Los Danieles. Si el mundial fuera en Circombia

Daniel Samper Ospina

Daniel Samper Ospina

Digamos que ante el cúmulo de desastres que estaba dejando el Mundial de Catar —impulsados por el hecho de que lo organizara un país en que burlan los derechos humanos, reina la homofobia, abunda la transfobia y existe un machismo desbordante— el presidente Petro decide pasar a la historia una vez más y se anima a organizar en su mandato el Mundial Humano: mal que bien, en Circombia no se violan los derechos humanos, y la homofobia no existe, y nadie sabe qué es la transfobia, y el doctor Ramón Jesurún es baluarte del activismo feminista y utiliza su posición directiva para promover el balompié de las mujeres y repartir premios a las niñas.

Decidido, pues, a llenar el vacío histórico que dejó Belisario Betancur en 1986, el presidente viaja a la ONU donde, en memorable discurso, pide que arrebaten la sede a Catar, lugar que basa su economía en los hidrocarburos, y la trasladen a una nación que no sea petrolera, como la nuestra, que dejó de serlo en apenas 100 días.

Los preparativos se hacen a las carreras. Hay paquetes turísticos muy completos que incluyen subir a Piedecuesta a conocer al ingeniero Hernández en su piscina; visitar el vagón del metro de Bogotá en el Museo de los Niños y tomarse fotos en la estatua a Álex Char que inauguraron en Barranquilla, en cuya cachucha construyeron un mirador del que podrá descolgarse Aída Merlano cuando regrese al país.

Enterado de la situación, Iván Duque pide resucitar a Naranjito como homenaje a sí mismo, pero en uno de los diálogos vinculantes eligen como mascota a un papagayo, el papagayo humano: ni más ni menos que al ministro de Transporte, doctor Guillermo Reyes, quien pasea por la pista atlética en cada partido con su atuendo multicolor mientras plagia el saludo de algunas pilanderas.

En el álbum Paninni aparecen —de a dos por lámina— los jugadores de la selección de Liberland dirigidos por el profe Carlos Mario Marín, alcalde de Manizales. El fiscal Barbosa dice en una entrevista que su cargo es el segundo en importancia después del que ocupó Joseph Blatter y ofrece el gimnasio de la Fiscalía para que la selección se entrene en las horas en que no lo utilice su señora esposa, doctora Walfa Téllez.

El presidente Petro llega tres horas tarde a la inauguración y en un discurso que dura otras tres horas se refiere a los No Alineados: dice que si Colombia no alinea a James, la humanidad se extermina.

La coreografía de la ceremonia corre por cuenta de Nerú y en ella aparece bailando, en múltiples trajes de fantasía, la primera dama. Shakira entona el himno nacional en su propia versión, pero esta vez, gracias a la gestión de Gustavo Bolívar, liberan a Ublime. 

La selección de Ucrania declina venir porque dice que Bogotá está muy insegura. John Milton Rodríguez y demás pastores de las Iglesias lobistas mandan biblias y regalos libres de impuestos a la habitación de Cristiano. El senador Robledo investiga el lugar de nacimiento de Messi y alega que en realidad es costeño. El niño-tía, Miguelito Uribe, manda una sentida carta a Néstor Lorenzo pidiéndole que no renuncie porque, de lo contrario, Petro puede extender el periodo de cada partido, y a modo de denuncia publica la lista de exigencias de camerino de las selecciones de izquierda, donde brillan un petaco de ponymaltas y dos chocorramos.

La inflación dispara los precios de las boletas. La primera dama se trepa en los árboles aledaños al estadio para ver los partidos, y por poco la tumba un balón que, según William Vinasco, pasa por encima del palo de mango.  

Álex Flórez se encarga del VAR y se lo bebe todo. Se pierde la mascota del Mundial y la encuentran en el Congreso porque era animal de compañía. Emilio Tapia resulta involucrado en un gran desfalco por el megaestadio que se iba a construir en Sahagún y anuncia que prenderá el ventilador. La selección de Canadá pide que entonces lo encienda, pero en su camerino, porque en la ciudad donde juegan hay cortes de luz. 

La selección de Circombia queda en el mismo grupo de Argentina, Alemania y una bacrim, y por ello pasa a conocerse como el grupo de la muerte, y cae eliminada en la primera ronda. Carlos Antonio Vélez culpa al profesor Pékerman. Polo Polo culpa a Petro. Álvaro Uribe habla con los (auto)defensas de la selección creyendo que, como en las elecciones pasadas, está conversando con unas estatuas. Irene Vélez felicita a los futbolistas del combinado patrio por haber decrecido.

La derrota le cuesta el cargo al entrenador y Juan Camilo Restrepo asume como técnico encargado, pero se queja de que la mayoría de jugadores sean unas maletas, ante lo que Walfa Téllez se ofrece a guardarlas en la Fiscalía/depósito de su esposo. Al final nombran como director técnico nuevamente al Bolillo Gómez (cuya postulación es defendida por Cielo Rusinque). El señor Arizabaleta activa las bodegas uribistas para informar en un numeral de Twitter que, en adelante, hará fuerza a la selección inglesa, porque él fue criado en colegio británico.

Como a lo largo del Mundial el juego fuerte arrecia, Petro plantea una amnistía para perdonar a los expulsados. La ministra Corcho presenta una reforma para reemplazar a los camilleros por contratistas del Pacto Histórico. Roy Barreras, que le hacía fuerza a Brasil, se cambia de equipo cuando lo eliminan. Dada su experticia en cobranzas, el ingeniero Hernández se ofrece para cobrar penales y José Félix trata de comprar el terreno de juego con la venia de Petro.

Llegan a la final la selección de Argentina y la de Liberland, pero el partido no se puede jugar en el estadio de Bogotá porque la fecha ya estaba reservada para un concierto. Ante la amenaza de que los obligarán a asistir a los diálogos vinculantes del Gobierno, los equipos abandonan el país en vuelos de Avianca —o en la flota propia que pretende construir el Gobierno— y los jugadores observan desde la ventanilla la forma en que Ublime corre libre por la llanura.

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Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: williamgiraldo@revistacorrientes.com

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