Los Danieles. Sobre el corazón y otros acosos

Enrique Santos Calderón

Enrique Santos Calderón

Frente al calentamiento global, la guerra en Ucrania y la violencia en Colombia, ¿pueden tener interés los asuntos de corazón de celebridades y poderosos?

Lo tienen y lo han tenido a través de la historia: desde tiempos de Cleopatra y sus amoríos con Marco Antonio, de Enrique VIII de Inglaterra y sus seis matrimonios, de los Kennedy y sus andanzas con Marilyn Monroe, el tema siempre ha cautivado el morbo público. Sobre todo cuando el desenlace es trágico.  Cleopatra terminó suicidándose; las esposas del rey inglés decapitadas o encarceladas y la bella Marilyn muerta en su cama por sobredosis de barbitúricos.

Los dramas sentimentales que en estos días coparon medios latinos son más parroquiales y menos dramáticos, pero no dejan de fascinar a una opinión globalizada en la frivolidad.  La separación de Shakira y Piqué, por ejemplo, o la de Vargas Llosa e Isabel Preysler. Para no hablar de la malévola versión que recorrió las redes sobre el nombramiento de la “novia” del papá de Petro en un cargo diplomático.  El presidente aclaró en un trino —este sí oportuno— que su papá de 87 años no tiene novia y que quien fuera su pareja de muchos años murió hace dos meses. Si tuviera novia sería admirable, pero si la nombraran en cargo diplomático sería deplorable.

El melodrama de Shakira y Piqué es lo que más prensa ha mojado por obvias razones:  dos mediáticas figuras internacionales —la cantante y el futbolista—   intercambiando vainazos públicos. El morbo ciudadano fue exacerbado por la picante canción —corrosiva, dicen algunos— que ella le dedicó a su exmarido y desató avalancha de solidaridad femenina con la estrella que le canta las tablas al marido infiel.  Una magistral sacada de tusa según sus admiradoras.  “Una de las venganzas más espectaculares en la historia de la música”, según El Confidencial de España.

La separación de Vargas Llosa e Isabel Preysler tras largos años de publicitado romance suscitó interés no menos explicable. El premio nobel peruano, que en 1976 derribó de un puñetazo a su amigo y también premio nobel Gabriel García Márquez por un chisme de faldas, abandonó a su señora de cincuenta años por la seductora celebridad filipina, exmujer de cantantes, nobles y ministros, que ahora lo deja a él, a sus 86 años.  Mala edad para quedar solo, pero producto aparente de sus obsesivos celos. Los que lo llevaron a asestarle a Gabo aquella trompada infame en un teatro mexicano repleto de admiradores de ambos.

¿Cómo no seguir estas historias tan cargadas de pasiones tan humanas?  Líos conyugales, escándalos sexuales, divorcios ruidosos y demás tropiezos de los afamados deleitan a un público que se identifica con estos dramas porque muestran que los astros son terrenales y tienen los mismos deslices y falencias de todos nosotros.  Los ricos también lloran se titula una de las más exitosas telenovelas latinoamericanas.  

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La otra cara de los asuntos del corazón de las celebridades es la —esta sí trágica— del acoso y abuso sexual de los poderosos sobre los más débiles y subalternos. Que no siempre son del sexo femenino. En Estados Unidos uno de cada cinco casos oficialmente reportados es de hombres que denuncian acoso laboral sexual por parte de sus jefas. Tema de la recordada película de los años noventa (Disclosure) sobre la historia de un ejecutivo (Michael Douglas) que es humillado y difamado por resistirse al incesante acoso erótico de su jefa (Demi Moore). 

Pero el tema aquí y ahora es la escandalosa denuncia que hizo el exsenador Gustavo Bolívar, hombre de confianza del presidente Petro, sobre una red abuso sexual en el Congreso.  Falta que la concrete, como le ha pedido el fiscal, pero el solo número de lindas asesoras de tantos parlamentarios suscita suspicacias que comienzan a traducirse en crecientes denuncias.

La abogada Ana Bejarano escribió en Los Danieles que en su paso por el Congreso en 2014 como secretaria privada del ministro de Justicia conoció a mujeres que hablaban de un sistema de remuneración y castigos basado en los favores sexuales que ellas les brindaban a los congresistas.  “O me lo das o te vas” parecía ser la norma. La periodista Martiza Aristizábal, que cubrió varios años el Congreso, sostuvo en La República que “lo que hay entre las columnas del Capitolio es un sistema de chantaje, abuso y acoso sexual” y se lamenta de no haberlo denunciado antes.

Antes era más complicado.  No había me too, ni ambiente receptivo para este tipo de denuncias en un país aun permeado por un machismo estructural. Pero el tema explotó y ya no hay vuelta atrás. Cada vez más mujeres salen a la palestra, aunque muy pocas formalizan sus casos ante la justicia por desconfianza en la misma, o el temor de quedar expuestas o estigmatizadas. Se limitan a las redes sociales para romper el muro de silencio que rodea un tema que ha sido tabú.

La cifra de más de cuatro mil embarazos anuales en Colombia de niñas entre 10 y 14 años indica, por otra parte, hasta dónde llega el acceso carnal violento y el abuso sexual de menores, pues no se dirá que son relaciones “consensuadas”. De esos hijos no deseados, de esos padres o tíos abusadores, de esos hogares rotos brotan rabias y violencias de toda índole. La cantidad de muchachas del campo y la ciudad que ingresaban a la guerrilla solo para escapar del infierno familiar es elocuente ejemplo.

Y así estamos, en medio de un fenómeno que es mundial y cada día más repudiado, aunque no debidamente castigado. El carcelazo en España al futbolista Dani Alves por agresión sexual es en este sentido aleccionador. Pero sigue siendo una excepción a la regla. 

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