Martes de la luenga lengua: Per cápita, ampliar, aforo…

Imagen Instituto Serca

QUISQUILLAS DE ALGUNA IMPORTANCIA 

Por  Efraim Osorio López

eolo1056@yahoo.com

Y tenemos la expresión ‘perita en dulce’ (“pera escarchada, o sea, en almíbar seco”), que aplicamos a “una muchacha linda y atractiva”.

Del latín heredamos muchísimas locuciones, como ‘ab aeterno’ (desde la eternidad), ‘ab initio’ (desde el comienzo), ‘ab intestato’ (sin testar), ‘ad calendas graecas’ (indefinidamente, para nunca), ‘ad hoc’ (ex profeso, especialmente), y, la que interesa en este espacio, ‘per cápita’ (por cabeza, por cada individuo). El columnista de LA PATRIA Rodrigo Alberto Peláez la utilizó descuidadamente en la siguiente declaración: “Las locales dependen de nosotros, consumimos poco café percapita año, de mala calidad, importado y de contrabando…”  (1/12/2019). El error del columnista es doble, pues, en primer lugar, escribió la expresión en una sola palabra, y el segundo, aun aceptándola así, eliminó la tilde de ‘cápita’, palabra esdrújula: sin ella, es el diminutivo de ‘capa’. Esta locución es utilizada particularmente en economía. El diccionario de María Moliner anota: “Se usa a continuación del promedio de una variable económica en relación con el número de individuos de un grupo: ‘Renta per cápita’ ”. En latín, ‘capita’ –sin tilde, porque este idioma no tiene tildes– es el plural del sustantivo neutro ‘caput’ (cabeza) en los casos nominativo, vocativo y acusativo. ***

Titular del portal Eje 21: “Corte Constitucional de Colombia amplia vigencia de la Ley de Víctimas” (6/12/2019). El verbo ‘ampliar’ (“añadir algo a una cosa de modo que resulte más grande, más extensa o más numerosa”) es irregular y se conjuga según el modelo ‘desviar’, que en el presente de indicativo hace ‘desvío, desvías, desvía; desviamos, desviáis, desvían’. Y ‘ampliar’, por ello, hace ‘amplío, amplías, amplía; ampliamos, ampliáis, amplían’. El sistema de Word no marca error, porque ‘amplia’ es el femenino del adjetivo ‘amplio’, y él –¡pobrecito!– no tiene cómo saber que en esa oración se trata del verbo y no del adjetivo. ***

Francamente, no supe qué significado tiene el término ‘desaforo’ en la siguiente afirmación del periodista Álvaro Gärtner: “El primer catálogo de productos navideños salió en 1803, en Alemania, pero no presagiaba el desaforo de hoy” (LA PATRIA, 6/12/2019). Y no entendí, porque en ella el sustantivo ‘aforo’ (aquí con el prefijo privativo ‘des-’, que le invierte su significado) es la “acción y el efecto de ‘aforar’ (apreciar, tasar, estimar, justipreciar, medir, calcular), acciones que en el artículo no tienen relación con los productos navideños. Es lo que considero. Creo, más bien, que lo que el escritor quiso puntualizar es el ‘desafuero’ que el comercio ha provocado en la costumbre de regalar en Navidad, tomado aquí el ‘desafuero’ en la segunda acepción que le da El Diccionario, ésta: “Acción contraria a las buenas costumbres o a los consejos de la sana razón”. Algunos de sus sinónimos son ‘desmán, demasía, atropello, exceso’, sustantivos que expresan muy bien la invasión de propaganda con la que los comerciantes pretenden atraer a los compradores de aguinaldos. ‘Desafuero’ viene de ‘desaforar’ (que, como pronominal, significa “descomponerse, atreverse, descomedirse”), verbo irregular que se conjuga como ‘contar’. De aquí que se diga ‘desafuero’, no ‘desaforo’. ***

Con el adjetivo ‘perito-a’  nos referimos a “entendidos, experimentados, hábiles, prácticos en alguna ciencia o arte”.  Con él sólo calificamos seres humanos, no cosas, como lo hizo el doctor Jorge Raad Aljure en esta declaración: “La profesión médica es exigente pero conservando la vocación con entrega perita, oportuna y prudente…”  (LA PATRIA, 12/3/2019). “…con entrega profesional…”, tal vez, o “…con entrega de perito…”. El adjetivo tratado viene del también adjetivo latino ‘peritus-a-um’ (‘que sabe por experiencia, que conoce, que entiende, experimentado, práctico, entendido, versado, hábil, docto, diestro, conocedor, perito’). De ahí procede ‘pericia’ (en latín ‘peritia’), ‘conocimiento adquirido por la experiencia, práctica, maestría’. También ‘peritaje’ o ‘peritación’*, “trabajo o estudio que hace un perito”. Y tenemos la expresión ‘perita en dulce’ (“pera escarchada, o sea, en almíbar seco”), que aplicamos a “una muchacha linda y atractiva” (María Moliner). *En Colombia es de uso corriente ‘peritazgo’ –por su desinencia, muy bien formado–, aún no acogido en los diccionarios. ¿Por qué? 

Una pequeña reciprocidad: Cazadores de exabruptos

Se sienten cómodos en el anonimato. La vanidad no es su fuerte. Practican la discreción. Tienen el bajo perfil por cárcel. Son necesarios e imprescindibles como el agua y el pan.

El corrector de textos de periódicos y empresas editoriales logra que quienes garrapateamos cuartillas, posemos de duchos en el manejo del idioma. Nos salvan de que escribamos baca con b de burro; o que confundamos cualquier verbo con un vagón del metro. Nos enseñan a utilizar bien el esquivo punto y coma.

Supongo que nos tienen clasificados a quienes escribimos: este tipo no tiene idea de poner una diéresis, aquel jamás es capaz de encontrar el adjetivo adecuado, fulano no da pie con bola con los adverbios, fulano se repite cada quince días, vuelve con los mismos chistes cada tres semanas, no sale de sus autores preferidos menganos y peranos.

Los defensores del lenguaje no nos leen: nos padecen.Mi sentido pésame.

Asi como internet y el correo electrónico acabaron con los carteros, de la misma forma los correctores automáticos de los computadores, se empeñan en acabar con esta cofradía de románticos que velan porque no agarremos el idioma a las patadas.

El 28 de octubre la logia de los correctores celebra su fiesta. Un día como hoy nació su patrono, el “coloso de Ro…tterdam“, como bautizó Fernando Arrabal a Erasmo de Rotterdam. (Aqui habría una errata porque los días 26 y 27 de octubre reclaman la paternidad del nacimiento de Fray Erasmo).

Los correctores que ejercen el apostolado de hacer desaparecer erratas, no salen a la calle sin haberle prendido una velita a su gurú holandés. Y cuando les llegan ladrillos como esta columna, afilan el bisturí gramatical para extirpar equivocaciones como si fueran próstatas averiadas.

Ejercen una especie de medicina gramatical preventiva. Miran con lupa. En algunos diarios antes tenían que leer hasta los clasificados, el cementerio de obituarios, los edictos, generalmente redactados en imposible letra pequeña para que no los lea ni un preso.

Cuando aparece publicado un error nuestro solemos decir: “Eso debió haberlo visto el corrector. Para eso le pagan“. Pero cuando nos enmiendan correctamente la plana, nos callamos la boca. Son las arbitrarias reglas de juego. 

En muchas ciudades del mundo correctores o ciudadanos de la llanura salen a la calle el 28 de octubre a cazar gazapos. Y los señalan ruidosamente.

Felicitaciones y gracias a los que nos prestan sus luces. Deberíamos invitarlos a un trago por exabruto cuadrado. Aunque mejor no: el guayabo sería monumental.

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