Los Danieles: Uribe en la marcha

Daniel Samper Ospina

Por Daniel Samper Ospina

Al comienzo le juro que no pensé que pudiera ser él: a quién se le iba ocurrir. Además a esa marcha —específicamente a esa— fueron muchos viejos, muchas personas de la tercera edad, para no decirlo tan feo, por lo que querían gravar las pensiones, y hasta los funerales: entonces, claro, los que estaban más bravos eran ellos, los viejos, y por esta vez había muchos en la calle. Me acuerdo que pasé al lado de uno que sostenía un pedazo de cartón en el que había escrito “Por una pensión justa” y de otro que tenía una bandera en una mano y una muleta en la otra. Bueno, y así había una cantidad: con miedo por el contagio, porque seguramente muchos recibieron la primera dosis de la vacuna y les cancelaron la segunda, pero ahí estaban firmes… Por eso imaginé que era uno más, un viejo berraco, un viejo digno, pero un viejo como cualquiera. Sin embargo me llamaron la atención los Crocs.

Como estaba de espaldas no lo veía bien. Estaba con vestido de paño, llevaba carriel, llevaba ruana y tenía un sombrero aguadeño elegante, de varias vueltas.

Ahí fue que me dije: ¿será él? Pero es que era imposible que estuviera en la protesta, pensaba: ni que Santos siguiera de presidente. Pensé en decirle a Lucho, el amigo de la facultad con que vamos a las marchas y a los cacerolazos (bueno: a los cacerolazos cuando tenía cacerolas, porque acabé con todas de tanto darles en las protestas de hace un par de años)… Pero era tan absurdo no más pensar que estuviera ahí, que preferí no decir nada y apenas me puse a mirarlo.

Me acuerdo que pasaron un montón de estudiantes tocando tambores; unas mujeres trans que bailaban y ponían nerviosos a unos tipos del Esmad. Me distraje con un señor canoso que empezó a bailar empeloto. A ese lo grabaron y se volvió famoso en las redes porque muchos creyeron que era el senador Robledo. Lógico que no era: el senador Robledo no ha perdido la investidura. Y no tiene tanto ritmo. Y además acaba de montar un movimiento que se llama Dignidad: no iba a ponerse a bailar empeloto en plena marcha, como un loco, con la culebrita viva, para decirlo de alguna manera.

Pensando en eso de la culebrita fue que capté que ya habíamos perdido al anciano de los Crocs, pero de golpe, de la nada —usted sabe cómo son esas marchas— otra vez estábamos ahí, cerquita de él…

No me aguanté y le dije entonces a Lucho: “ese man es el innombrable, píllelo, Lucho”… Encima de todo el viejo iba rodeado como de gente que parecían escoltas. O gente de su partido, mejor dicho.

—¿Usted se embobó? —me preguntó Lucho—. ¿Usted cree que ese señor se va a aparecer por acá? ¡Es cínico pero tampoco tanto!

Yo no sé por qué me dio por apostar, porque no soy de esos… Pero aposté, y Lucho me cogió la caña ahí mismito: cien mil pesos, me propuso… (Eso son como 60 docenas de huevos).

Bueno. Usted conoce a Lucho, no le come a nada: entonces me dijo “camine salimos de dudas” y me agarró de la manga y me jaló, y pegamos la carrera hasta quedar al lado del viejito… Yo no sé cómo hizo pero quedamos ahí, casi hombro con hombro, caminando al lado, y en un momentico que pararon las arengas le habló:

—Buenas tardes, señor —le dijo Lucho, todo educado.
—Buenos días, joven— le contestó el viejito…
—A ver si tumbamos esa reforma, ¿no? —le dijo otra vez Lucho buscándole conversación a ver si soltaba algo.
—Sí, joven. Esta reforma le hace mucho daño al partido…
—Sí, señor. ¿El señor votó por Duque? —le preguntó Lucho.

Unos tipos pasaron arengando y no pudimos oír la respuesta. Lo que sí es que el cucho hablaba muy cortico y era difícil saber si era paisa. Lucho se volteó y me dijo que dejara la bobada, que el hombre no iba a ser tan descarado como para venir a protestar contra el gobierno que él mismo nos había impuesto.

Pero apenas dijo la palabra “impuesto”, el viejo comenzó a arengar contra los impuestos y arrancó a darle órdenes al poco de personas que iban con él. Les decía qué gritar y todos obedecían. Que impuestos sí, pero no así; que más salario, menos impuestos.

Apenas se calló, Lucho le dijo:

—¿El señor es de Medellín?

Yo esperaba que le dijera: otra pregunta, amigo, o alguna cosa así, para confirmar. Pero ahí llegaron unos tipos que comenzaron a echar piedra contra las ventanas de un negocio, y entonces el viejo cogió ese micrófono y arrancó a gritarles a los policías que estaban en fila en los andenes:

—¡A las armas, agentes!

Y luego les gritaba a unos soldados:

—¡Usen las armas, soldados! ¡Abran fuego! ¡Esos encapuchados no fueron a recoger café! ¡Usen su legítimo derecho de matar a los vándalos! ¡Fuego, ar!

No sé si alcanzó a gritar “¡Terroristas Far!, ¡Santos derrochón!” o si eso ya es invento mío; creo que sí les alcanzó a responder “No me digan paraco, no me digan marica, plomo es lo que hay” a unos que lo reconocieron, y que dio la orden de tumbar una estatua de Santos a unos señores que pasaban…. pero no estoy seguro, porque por las bombas aturdidoras había mucha confusión y nos tocó abrirnos a lo que nos daban las piernas.

Ya en la casa Lucho me pagó los cien mil pesitos que me cayeron de perlas. Pensé en regalarle una parte a alguien que los necesitara más que yo. Al gemelo del senador Robledo, por ejemplo, para que se comprara una ropita. Pero al final me los gasté en un juego de cacerolas que estrené esa misma noche.

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