El Espectador, Bogotá

Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, el gobierno ha estado en manos de minorías. Eso es lo que son los regímenes dinásticos, ínfimas minorías que se adueñan de un país o de un territorio y hacen allí lo que les viene en gana, generación tras generación. Dados los repetidos desastres que estos grupos cerrados causaron en muchas partes del mundo, se planteó la necesidad de una alternativa y así nació la democracia, con la promesa de dar mando y voz a las mayorías. Aquello fue un gran avance, si bien no dejó de haber abusos a tutiplén. No solo las mayorías podían aplastar a las minorías, sino que solían quedarse en el poder, volviendo a la condición dinástica por el camino de la involución. Una democracia sana es aquella en la que una minoría no puede ser pisoteada y tiene derechos expansivos, tan solo limitados por los derechos inalienables de las mayorías.

Pongamos en escena la versión contemporánea del dilema. Es comprensible que, digamos, una comunidad minoritaria —indígena, afro o campesina— tenga problemas propios y desee llamar la atención sobre ellos y forzar la mano del Estado —por definición gestionado por las mayorías—, pero otra muy distinta es que afecte a terceros de forma masiva, como sucede, por ejemplo, cuando cierran una carretera nacional durante 10, 15 o 20 días o cuando incendian o destruyen algo que no es de su propiedad. En esos casos es legítimo que los agentes más notorios de esa comunidad sean procesados disciplinaria o penalmente.

La relación dialéctica entre minorías, por lo general activas, y mayorías, por lo general pasivas, se inventó hace bastante, pero vamos al ejemplo clásico: en 1917, 13.000 bolcheviques, conducidos por un genio llamado Lenin, se adueñaron de un país de 178 millones de habitantes y muchos millones de hectáreas de tierra cultivable. Solo vinieron a aflojar su puño de hierro 74 años después y tras millones de muertos. La doctrina cundió.

El ejemplo de los bolcheviques demuestra que la gran ilusión de una minoría política ambiciosa es gobernar y, con el tiempo, volverse mayoría. Esto, en principio, no es un problema, siempre y cuando no recurran para ello a métodos arbitrarios o dictatoriales, según se ha venido viendo en años recientes en América Latina: Fidel Castro, Hugo Chávez, Nicolás Maduro, Daniel Ortega, Evo Morales, todos ellos se han mantenido en el poder con grandes trampas. Pese a que Chávez sí representó alguna vez a la mayoría en Venezuela, ¿hoy las mayorías respaldan a Maduro? Es obvio que hace mucho tiempo que no.

Vivimos, pues, tiempos que combinan la existencia de minorías oprimidas y minorías belicosas. A veces pueden ser la misma. Ah, aunque hay muchas reivindicaciones elementales, virtuosas y necesarias, pasa con alguna frecuencia que la minoría belicosa no tenga la razón en sus pretensiones y que las mayorías, o al menos el gobierno elegido temporalmente por ellas, sí la tenga. Esto suele conducir a la parálisis y a la prolongación de problemas diagnosticados con claridad de tiempo atrás.

Una variación reciente e importante del fenómeno aquí discutido es que, en medio de una muchedumbre grande solo raramente representante de las mayorías, se escondan pequeños grupos de vándalos que transforman una manifestación pacífica en una orgía de destrucción. ¿Qué hacer? Por ahora encender la televisión, comprar los periódicos y revisar las redes sociales para ver qué opciones se plantean.

andreshoyos@elmalpensante.com

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*