Mi papá vio ‘Encanto’ y se transportó de vuelta a Colombia

En la película de animación Encanto, ambientada en Colombia, Mirabel Madrigal (Stephanie Beatriz) es la única hija de la familia sin un don fantástico. Foto Disney

Por Laura Zornosa

La primera vez que vi los avances de Encanto de Disney, un musical animado ambientado en Colombia, me invadieron dos sentimientos. Primero sentí una oleada de emoción por lo que podría ser. Luego, casi de inmediato, sentí que me ponía a la defensiva. “Más vale que no lo echen a perder”, pensé.

Después del estreno de Narcos en Netflix en agosto de 2015, serie en la que se habla de los capos de la droga, el cártel de Medellín y la cocaína con un brillo de glamur, las parejas se empezaron a disfrazar de Pablo Escobar y su esposa, María Henao en Halloween. La fotografía de la ficha policial y el bigote de Escobar aparecían en bolsas de lona. Presentarme como colombiana-estadounidense tenía un matiz de intriga: antes de Narcos, mis compañeros no habrían asociado de inmediato a Colombia con la violencia del narcotráfico. Ahora, el país despertaba curiosidad.

No obstante, Encanto era una oportunidad para que una nueva generación viera a Colombia bajo una nueva luz .

En octubre vi una primera proyección de Encanto para un artículoen el que estaba trabajando. Al poco tiempo de empezar la película —mientras las imponentes palmas de cera del Quindío colmaban la pantalla— mis ojos se llenaron de lágrimas. Los cineastas no lo habían echado a perder. Resulta que los directores Jared Bush y Byron Howard tenían una relación estrecha con los cineastas colombianos Juan Rendón y Natalie Osma, con quienes hicieron un viaje de investigación a Colombia. Un grupo de trabajadores latinos de Disney Animation llamado Familia compartió sus experiencias y perspectivas para ayudar a darle forma a la película. Charise Castro Smith, quien escribió el guion con Bush y es codirectora, es cubanoestadounidense.

La película me cautivó, pues crecí a kilómetros de distancia de mi herencia. Sabía de dónde provenía la familia de mi padre —había visitado Colombia—, pero siempre quería saber más. ¿Y qué hay de mi padre, que dejó atrás su hogar para construir uno nuevo?

Encanto es sinónimo de “encantamiento” o “hechizo”, y la película le hace honor a su nombre: hace años, Alma Madrigal huyó de su casa mientras escapaba del conflicto armado. Salvó a sus tres hijos pequeños, Julieta, Pepa y Bruno, pero perdió a su esposo, Pedro. Devastada, Alma se aferró a la vela que utilizaba para iluminar su camino, que quedó encantada. Su magia le infunde a cada uno de los miembros de la familia Madrigal un don fantástico cuando alcanzan la mayoría de edad, a excepción de la hija menor de Julieta, Mirabel.

Julieta puede curar padecimientos físicos con la comida que prepara (con frecuencia arepas de queso o buñuelos). Los estados de ánimo de Pepa influyen en el clima, y Bruno tiene visiones del futuro. Isabela, una de las dos hijas mayores de Julieta, puede hacer que los botones florezcan; Luisa, su hermana, es dueña de una fuerza sobrehumana. Los tres hijos de Pepa tienen cada uno un poder, como hablar con los animales. ¿Y nuestra protagonista, Mirabel? Bueno, ella nunca tuvo un don.

A mí, que soy la única prima de mi familia nacida fuera de Colombia —y la única que no se ha criado hablando en español— me sonó familiar.

Mi padre, Francisco Zornosa, es de Cali; migró a Estados Unidos cuando tenía más o menos mi edad, a los 25 años. Nació un año después del inicio de un conflicto armado que duró cinco décadas en Colombia y creció en medio de la guerra entre grupos guerrilleros de izquierda, paramilitares de derecha y fuerzas gubernamentales. Es un aspecto de su infancia del que nunca hemos hablado.

Laura Zornosa y su padre, Francisco, en el Castillo San Felipe de Barajas en Cartagena
Laura Zornosa y su padre, Francisco, en el Castillo San Felipe de Barajas en Cartagena. Foto vía Francisco Zornosa

Yo acababa de empezar la universidad en 2016 cuando se firmó el acuerdo de paz entre el gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). De niña me fascinaba la misteriosa tierra de la que mi padre era originario, donde vivían mi abuela, mi tía, mi tío y mis primos, pero con mi piel clara, mi pelo rojo y mi español imperfecto, destacaba por lo que era: estadounidense. Consideraron que visitarla era demasiado peligroso para mí.

No obstante, una vez que se firmó el acuerdo de paz, comenzó mi insistencia incesante. Al final, mi padre cedió: nos embarcamos en una gira por su tierra natal. Nos quedamos en casa de mi abuela en Cali, enclavada de un modo acogedor entre las montañas. Tomamos el sol en Cartagena, en la costa del Caribe, y caminamos por el valle del Cocora, en la zona cafetera, donde las palmeras de cera se extendían con una altura inverosímil, a través de la niebla hacia el cielo.

Al salir de la proyección, supe que tenía que enseñarle Encanto a mi padre. “¡Mira!” quería decirle. “¡Reconozco estos árboles! ¡Ese animal! ¡Ese pastel!”. Quería aferrarme a un aspecto alegre de él —de los dos— para estar orgullosa.

El fin de semana de Acción de Gracias, lo llevé a rastras al cine. A los 20 minutos, se quitó las gafas y sacó los pañuelos. Solo lo había visto llorar una vez, cuando murió su padre.

La abuela Alma, la matriarca ferozmente protectora de la familia en la película, tenía un gran parecido con su madre, que falleció este año. Más tarde, descubrí que también se parecía mucho a la madre de mi abuelo. Incluso mi padre —que suele tener a Colombia en una caja herméticamente sellada— me había contado muchas historias sobre esa anciana dura que vivía en las montañas, cuidando de su finca y de su familia, muy parecida a Alma.

Y luego, por supuesto, estaba la escena junto al río. Disgustada, Mirabel huye y deja atrás las montañas, adentrándose en la selva, y se detiene junto a un río caudaloso. Alma la encuentra allí, en un lugar al que nunca ha podido volver: aquí es donde su marido fue asesinado hace tantos años, cuando su flamante familia se vio obligada a huir de su hogar.

Desde entonces, Alma se aferra a los miembros de la familia que quedan, desesperada por protegerlos. Pero ahora, sentada junto al río con Mirabel, se da cuenta de que ha mantenido a la familia tan unida que está empezando a resquebrajarse. Mientras una nube de mariposas amarillas de Gabriel García Márquez envolvía a la nieta y a la abuela, mi padre y yo lloramos juntos.

Nunca conocí bien a mi abuela, pero sí sabía que podía ser inusualmente dura con mi padre, su hijo menor. Esperaba que él viera ahora que tal vez, probablemente, esa presión provenía de un lugar de amor y protección, aunque equivocado.

Después, cuando le pregunté qué se le hacía conocido de la película, dijo que la dinámica familiar; el vallenato y la salsa y la marimba y las alpargatas y el tejo, un deporte autóctono de Colombia. Se deleitó con la flora y la fauna, la comida y los detalles más pequeños e intrincados. “Quienquiera que haya hecho esto”, dijo, “lo ha hecho bien”. Le han hecho justicia al país, a su gente, a su cultura y a sus costumbres.

La banda sonora le fascinó. “Colombia, Mi Encanto”, una “carta de amor” al país interpretada por el cantante colombiano Carlos Vives, suena durante los créditos sobre un humeante plato de sancocho, la sopa con la que mi familia me dio la bienvenida a casa. “Colombia, te quiero tanto”, dice el estribillo. “Que siempre me enamora tu encanto”.

Encanto había hecho algo más que servirle a mi padre un trozo de su patria: lo llevó de vuelta a su hogar.


El encanto de ‘Encanto’‘Los latinos no tienen un solo aspecto’: Stephanie Beatriz, ‘Encanto’ y los retos de la latinidad2 de diciembre de 2021Cómo ‘Maya y los tres’, ‘Encanto’ y ‘Vivo’ animan la latinidad6 de noviembre de 2021

Sobre Revista Corrientes 6553 artículos
Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: williamgiraldo@revistacorrientes.com