Los Danieles: Si un político se desnuda

Daniel Samper Ospina

Por Daniel Samper Ospina

Aquejado por tantas y tan fatídicas primicias en la emisión del noticiero, decidí dar la espalda al país, tomar el control remoto y divagar sin rumbo fijo, como el gobierno Duque, por los canales de cable. Buscaba algún documental sobre la naturaleza que me diera sosiego: no digo un especial sobre los osos dormilones o la reproducción de los elefantes, porque precisamente quería descansar de los informes sobre políticos colombianos; pero sí algún programa sobre las águilas calvas que me permitiera, a lo sumo, suponer que estaba observando a Juan Lozano en su día final en Noticias RCN.

Para ir a la fija, entonces, abordé los canales culturales, Discovery Channel y sus laderas, y caí de bruces en un reality insólito que se llama Supervivencia al desnudo. Un hombre y una mujer, despojados de toda prenda, son abandonados en un selvático y agreste lugar remoto con la obligación de sobrevivir por sus propios medios, sin ningún tipo de ayuda, durante un par de semanas: deben hacer fuego con piedras, cazar con palos, pescar con las manos. Conciliar el sueño sin ver CMI. Dormir en cucharita. Y enfrentar ataques de enjambres y picadas de todo tipo, como si estuvieran en las redes sociales y se atrevieran a criticar a Petro.

Van al desnudo, pero les difuminan el articulito, con lo cual cualquiera se pregunta para qué van al desnudo. Y en caso de que se rindan, los rescata un helicóptero que, si tienen mala fortuna, puede terminar en Tranquilandia.

Imaginaba mi suerte como protagonista de uno de los capítulos. Rodeado hasta la médula por mi condición cachaca, podía verme a mí mismo con la nuca y los brazos rojos de sol, ardidos y ampollados; la retaguardia aturdida por picaduras de hormigas; los regordetes tobillos convertidos en manjar de mosquitos; el jején ensañado en la piel blancuzca y de venas azules; el sistema digestivo en colapso por la ingesta de las malas aguas: todo lo anterior antes de que comience la grabación, en el resort cinco estrellas en que se hospedan los participantes los días previos a la competencia.

¿Qué líder se le mediría a participar en aquel programa, aparte, naturalmente, de Antanas Mockus, que ha dejado observar dos veces que tiene lista la indumentaria? Únicamente quienes estén dispuestos a perder su investidura, porque si un político se desnuda muere un ángel. Sergio Fajardo podría inscribirse cuando lo graben en las selvas del Chocó, para poder ver ballenas. Le difuminarían el Hidroituango. La alcaldesa cuidadora chocaría las dos piedras que se le vuelan por día para hacer fuego con el Esmad: si sobrevive, será gracias a ella; si se rinde y la eliminan, le echará la culpa al gobierno nacional.

—Llamen al helicóptero, mi hermano, que a mi muñeca la picó un bicho y el gobierno no reparte las vacunas.

Lo cual nos lleva a una pregunta de fondo: ¿lograría terminar la prueba una pareja conformada por Marta Lucía Ramírez e Iván Duque, cuyo gobierno ha consistido, precisamente, en enfrentar la espesura de la selva política sin contar con experiencia? Imagino al presidente rollizo trepando como dios lo trajo al mundo por una cañada y me derrito:

—¡Estos mosquitos tienen las horas contadas! —dice.

—¡Haga algo, Iván, que esto no es acá de atenidos mientras yo pesco! ¡Agarre ese bejuco! –le grita la vicepresidenta.

—Ya me prendí del único bejuco que conozco: el presidente eterno de todos los colombianos.

Al final a Marta Lucía Ramírez la reemplaza Tomás Uribe, el tarzán que hace maromas legales para parcelar un pedazo de selva, volverlo zona franca y construir un centro comercial.

Veinte minutos de programa fueron suficientes para que sintiera una angustiosa sensación de ahogo que me obligó a regresar al noticiero. Soy un burgués deleznable. La vida agreste me produce asfixia. No volví a las playas del Rodadero, en Santa Marta, desde el episodio aquel en que una aguamala me picó en el muslo y tuve que rogarles a los vecinos de carpa, unos paisas con esqueleto del Nacional que oían vallenatos a todo volumen, que, para aliviar el escozor, me regaran por caridad el remedio casero de su chorro tibio: mucho menos sería capaz de resistir las pericias de estos “hipsters” salvajes que comían termitas asadas para no morir de hambre.

Pero las noticias nacionales dan ganas de llorar. La JEP informa que los falsos positivos, cometidos mientras Uribe era jefe de las fuerzas armadas, no eran dos mil sino el triple; Jesús Santrich y el ministro de Defensa se pelean en latín; Claudia López lanza al Esmad contra los dueños de los sitios nocturnos y, casi tan grave como eso, normaliza la palabra “gastrobar”; en homenaje a Agro Ingreso Seguro, el Gobierno llena de subsidios a los cacaos durante la pandemia; los periodistas se refieren a la vacuna como “el biológico”; Ñoño Elías asegura que Odebrecht financió la campaña presidencial de Juan Manuel Santos; y crece el rumor de que Marta Lucía Ramírez se retirará del gobierno para lanzarse a la presidencia o participar en Supervivientes al desnudo: no lo decide aún.

Regresé corriendo al reality de marras. Allá al menos las impudicias son borrosas y están censuradas. Y los escenarios son menos salvajes. Y los bejucos de los que se prenden los concursantes para trepar son los de los árboles.

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