Los Danieles: Respetemos al cerdo

Daniel Samper Ospina

Por Daniel Samper Ospina

Hace unos cuantos meses, un estudiante fue judicializado por un trino que decía, abro comillas, “maten a ese cerdo” y la Fiscalía coligió que se refería al presidente Duque; el caricaturista Matador dibuja a diario la dignidad presidencial con nariz de marrano; abundan memes del muñeco Porky con la banda tricolor terciada en el pecho; y, en términos generales, todo aquel que quiera atacar con vehemencia al rollizo jefe de Estado de la economía naranja acude con saña a aquella comparación rastrera, a todas luces injusta. Porque si existe un animal sano y bueno, y a la vez valeroso y tierno, ese es el cerdo: el rosado y rozagante marrano que merece un lugar destacado en los libros de la historia, acaso a diferencia del hombre con que se le compara.

Estudios veterinarios concluyeron que es uno de los animales más inteligentes del planeta, por encima, incluso, de los perros; que su capacidad cognitiva se asemeja a la de un niño de cuatro años (o un representante del Cesar, por lo menos); que tiene memoria consciente para recordar personas, individualizar a otros animales o encontrar la ruta a casa: incluso si proviene de una gira en que el presidente de Estados Unidos no lo recibe.

Sus increíbles facultades comunicativas le permiten emitir gruñidos en más de veinte tonalidades acústicas diferentes, en una estrategia de comunicación para la cual —valga decirlo— no necesita otorgar contratos millonarios a la firma Dubrands: con aquel variado lenguaje de tonos señala peligros, fomenta amistades y se comunica de forma especial con su mamá: porque, dentro del reino animal, el amor del cerdo por su familia es conmovedoramente particular y no necesita demostrarlo con la asignación de cargos oficiales ni de puestos diplomáticos a los suyos. Después del tiempo de gestación, que parece una hazaña bíblica porque dura tres meses, tres semanas y tres días, el cerdo reconoce la voz de su madre desde que nace, y durante el mes del periodo de lactancia establece un vínculo con ella semejante al del humano con sus hijos. Un mes de lactancia, sí: porque el hermano del cerdo es mamón. Y así lo certifican los restaurantes de Segovia.

Domesticado antes que la vaca, con la venia del doctor Lafaurie, desde hace más de seis mil millones de años acompaña al hombre en sus granjas. Es un ser sociable, a diferencia del doctor Lafaurie, aunque, a semejanza de él, establece jerarquías y le gusta dormir acompañado, con el curioso gesto de pegar el hocico al de su compañero. 

La composición genética del cerdo es casi idéntica a la humana y batstante parecida a la del célebre Júnior Turbay, a quien —como a tantos otros pacientes— reemplazaron su estropeada aorta coronaria por la del un marrano cero kilómetros, que es ahora su parte más humana. Porque el organismo mismo del cerdo es un inmenso banco de insulina y sus células madres son fundamentales para curar enfermedades humanas, y de sus pelos grises se elaboran los hilos quirúrgicos con que los médicos cosen sus suturas. Ningún animal, por eso, ha hecho tanto por la medicina como el marrano; ni siquiera los micos de Patarroyo. O Patarroyo. 

El sofisticado talento olfativo del chancho, gracias al cual detecta trufas o minas antipersonales, jamás le habría permitido apostar sus fichas por la presidencia interina de Juan Guaidó o el triunfo de Trump: en ese sentido, el cerdo nos habría prestado grandes servicios ya no solo como materia prima de cinturones y zapatos, sino como canciller. 

Contrario a su mala fama, el marrano es limpio por naturaleza, incapaz —salvo por las obligaciones del espacio a las que los confinan— de comer e ir al baño en el mismo lugar donde duerme: mucho menos de permitir la pérdida de 70 mil millones de pesos en contratos con pólizas falsas. 

Como Duque en la burocracia, los cerdos se regocijan en el barro porque los refresca y a la vez les resulta útil como filtro solar. Salvo que cruja convertida en chicharrón, la piel del marrano es gruesa, sí, pero suave, y por eso permanece recubierta por ásperas cerdas: las famosas cerdas del cerdo, presentadas en una larga gama de grises, logrados sin tintura de ningún tipo, de las que se fabrican pinceles y se recupera el valor de los matices, tan necesarios ahora, en estos tiempos de polarización.

De ningún otro animal el humano obtiene tanto provecho. El cerdo no tiene residuos: centímetro a centímetro, es todo comestible:  desde el lomo hasta los codos. De los huesos salen filtros de agua, esmalte para procelanas, cierto tipo de cemento; del cuero, guantes, calzado y colágeno; de la grasa, champús, jabones, cremas antiarrugas, lo mismo que de su ejemplo. Porque el cerdo rara vez se arruga.

Marrano fue la mascota que tuvo George Clooney. La vulva de marrana era el plato más exquisito del Renacimiento. En Oriente es símbolo de fertilidad. En la China, protagoniza el año del cerdo, que en realidad es un cuatrienio. Marrano era todo judío que se convertía al catolicismo para que no lo echaran de España, y lo llamaban de ese modo porque, converso, podía comer carne porcina. Su injusta mala reputación proviene de la Biblia, que en algunos pasajes —para evitar enfermedades que ya se controlan— prohíbe la ingesta de animales de pezuña partida. Desde entonces quedaron satanizados: “come como un marrano”, “hizo una marranada”, “es un cerdo”.

En el mundo se calcula que existen más de mil millones de cerdos: seres de cuerpo gordo y patas cortas cuyos orgasmos duran un promedio de media hora y jamás han hecho nada diferente a la de servir al hombre. Escribo, pues, estas palabras con la esperanza de que se corrija esta injusticia. Pido calma y cariño para el cerdo; amor y calma para referirse a este animal glorioso cuya vocación de sacrificio y servicio por los demás es exactamente contraria al líder político con que suelen compararlo. 

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