Los Danieles: No hay peor ciego

Antonio Caballero

Por Antonio Caballero

Tienen ojos, y no ven, como diría algún evangelista. Peor aún: no quieren ver, y se sacan los ojos. Es lo que acaba de hacer el gobierno colombiano con respecto a los cientos de asesinatos de defensores de derechos humanos, de líderes sociales y de desmovilizados de la guerrilla de las FARC. Confió en exclusividad a la Fiscalía del tramposo señor Francisco Barbosa el recuento de los casos, a sabiendas de que ya había mentido sobre ellos para mostrar falsas mejoras bajo el gobierno de Iván Duque cuando era consejero presidencial para los Derechos Humanos; y quitándole ese recuento, entre otras instituciones, a la Defensoría del Pueblo, que estaba ahí precisamente para eso y para eso había sido creada: para advertir sobre lo que está pasando.

Pero es que al presidente Iván Duque no le importa lo que está pasando. Pregunta “¿de qué me hablas, viejo?”, sin oír la respuesta. Mira lo que está pasando sin verlo, con sus ojos inmóviles, inmutables, como de pez. Y los ojos de un gobierno, más que sus propios funcionarios por mucho que se titulen “consejeros de Derechos Humanos” como la exministra del Interior Nancy Patricia Gutiérrez, hoy sucesora del hoy fiscal Barbosa, son en Colombia las llamadas “ías”: la Fiscalía, la Procuraduría, la Defensoría, “entes de control” (tal es su descripción oficial) que por eso deben ser ajenas al gobierno e independientes de él. Para que puedan controlarlo. Lo cual no está sucediendo. En todas las “ías” campean los amigotes de la universidad o del colegio de Duque, que no le cuentan lo que pasa, sino que le aseguran que no está pasando nada. Por su ansia politiquera de concentración de poder, Duque se ha sacado deliberadamente los ojos. Porque no quiere ver.

Iván Duque pasará a la historia (no exageremos: a la crónica) como el más ciego de los presidentes de Colombia. Más ciego aún que Virgilio Barco, aquel que atribuía a ignotas “fuerzas oscuras” las matanzas impunes que en su época acabaron con la Unión Patriótica. Y Barco tenía al menos la disculpa de que padecía la enfermedad del olvido de Alzheimer.

Sobre las matanzas de hoy, por ejemplo, el desmovilizado jefe de las FARC, Rodrigo Londoño, alias Timochenko, le propuso hace unos días al expresidente Juan Manuel Santos que organizara una reunión con el presidente Duque para hablar del tema. Pero en su respuesta Santos duda de que este quiera recibirlos a ellos dos, y le recuerda a Timochenko que Duque ni siquiera reconoce que él exista, como si tuviera la convicción infantil de que basta con no nombrarlo para hacerlo desaparecer mágicamente.

Hasta cuando esto escribo —viernes por la noche— Duque no le ha contestado a Timochenko, y ni siquiera ha mencionado la existencia de Santos. Y no es probable que lo vaya a hacer. En su concepción mágica de la vida, ilustrada por las numerosas pulseras de colores bendecidas y milagrosas que se pone en la muñeca (y yo me pregunto ¿qué hace con ellas cuando se baña?), no cabe el diálogo. Solo cabe la brujería.

Y es por eso que Duque no quiere hablar del tema que propone Timochenko, ni de ningún tema incómodo o que implique alguna responsabilidad. “¿De qué me hablas, viejo?”, le contestó a un periodista, en su opinión impertinente, que le hizo la pertinente pregunta de que qué pensaba sobre los bombardeos contra las FARC en San Vicente del Caguán en que murieron varios niños y produjeron el retiro del entonces ministro de Defensa. Alegó más tarde en su defensa que no había oído (“escuchado”, dijo) la pregunta. Pero al periodista impertinente, Jesús Blanquicet, de El Heraldo, le llegó la respuesta de inmediato: los policías que acompañaban al presidente, y sus guardaespaldas, lo detuvieron y lo molieron a golpes.

Es evidente que así, sin ojos y sin oídos, no se puede gobernar.

Pero no es que Duque no gobierne, como pretenden sus críticos, sino que no quiere gobernar. Lo que le importa es simplemente nombrar amigos, o parientes de los amigos de su jefe el “presidente eterno” Álvaro Uribe, en los cargos más importantes del Estado o en los puestos más apetitosos de la diplomacia. En estos días señalaba en El EspectadorElisabeth Ungar que la muy denostada “mermelada” del gobierno de Santos, con la llegada del de Duque se ha convertido en un verdadero torrente de “melcocha”, más pegotudo que cualquiera que se haya visto en la ya más que cuatricentenaria historia del clientelismo en este país.

Las mejores descripciones del gobierno de Iván Duque, que ya va en su tercer año sin ningún resultado, son las que hacen todos los domingos —también en El Espectador— Tola y Maruja, es decir, el caricaturista Mico. El de Duque es una caricatura de gobierno. Sería cómico, si no fuera trágico.

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