Medio mandato, mediocridad

Por Daniel Samper Pizano



Los mediocres siempre están disponibles: he ahí el problema. Quizás son efectos engañosos de la nostalgia, pero me parece que eran más grandes nuestros líderes cuando este país era más chiquito.

Algo va de personajes enormes como López, Gómez, Alzate, Gaitán o Galán a un Congreso presidido por un cantante perezoso o el mañoso de las “jugaditas”; algo va también de los discursos de Alberto Lleras Camargo a los trinos de la señora de Fedegán; de un presidente como Carlos Lleras Restrepo, que habría destituido ipso facto al general que lloró la muerte de Popeye, a un Senado que lo asciende; de un Marco Fidel Suárez que dominaba los secretos de las lenguas a su paisano, el alcalde de Medellín, que dice “preveídos”; de magistrados como Darío Echandía, Alfonso Reyes o Carlos Gaviria a una Corte Suprema donde algunos traficaban con sentencias; en fin, de un Eduardo Santos, que alternaba con Albert Camus y se trataban de mesié, a un Iván Duque, que se reúne con Maluma y lo llama hermano.

Tengo la mayor comprensión, incluso compasión, por cualquiera que ocupe la presidencia de Colombia.

A nadie que yo estime se la deseo y sostengo que quien aspire a ella debería ser descalificado por ese solo hecho, pues revela que es un gran patriota al que no puede sometérsele a semejante sacrificio, o bien un sujeto ambicioso, demasiado ingenuo o al que le falta un tornillo.

Debe de ser terrible una jornada de Duque: está solemnemente sentado en el solio de Bolívar y no dejan de decirle qué debe hacer y no hacer: desde el Presidente Eterno hasta Vargas Lleras, pasando por los congresistas, los lagartos políticos, los cacaos que quieren más riquezas, las ONG, los gremios, los militares, los sindicatos, los embajadores, la oposición, los médicos, los religiosos, los comerciantes, los periodistas (me incluyo yo, que no duraría ni un día en la presidencia por inepto e irresponsable) y hasta la Virgen de Chiquinquirá.

Para resistir las presiones y solucionar los problemas seculares de este país díscolo y violento, el presidente cuenta con una fuerza llamada el poder. Quien la maneje debe ser inteligente, valeroso, honrado, digno, respetuoso de las leyes, astuto, capaz de hacer bien y de hacer daño, autocrítico y humilde, entre muchos otros atributos. Ah, y demócrata.

Sí, la democracia todo nos lo da y todo nos lo quita. Trepó al cenit a un cavernícola corrupto como Trump y expulsó al limbo a Winston Churchill. Fulminó a Brasil con Bolsonaro y se quedó corta para reelegir al apostólico Jimmy Carter. Es impredecible, suicida e injusta, pero irreemplazable. A menudo escoge pésimos gobiernos y rara vez unge a caudillos memorables. Y es porque su predilección es lo mediocre. Henos ahí.

El bienio de Duque ha sido, ante todo, mediocre, en buena medida por la sombra que lo apadrina. Mediocres muchos colaboradores, mediocres los escogidos para organismos de control — como la Fiscalía y la Contraloría (falta ver qué nos reserva como sucesor de quien ha sido un buen procurador) — y, sumando y restando, mediocre su gestión.

Ha tenido que enfrentar a un enemigo tremendo, la pandemia, pero a veces los grandes obstáculos gestan a los grandes líderes. Duque la ha combatido con dedicación, buena voluntad y resultados mediocres. El gran consuelo de la mediocridad es que las cosas habrían podido ser peores. Consolémonos mediocremente con eso.

Los balances que he leído sobre el medio mandato de Duque son en su mayoría desfavorables. Como comentarista mediocre que soy, me declaro incapaz de profundizar en todos los temas y gestiones de gobierno. Por eso opto por una fórmula de evaluación digna de revista de sala de espera.

Aquí va:Lo bueno. Duque no es camorrista, como Uribe, ni tramposo, como Santos; pertenece a la categoría de en-el-fondo-es-un-buen tipo, algo que no se puede decir de los otros dos… Hace un buen trabajo en sectores como tecnología e infraestructura… Fomenta proyectos productivos interesantes… Ha tenido gestos de solidaridad con los exiliados venezolanos… Pone la cara al virus…

Lo malo. Torpedea la paz… No ha podido manejar ni limpiar el ejército… El medio ambiente y la cultura están ausentes de sus inquietudes… Desconoce el valor de la autocrítica… El amiguismo y el compañerismo son su desacertada guía para seleccionar personal, por lo que ha subido al poder a funcionarios poco preparados, vanidosos, inmaduros e inseguros… Diseñó una reforma tributaria para los ricos… Coló al ámbito público sus fervores religiosos personales… Está arrodillado ante los Estados Unidos en muchos órdenes, entre ellos la fracasada lucha contra la droga…

Lo terrible. El abandono de los líderes sociales y los ambientalistas, carne cotidiana de diversos asesinos… Su desastrosa política internacional, manejada a través de fantasmas y de mediocres, que empeoró la relación con Venezuela, rompió puentes con un aliado leal como Cuba y traicionó los intereses latinoamericanos.

La mala noticia. Aún faltan dos años de su periodo.

La buena noticia. Si Duque cambia el rumbo de su administración, se deshace de perversos padrinos, gobierna con los mejores y busca de veras la paz — incluso con el ELN— daría los primeros pasos hacia un país mejor. Como dijo el mudo, en dos años hablamos.

Advertencia: este columnista no tiene ni emplea Twitter; todos los trinos escritos a su nombre son necesariamente falsos.
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