Los Danieles: suicidio tibio

Daniel Coronell

Este charco en el suelo fue lo que quedó del cisne de hielo que hizo soñar a tantos.

Por Daniel Coronell

Ingrid Betancourt le dio el puntillazo final a la llamada coalición de la esperanza pero sería injusto decir que fue la única responsable. Este ha sido un suicidio en cámara lenta en donde los miembros de la coalición resultaron más eficientes matándola que sus enemigos. Está claro que ni a Gustavo Petro ni a Álvaro Uribe les convenía que existiera un centro viable.

Si Petro demuestra que cualquier alternativa distinta a la suya representa el continuismo de Uribe, tendrá de su parte a millones de colombianos hastiados de la ineficiencia, de la injusticia social, de las corruptelas del gobierno de Iván Duque y de la eterna impunidad de su mentor. Si Uribe logra exacerbar el miedo hacia Gustavo Petro tendrá millones de colombianos —no uribistas— votando a favor del “mal menor”.

Uribe y Petro tenían claro desde el comienzo que había que borrar el antipático centro. El peligro estaba en esos indefinidos, los abominables tibios, los que “no quieren el verdadero cambio”, los que no tienen carácter para contener el “comunismo del siglo XXI”.

Lo increíble es que no fue eso lo que los acabó. Fueron ellos mismos con sus equivocaciones garrafales, sus interminables discusiones de mecánica, su relativo purismo de ocasión y sobre todo con sus inmensos egos.

El suicidio arrancó hace dos meses, el mismo día del nacimiento formal de la coalición, el día del ingreso de Alejandro Gaviria. Ingrid, importada de París como garante de la unidad, era el árbitro pero quería jugar el partido. Con un referee interesado en hacer los goles no iban a llegar muy lejos. Ese cónclave del que salieron unas hojitas garrapateadas, ningún manifiesto genial, era al menos la primera señal de unidad. Un pequeño paso en la dirección correcta.

Pero volvieron a lo suyo. Esa misma semana, después de la foto oficial, salieron a matarse por la conformación de las listas para el Congreso.

Los hermanos Juan Manuel y Carlos Fernando Galán armaron rancho aparte bajo la razón social del Nuevo Liberalismo. Olvidaron que el país necesitaba señales de unidad para hacer viable una opción de centro. 

Ya en lo interno hicieron poco para que el recién resucitado partido fuera más grande que una famiempresa. Le cerraron la puerta en la nariz a dirigentes históricos que habían trabajado al lado de Luis Carlos Galán. Resultó más importante para ellos caracterizarse como gerentes-propietarios de la colectividad que construir las bases de un partido grande. 

Del otro lado las cosas no resultaron mejor. Humberto de la Calle, al vaivén de las disputas internas, entró y salió varias veces de la cabeza de la lista. Una lista que terminó manejándoles Carlos Ramón González, un alfil de Petro, con turbia historia, que funge como dueño de los verdes. 

Con el propósito de “mantener la unidad”, que no era otra cosa que plegarse a la maquinaria de los verdes, se llenaron de ponys de troya del petrismo y además admitieron la presencia en la lista de Senado de la coalición al “verde” León Freddy Muñoz, acusado de narcotráfico por la Corte Suprema de Justicia.

Esa lista recibió la bendición pontificia de Ingrid. Ella, tan pulcra, no encontró nada cuestionable en la inclusión del señor Muñoz.

Hace diez días, sin anunciarle nada a sus compañeros de coalición, Ingrid convocó a la prensa para declararse candidata.

Poco después Alejandro Gaviria, agónico en las encuestas, quiso enviar una señal de supervivencia, un electroschock de maquinaria, recibiendo en su campaña a Germán Varón Cotrino, el lugarteniente recién divorciado de Germán Vargas Lleras. Varón Cotrino no es ejemplo de la nueva política pero tampoco pesan investigaciones sobre él. Otra alianza de Gaviria, esa más preocupante, es la que hizo con Miguel Ángel Pinto, liberal y miembro del cuestionado Clan Tavera de Santander. 

A este punto cuesta trabajo entender por qué Alejandro Gaviria que en un acto de purismo había llegado a la coalición rompiendo relaciones y quemado sus naves con el millón y medio de votos del Partido Liberal de César Gaviria, decidió pagar el precio de recibir los 85.000 voticos de uno de sus miembros más polémicos.

Había razón para pedirle explicaciones a Alejandro Gaviria pero no como lo hizo Ingrid Betancourt, en medio de un debate y con el propósito de apalancar su aspiración sobre la ruina de un miembro de la coalición.

Sergio Fajardo, que  tuvo la oportunidad en ese mismo momento de poner las cosas en su lugar, no fue capaz de crecerse y mostrar liderazgo. Esperó complacido que sus dos aliados —y a la vez contendores— se aniquilaran mutuamente. Debió incluso pensar que le convenía.

Aún sonaban los ecos de la escena caníbal cuando Fajardo reapareció en otro debate en el que costó trabajo diferenciarlo de Fico Gutiérrez. Así de mediocre estuvo.

El sábado, a la hora de escribir esta columna, la coalición había saltado en mil pedazos. 

El demorado Sergio Fajardo, el desintonizado Juan Manuel Galán, el ultrarradical Jorge Enrique Robledo, un señor Amaya al que no le han mirado todavía los contratos debajo de la ruana, y Juan Fernando Cristo, el más sensato de todos; promulgaron una declaración –un tanto babosa— en la que decían que quedaba prohibido asociarse con miembros de cualquier partido que en algún momento hubiera apoyado a Duque. Es decir que solo se valen las alianzas entre ellos …o con Petro.

Gaviria se sintió apoyado mientras Ingrid —que esa hora ya había puesto tres risibles plazos: un antepenultimátum, un penultimátum y un ultimátum— anunció por fin que se iba de la coalición para aspirar a ser presidente con el recién revivido Oxígeno Verde.

Este charco en el suelo fue lo que quedó del cisne de hielo que hizo soñar a tantos.

Me da un poco de tristeza por Colombia y me da mucho pesar del tantas veces manoseado Humberto de la Calle. Él, que era el único con verdadera talla presidencial, terminó encabezando la lista de Senado. 

Y aquí viene la tapa de esta olla: De la Calle, que aceptó con resignación esa tarea solo por consolidar la esquiva unidad, está avalado por Oxígeno Verde. Es decir legalmente su jefa es Ingrid Betancourt y no la coalición. En la primera vuelta tendrá que hacerle campaña a ella o a nadie. De lo contrario estará incurriendo en doble militancia.

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