Martes de la luenga lengua: Subjuntivo, omitir, concordancia, vocativo, a

Los diccionarios Foto ODG

QUISQUILLAS DE ALGUNA IMPORTANCIA

Por Efraim Osorio López (eolo1056@yahoo.com )

El verbo de la oración concuerda siempre en número con su sujeto. 

La siguiente es una frase que, piensa uno ingenuamente, nunca debió ser escrita ni, menos, publicada: “El autor solicita que has tus comentarios y se los envíes al correo…” (Memorabilia, Fernando Jaramillo, cita de Emilio Sánchez Alsina, Carta de Rodrigo García a su padre, 18/5/2020). Ni escrita ni publicada, pues tiene dos errores protuberantes en la misma inflexión verbal –‘has’–, porque, primero, si se trata del imperativo de segunda persona del verbo ‘hacer’, sería ‘haz’, ya que ‘has’ es la segunda persona del presente de indicativo de ‘haber’, que no tiene velas en este entierro; segundo, como pienso que se trata de ‘hacer’ y de una petición del autor, el modo indicado del verbo es el subjuntivo, no el indicativo, de tal manera que la frasecita esa, después de corregida, debió ser redactada y publicada así: “El autor solicita que hagas tus comentarios y se los envíes al correo…”. Gramática elemental. *** 

Tuve dudas acerca del empleo del verbo ‘omitir’ en la siguiente frase, equivocado, según un lector: “En suma, el gobierno decidió paralizar la economía, omitiendo la profunda crisis futura” (LA PATRIA, Germán López F., 22/5/2020). Luego de leerla por primera vez, estuve de acuerdo con el lector, pero, después de analizarla detenidamente, concluí que el columnista utilizó bien el verbo tratado. No obstante, y para más fácil comprensión de su lectura, pudo acudir a sinónimos más apropiados, por ejemplo, y en gerundio, ‘haciendo caso omiso de, desentendiéndose de, olvidando, dejando a un lado, pasando por alto, despreocupándose de’, cualquiera de los cuales habría desempeñado el oficio gramatical mejor que ‘omitir’, mucho mejor. Y el lector habría quedado conforme. Sin olvidar que los sinónimos no se pueden usar indiscriminadamente, ya que no siempre expresan cabalmente la idea pretendida. *** 

El verbo de la oración concuerda siempre en número con su sujeto. De la redacción de LA PATRIA: “La flexibilización de las restricciones se conocieron ayer cuando…” (Primer plano, 18/5/2020). En esta construcción gramatical, el sujeto es ‘la flexibilización’, singular, y su verbo, ‘conocerse’, cuya inflexión debe ser también singular, ‘se conoció’. Elemental. El complemento plural –‘de las restricciones’– no interviene en esa concordancia. *** 

Uno de los párrafos de su artículo para Eje 21 el periodista Édgar Hozzman comienza así: “Felicitaciones Julio. En este binomio se conjugan, talento, experiencia y calidez…” (29/5/2020). En esta redacción hace falta una coma y sobra otra. Falta la del vocativo de “Felicitaciones, Julio”: el caso vocativo tiene que ir siempre separado por una coma, o dos, de acuerdo con la oración, por ejemplo, ‘me parece, profesor, que usted está equivocado’. El siguiente ejemplo muestra con claridad la importancia de la coma para el vocativo: ‘Me gustas, negrita’, frase en la que el color no tiene importancia, pues puede ser sólo una expresión cariñosa; pero si dice ‘me gustas negrita’, quiere decir que el objeto de su gusto sí es de ese color. Y sobra la coma del complemento directo del verbo ‘conjugar’, porque el complemento no se puede separar con ella de su verbo, a no ser que haya entre ellos una frase incidental o subordinada. *** 

Titular de Eje 21: “El audio del Ñeñe Hernández menciona a la campaña de Petro: Fiscal general” (26/5/2020). Y una frase de Oasis: “En cualquier caso, la adrenalina y el cortisol son los neurotransmisores que acompañan a la sensación de temor” (LA PATRIA, 29/5/2020). Aun el oído rechaza la preposición ‘a’ en las dos frases, porque disuena. Y disuena, porque sobra. Y sobra, porque, por regla general, el complemento directo o acusativo no la pide: “El audio (…) menciona la campaña…”, en la primera; en la segunda, “acompañan la sensación de temor”. En cambio, si el titular de Eje 21 hubiese dicho “menciona a Petro” (¡qué peligro!), lo habría hecho bien, porque en este caso la preposición se necesita para determinar. Analice, señor, y verá.

Se debe decir ‘la’ covid-19 o es mejor ‘el’ covid-19?

Por: Fernando Ávila/EL TIEMPO

Juan Enrique Medina Pabón me invita a escribir sobre la ortografía fonética, que en algún momento prometía imponerse en América Latina.

Respuesta: La ortografía fonética proponía escribir todo como suena, así: todos los sonidos b con b, “Bibiana bino de Benesuela”; todos los sonidos j con j, “El jerente ajenda los envíos jigantes”; todos los sonidos k con k, “Berónika es más begana ke una baka”; todos los sonidos s con s, “La sebra del soolójico sigsaguea”, y todos los sonidos i con i, “Me boi para el Cocúi mui contento”.

Cómo se dice: ¿’Aguas lluvias’, ‘agua lluvia’ o ‘aguas pluviales’?

El asunto parece exagerado, pero Medina Pabón aporta este ejemplo de nuestro Código Civil de 1873: “Las palabras de la lei se entenderán en su sentido natural i obvio, según el uso jeneral de las mismas”. Los periódicos liberales del siglo XIX y principios del XX usaban la i griega como conjunción, “empresarios y obreros”, mientras que los conservadores usaban la i latina, “señoras i señoritas”. Y el nobel Juan Ramón Jiménez, el de Platero y yo, escribía “jenio” y “jenialidad”, sin ningún rubor.

Después de esos intentos y manifestaciones de libertad ortográfica, la forma de escribir obedece hoy a una regla única, que establece la RAE con voz y voto de las 22 academias correspondientes. En cambio, la fonética, e incluso el género, cambia de un país a otro, como sucede con “la covid” (/kobíd/) y “el pijama” españoles, que en Colombia se convierten en “el cóvid” y “la piyama”, o con “el chance” colombiano que equivale a “la chance argentina”.

Ch

El Megacerebro daba como pista “nuestra cuarta letra”, y uno piensa inmediatamente en la DE (d), pero al terminar las palabras que se cruzan no queda duda de que había que escribir CH. En realidad, nuestra cuarta letra fue la ch hasta mayo de 1994. Desde entonces, la ch dejó de ser letra, y pasó a ser uno de los cinco dígrafos españoles (ch, ll, rr, gu, qu), pero se le perdona la cascarita.

Preguntas

Pregunta de Horacio Sánchez: ¿”Un 25 por ciento” o “el 25 por ciento”? Respuesta: “Un 25 por ciento” indica cantidad aproximada, como si se dijera ‘más o menos la cuarta parte’, mientras que “el 25 por ciento” indica la cantidad precisa, “Debe destinar el 25 % al pago de la deuda”, ni más ni menos.

Pregunta Carlos Uzuriaga: Oí en la TV “Casi todos los goles de cabeza se han cometido desde el área”, ¿es correcta esa frase?

Respuesta: El verbo cometer en primera instancia es ‘incurrir en una falta’. Se comete un faul, un pecado, un error, pero no 

AMBIGUO ELOGIO DEL DICCIONARIO

Por Oscar Domínguez Giraldo

Como las mujeres fatales, los diccionarios dicen la verdad a medias. Dejan mucho a la imaginación. Allí radica buena parte de su encanto. Y desencanto. Inevitable la relación amor-odio que nos une al directorio telefónico de las palabras.

Hay diccionarios que hacen hasta lo imposible por ocultar significados. Pero son necesarios para los aplastateclas como el pañuelo a la lágrima. Dime que diccionario usas y te diré quién eres. 

Conviene tener nuestra propia batería de diccionarios: el significado que esconde el uno, lo revela el otro. Entre todas las acepciones se  va armando la colcha de retazos del significado preciso.  

Con frecuencia, desconcierta ese librito que nadie regala. Un ejemplo por ejemplo: la palabra amor tal como la define el www.rae.es no provoca ni veniales. Se queda a mitad de camino. Cualquier bolero le da sopa y seco al DRAE a la hora de definir el amor.

Las palabras, nacen, crecen, se reproducen y no mueren. Se van a vivir en el diccionario. 

Menos mal uno aprende el idioma sin diccionario. El entorno va acomodando vocales y consonantes en nuestro disco duro. En toda vocal o consonante está el ADN de la mamá, el papá, la maestra, el amigo, que nos inoculó el coronavirus del alfabeto. O el primer libro. 

Tomadas de la mano como los niños de preescolar, las letras van formando palabras, palabras, palabras. Y estas, los libros que iremos consumiendo. Nacemos con los polvos y libros contados. Solo deberíamos morir cuando hayamos terminado de leer los libros que nos esperan.

Con ciertos voquibles sucede lo mismo que con los dictados que vienen de Roma, a lomo de teología: Si la Iglesia va por un lado, los fieles van por otro. Al final, el hombre de a pie ganará la batalla a los rostros de madera de la Academia que acogerán esa palabreja a la que se resistían como una novia exvirgen.

Porque la voz del pueblo no solo es la voz de Dios. También  es la voz de los diccionarios, su materia prima.

Todo nuevo diccionario tiene el encanto del juguete de navidad que utilizamos hasta volverlo inservible. Pero así como el asesino regresa a la escena del crimen, terminamos regresando a los clásicos, como el “pequeño” Larousse. O el de la Real Academia cuya dirección en Internet  nos lleva directo al Panhispánico de Dudas. Que a veces siembra dudas, en vez de despejarlas. Bueno, es su oficio, como el de Dios es perdonar (=Heine).

Recomiendo el Clave, que incluye ejemplos por cada palabra definida. Tiene prólogo de García Márquez: www.clave.librosvivos.net/

Hay  otra herramienta y también está a un clic. Se trata del Manual del Español Urgente. Disponible en librerías.  Y en la red:  www.fundeu.es que suele alimentar, y harto, esta sección del martes de la luenga lengua. Hay más maná sobre el idioma en www.elcastellano.org/noticias/

Sea como sea, estamos condenados  a la deliciosa y feliz cadena perpetua del diccionario. 

Sobre Revista Corrientes 3748 Artículos
Directores Orlando Cadavid Correa y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo rcorrientes@revistacorrientes.com

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