Media cuchara

Foto El Colombiano

Por Carlos Alberto Ospina M.

Algunas personas usan la expresión de “no darle patadas a la lonchera” con el fin de justificar la ausencia de criterio, la falta de personalidad y el disimulo para afrontar determinados asuntos que exigen una posición sin rodeos. Delante de los ojos de muchos prevalece el trabajo como medio de subsistencia; así tengan que ‘venderle el alma al diablo’ e ignorar el valor reservado en sí mismo a los principios éticos y las acciones basadas en la conciencia.

Los medios de comunicación en general y los periodistas en particular, ocasionan juicios e interpretaciones diversas sobre el carácter y el contenido del ejercicio profesional. Ahora bien, con la presencia universal de las redes sociales toda persona tiene acceso a la veracidad y a la mentira; tanto así, que el prejuicio sustituye la reflexión, la libertad de expresión remplaza la veracidad y la conducta entra en el tamiz de los dobleces.

Por esto, en un sentido moral, es menester insoslayable propender por un periodismo libre y garante de la verdad que, analice a profundidad y sin ambages, el conflicto de intereses de carácter laboral y administrativo entre el exdirector del noticiero de TeleMedellín, Hernán Muñoz, y el gerente del canal público, Deninson Mendoza, con el propósito de superar la resonancia mediática para centrarse en la distinción esencial de cuál es el papel de la comunicación al interior de un Canal Local de televisión para la ciudad ¡y no!, para el mandatario de turno. De hecho, en 1995, Telemedellín nace con el objetivo de apoyar la educación a distancia. Desde hace veinticinco años es una sociedad conformada por la Alcaldía de Medellín, EPM, área Metropolitana, Inder, Empresas Varias e ITM.

Con base en estas distinciones, la comunicación oficial del gobierno municipal y la función democrática del Canal Local de televisión, por donde se mire, no admite eventuales presiones ni subordinación indebida, y menos, supuestos actos de censura y limitación a la libertad de expresión. El periodista vinculado a un medio público o privado sabe a cabalidad que está en el filo de la navaja y dentro de un escenario de incertidumbres de estabilidad laboral que debe contrarrestar con firmeza para no caer en el denominado periodismo de trinchera. En consecuencia, puede optar por producir comunicación al servicio de la oficialidad o practicar el periodismo independiente. Acá no existe dilema algún en razón a que se trata de una elección personal y profesional.

El problema, porque sí lo es, consiste en presentar el free press a semejanza de noticia, ejecutar actos de relaciones públicas pretendiendo cohecho o soborno, y asignar pauta publicitaria con el objetivo de manipular la opinión pública y aumentar la egolatría de ineptos mandatarios. Mientras esto pasa, se da forma a una especie de censura representada en la “exigencia” de sesgo informativo por el solo hecho de tener contrato de prestación de servicios con una entidad gubernamental o hacer parte del staff de comunicaciones. Eso está hecho, sumisión pactada, no periodismo en el sentido estricto de la palabra y del derecho a difundir opiniones e ideas.

Los respectivos organismos de control deben llevar a cabo una tarea juiciosa y documentada sobre el incidente en TeleMedellín, a la vez que los socios del Canal Local deben iniciar una reflexión conducente a retomar el foco educativo por fuera del énfasis informativo de la actual parrilla de programación.

El periodismo no es una caja de resonancia a favor de intereses particulares; todo lo opuesto, la libertad y el respeto acompañan la función social de los medios de comunicación.

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