Micro y Macrolingotes

Por Oscar Alarcón Nuñez

MICROLINGOTES

Que Duque pida la devolución de las lanchas, no a Guaidó sino a J.J. Rendón.

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La nueva pelea de Uribe con Roy hay que verla en contra… Barrera.

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Esta pandemia no nos matará con fiebre sino con decretos.

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La mejor prueba de que en EE.UU. cualquiera puede ser presidente la tenemos en Trump.

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Con el coronavirus ¿será que las faldas de las montañas están 20 centímetros encima del suelo?

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La imagen de Duque vale $ 3.600 millones, según el derecho de Nassar.

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MACROLINGOTES

CUANDO UN AMIGO SE VA

Antes de que comenzara el confinamiento me despedí de mi buen amigo, Felipe Núñez, con quien me reunía semanalmente en tertulia, junto con otros seis compañeros más, a escuchar a los grandes compositores de la música. Llenos de optimismo y con el mismo buen humor de siempre, nos despedimos para volver a vernos en tres o cuatro semanas –cuando concluyera el encierro—para deleitarnos con sonatas que deseábamos repetir. No alcanzamos a cumplir la cita porque de manera abrupta Felipe falleció. No alcanzó a darnos el último abrazo, como tampoco asistir a sus exequias y oír en la iglesia unas fugas de Bach y el réquiem de Mozart.

Se nos fue el amigo –no por coronavirus–, con todos sus sueños y proyectos. Su fallecimiento veloz, no tuvo la parsimonia con que se le veía caminar, con su cabellera blanca y cuerpo robusto, por la avenida Chile, por los pasillos del Julio Mario Santo Domingo o por los restaurantes de opíparos almuerzos, en donde, desde el mediodía, esperábamos la noche en medio de las más insólitas conversaciones sobre los más disímiles temas. Hasta llegamos a viajar a Barranquilla, con él y varios del grupo, a visitar La Cueva y encontrarnos con Heriberto Fiorillo, para conocer el hielo. Tiempo nos faltó para reunirnos a recordar a Beethoven en sus 250 años de nacimiento.

Luego de su ausencia he confirmado que para morir no se necesita más que estar vivo y que, afortunadamente para mi buen amigo y para María y Manuela (su mujer y su hija), no falleció luego de una larga y penosa enfermedad. Por eso he meditado en estos días que lo más conveniente es acudir pronto a una fundación que se llama Pro Derecho a Morir Dignamente, DMD, que permite que a la persona no se le prolonguen los sufrimientos. Si en la vida padecemos, para qué prolongarla esperando la llegada de la muerte. (Mayor información: info@dmd.org.co).

La vida es muy corta. Lo largo es el coronavirus. 

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