Martes de la luenga lengua: Güisqui, rallar-rayar, enorgullecer, lenguaje incluyente

Imagen Salminter

EL LENGUAJE en el tiempo 

        Por Fernando Ávila/EL TIEMPO 

Juan de Jesús de la Torre pregunta: ¿Mi nombre y apellido van con mayúsculas iniciales?

Respuesta:
 Las conjunciones, artículos y preposiciones de los nombres propios se escriben en minúscula. Por ejemplo, la “y” de Instituto Caro y Cuervo o de José Ortega y Gasset, la preposición “de” y el artículo “la” en Universidad de los Andes o Humberto de la Calle, la proposición “para” y el artículo “la” en Instituto Colombiano para la Evaluación de la Educación.

Por supuesto, la contracción “del” (de + el) en Instituto del Carmen o María del Carmen Pérez. Así pues, la escritura correcta de su nombre es Juan de Jesús de la Torre. 

Ahora bien, si en un primer párrafo aparece su nombre completo, y en el segundo y sucesivos solo su apellido, la proposición “de” se escribe con mayúscula inicial, “Agregó el doctor De la Torre que es pertinente recordar…”.  

También cuando se repite la preposición “de” en el apellido de casada, la segunda preposición cambia a mayúscula inicial, “su esposa, “Carolina de De la Torre, lo acompañó en su presentación…”. Para apodos y sobrenombres se sigue el mismo criterio, el Tigre Falcao (no “El Tigre”), el Gordo Benjumea (no El Gordo), el Divo de Juárez (no De Juárez), el Tenor de las Américas, la Ciudad de la Eterna Primavera, la Ciudad de los Parques, el Pueblito Pesebre de Colombia.

La Ortografía de la lengua española, 2010, aclara aspectos como estos en su capítulo 7, titulado “Ortografía de los nombres propios”, título que responde a quienes repiten equivocadamente que “los nombres propios no tienen ortografía”. 

Cédula 

La forma correcta de escribir el nombre propio de una persona no es necesariamente la que aparece en la cédula de ciudadanía, donde una persona llamada Álvaro Álvarez Uscátegui, por poner un ejemplo, aparece como Alvaro Alvarez Uscategui (que se lee Alváro Alvárez Uscatégui).

El documento se llama cédula de ciudadanía, pero parece como cedula de ciudadania (que se lee cedúla de ciudadánia). Y pertenece a la República de Colombia, que aparece como Republica (que se lee Republíca). Si para rematar, el ciudadano nació en Bogotá, la cédula dice que nació en Bogota (que se lee Bogóta). Todos esos errores del documento de identificación nacional no constituyen la verdadera identidad del ciudadano, ni de su lugar de nacimiento, ni del país, ni del nombre del documento oficial, sino errores vergonzosos que en algún momento tendrán que enmendarse. 

100 millares 

Los nuevos billetes venezolanos dicen “500 mil”. La forma correcta combinada de cifra y letra es “500 millares”. Es el mismo error de los billetes colombianos de “10 mil”, “20 mil”, etc. 

FERNANDO ÁVILA
Experto en redacción y creación literaria
@fernandoavila52 

QUISQUILLAS DE ALGUNA IMPORTANCIA   

por  Efraim Osorio López /LA PATRIA 

eolo1056@yahoo.com  

Por esto, si no se quiere usar la palabra inglesa ‘whiskey’ (‘whisky’), debería castellanizarse escribiéndola ‘huisqui’.   

‘Güisqui’. Acerca de esta feísima entrada de la vigésima segunda edición del diccionario de la Academia de la Lengua (2001), me escribe la señora Elsie Duque de Ramírez: “Un buen amigo que está furioso con la RAE porque encontró la palabra “Güisqui”, desea saber su opinión al respecto” (3/3/2021). Aunque no soy quien para enfrentármele a la honorable institución, considero que la inclusión de ese vocablo –así escrito– en nuestro léxico fue un error que, tarde o temprano, debe ser enmendado. No es necesario hablar inglés fluidamente para saber que la combinación de las letras ‘wh’ en términos como ‘when, where, what’ y ‘white’ no se pronuncia con el sonido áspero de la ‘ge’ de nuestro idioma. Se oye, más bien, con el sonido suave de la ‘jota’ y, en ciertos casos, aun sin él. Por esto, si no se quiere usar la palabra inglesa ‘whiskey’ (‘whisky’), debería castellanizarse escribiéndola ‘huisqui’. Me parece que los miembros de la Academia de la Lengua que introdujeron el terminacho ‘güisqui’ en nuestro vocabulario habían trasegado ya un par de frascos de ese espirituoso líquido. Nota: la palabra inglesa ‘whiskey’ procede remotamente del latín ‘aqua vitæ’ (‘agua de vida’), porque, según el diccionario Webster, viene del irlandés y gaélico ‘wisgebeatha’ –‘wisge’, agua, y ‘beatha’, vida, con la eliminación posterior del segundo elemento. ***  

Víctima, como el buen Homero, de un ‘motoso’ fue esta vez el periodista Álvaro Gärtner, que esto escribió: “Por último, la precariedad jurídica de la Corporación Carnaval de Riosucio (CCR), cuyo desánimo de lucro ralla en el faquirismo” (LA PATRIA, 5/3/20221). Por nuestra pronunciación, es de común ocurrencia el empleo de ‘rallar’ por ‘rayar’, y viceversa. Sus acepciones son muy distintas: el segundo (del latín ‘radiare’ – ‘dotar de rayos, irradiar’), el verbo apropiado en la oración del columnista, significa en ella, y dicho del ‘lucro’, “confinar con el faquirismo”. Sus sinónimos son muchos, entre otros, ‘lindar, limitar; linear, subrayar, trazar, tachar…”. ‘Rallar’ (del latín ‘radere’ – ‘afeitar, rasurar; raer, pulir, raspar’), en cambio, significa “desmenuzar algo restregándolo en el rallador”. Sinónimos, ‘triturar, limar, escarpar…’. Nota: ‘Motoso’, colombianismo por ‘sueño breve’. ***  

‘Enorgullecer-se’, doctor Restrepo, se escribe así, con ‘ce’. Claro que esto usted ya lo sabía. No obstante, así escribió: “…parte de una raza, que se enorgullese cuando logra burlarlo todo y conseguir sus fines…” (LA PATRIA, Flavio Restrepo, 4/3/2021). Con la desinencia ‘-ecer’ se forman verbos derivados de sustantivos o de adjetivos, como ‘agradecer’ (de ‘agrado’), ‘robustecer’ (de ‘robusto’). En muchos casos interviene también el prefijo ‘en-’ por ejemplo, en ‘entristecer’ (del adjetivo ‘triste’), y en el verbo en cuestión, ‘enorgullecer’ (del sustantivo ‘orgullo’). ***  

Por unas construcciones semejantes a las que hoy comento, prometí no volver a leer a la columnista de El Tiempo Claudia Isabel Palacios Giraldo, pero la incumplí y, ¡ay!, lo pagué caro, porque me di de bruces con estos engendros del ‘lenguaje incluyente’ de uno de sus artículos: “…pensar que una parte de estos/as están llevando al alza de porcentajes de hijos/as no planeados…”“…aunque muchos de los/as  progenitores/as…” (4/3/2021). Y en un editorial del mismo diario, su autor escribió: “Se ha seleccionado a los narradores y las narradoras por sus talentos…” (2/3/2021). Pero más adelante, así: “Se habla de nuevas voces y de nuevos guardianes de la idea”. Según Jacinto Cruz de Elejalde, el ‘lenguaje incluyente’, además de ser ‘farragoso, nocivo e inútil’, es ‘traicionero’, porque hace caer en su trampa a quienes lo practican, como les sucedió a los dos que menciono: a la señora Palacios, por la omisión de ‘planeados/as’, en la primera muestra, y de ‘muchos/as’, en la segunda. Y al editorialista, en la segunda frase, con la omisión de ‘y nuevas guardianas’. Como se ve, es imposible sostener tan estúpido lenguaje. ***  

Titular de un editorial de LA PATRIA: “Vacunación, a cuenta gotas” (7/3/2021). “…con cuentagotas”, señor, porque este es un instrumento.   

Cómo nombrar la pérdida de un hijo 

Por ÁLEX GRIJELMO/EL PAIS, DE MADRID-EL COLOMBIANO 

El portal change.org, que reúne firmas a favor de todo tipo de causas, ha recibido de nuevo una propuesta –ya planteada en 2017, y suscrita ahora por María de los Ángeles Moreno– encaminada a que la Real Academia acepte la palabra “huérfilo”. Ha sumado 60.000 apoyos en 15 días. 

En su texto, Moreno cuenta que una semana antes había perdido a su hijo Marco, de tres años. Y explica que así como la muerte de los padres nos deja huérfanos, la de los hijos no ofrece un término equivalente que refleje tan tremenda ausencia. 

Estas bienintencionadas iniciativas, y otras similares, coinciden con una idea muy extendida según la cual la Academia gobierna las palabras como si fuera su dueña. Sin embargo, el camino es el inverso: una palabra debe asentarse en el uso para que la acoja el Diccionario de la Lengua Española (DLE). 

“Huérfano” deriva de orphanus, en latín (nuestra lengua madre), que a su vez lo tomó de orphanós en griego (nuestra lengua tía). La raíz previa (orbh) se halla más lejos, en el indoeuropeo (nuestra lengua abuela); y con ella se formaron en distintos idiomas de Europa y de Asia palabras relacionadas con la separación, el alejamiento, la desgracia o la debilidad: conceptos que se reúnen en la palabra “huérfano”. 

Ese vacío se identificó desde antiguo con la ausencia de los padres cuando los hijos no son adultos. Pero siempre faltó un término equivalente que designara la ausencia del hijo para sus progenitores. La lengua tiene otros huecos así: aunque existe “paternidad”, nos faltan las simétricas “abuelidad” o “filialidad”, posibles para el sistema pero apenas activadas en el uso. 

No obstante, en la entrada “huérfano” de la obra académica aparece desde 1925 una segunda acepción que sí abarca ese vacío: “Dícese de la persona a quien han faltado los hijos”. Esto congenia con la etimología que remite a la ausencia o la pérdida (por eso decimos que alguien está huérfano de talento, o huérfano de riquezas…; y por eso podemos decir “huérfano de hijos”). Pero las academias marcan esa segunda acepción como “poética”; es decir, ha formado parte de un lenguaje figurado y literario. ¿Se podría extender, no obstante, al uso común? Sí, es posible; pero eso llevaría su tiempo. 

La alternativa “huérfilo” toma filo como supuesta derivación del latín filius (hijo) para sustituir a una hipotética terminación de “huérfano”. Así, huér-fano se opondría a huér-filo. Pero ni hay dos elementos en “huérfano” (sino uno solo), ni existe en español, que yo sepa, ninguna composición en la que el elemento filo (con o) signifique “hijo”, sino “amante de”, “amigo de” o “aficionado a” (bibliófilo, anglófilo, filosocialista…), a partir del usadísimo término griego. 

La Academia ha incluido “huérfilo” en su Observatorio de Palabras, como “neologismo no generalizado” (Google le da unos pobres 1.170 casos, muchos de ellos referidos a estas iniciativas). No sabemos si se extenderá, o si lo hará en su lugar una opción como “huérfano de hijo”. Sin embargo, tal vez resulte más fácil recuperar un término que sí cubre ese espacio vacío, y que ya fue citado en 2017 como alternativa por el académico Darío Villanueva: “deshijado”. “Dicho de una persona: Que ha sido privada de los hijos”. Este vocablo se incorporó al Diccionario en 1817. Ya se marcaba entonces como “anticuado”, pero ahí sigue aún, agarrado a su página y esperando pacientemente a que alguien lo reanime 

Sobre Revista Corrientes 4583 artículos
Directores Orlando Cadavid Correa y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo rcorrientes@revistacorrientes.com

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*