Los Danieles. Mentiras y utopías

Daniel Samper Pizano

Daniel Samper Pizano

Si hay una palabra que emocione a Gustavo Petro, esa es utopía. La menciona a menudo, aunque sea para negarla. “Ser una sociedad del conocimiento (…) donde todos sus integrantes tengan el máximo de escolaridad y cultura, no es una utopía”, dijo en su discurso de posesión. Allí mismo convocó a un gran bloque de naciones latinoamericanas y advirtió que este propósito “no es una utopía, no es romanticismo”. Ya había trinado, un tiempo atrás, que “una era de paz no es una utopía para Colombia”.

Quienes comentan los programas de Petro también acuden con frecuencia a esta palabreja: “Gustavo Petro: el poder de la utopía” (WP, 15.V.2022)… “Petro asume el poder con discurso altamente utópico” (Panam Post7.VIII.2022 )… “El Catatumbo: una utopía de paz soñada entre la vida y la muerte” (Oreja Roja, 23.IX. 2022)… “Colombia Humana: ¿propuesta de gobierno o utopía?” (Eje21, 15.V.2022)… “La utopía desalmada” (Política Exterior, 1.XI.2022).

Si uno busca en Google el dúo de términos, Petro y utopía, encontrará 826.000 referencias. Si opta por Colombia Humana utopía, la cuenta casi se triplica: 2.230.000 resultados.

El problema es que quienes utilizan el vocablo le confieren muy diversos significados. 

Utopía fue el nombre del libro que publicó en 1516 Sir Tomás Moro el político, teólogo, escritor y santo nacido en Londres en 1478 y allí mismo decapitado por orden del rey en 1535. En sus páginas se transcribe el supuesto diálogo con un supuesto marinero que descubre una supuesta isla donde funciona una supuesta sociedad cuyos supuestos habitantes —llamados utópicos— son felices y cuyas instituciones son casi perfectas. Comentaristas posteriores tildan a Moro de comunista, porque en esa nación ejemplar que él imagina no hay propiedad privada. También lo acusan de marxista por párrafos como el siguiente: “Miro repúblicas que florecen por todas partes y solo veo en ellas la conjura de los ricos para procurarse todas las comodidades”. Y denuncia que los ciudadanos adinerados “abusan de los pobres pagándoles tan mal como pueden”. Incluso cabría tacharlo de francimarquismo por defender “una vida agradable, es decir, de placer, como finalidad de nuestras acciones”. La célebre vida sabrosa que proclama nuestra vicepresidenta”.

El único problema de esta imaginaria isla paradisiaca es que no existe ni es posible que llegue a existir. Convertida en paradigma, ha pasado a significar un “proyecto, deseo o plan, atrayente y beneficioso, generalmente para la comunidad, que es muy improbable que suceda o que en el momento de su formulación es irrealizable” (Diccionario Oxford). A pesar de que la utopía no pasa de ser una mentira, disfruta de excelente prensa. Sobre ella flota un halo de sano optimismo, de generosidad, de grandeza. Nadie la llama embuste, mito, estafa, enorme bobería ni pura paja. Nadie cae en cuenta de que entraña lo contrario del “sí se puede”. Tan favorable es su imagen, que incluso quien la niega como meta (ver citas de Petro) recibe una ducha resplandeciente y positiva por haberla tenido en cuenta.

Lo más curioso —o peligroso, o dañino— es que la fina estampa de la utopía se confunde con otros inquilinos del oscuro reino del engaño. Petro es maestro en esta clase de revoltijos. Lo que en otros gobernantes se llamaría demagogia o populismo, en él —lo demuestran los titulares de prensa— es apenas una noble aspiración a procurar lo mejor, lo más alto, aunque se trate de un ejercicio irrealizable.
Repasemos algunos casos planteados por el actual gobierno.

La propuesta de poner en marcha un tren elevado que una la costa caribe y la costa pacífica a través de desiertos, pantanos, ríos tan anchos como mares, lluviosas regiones y las densas selvas del Darién podría describirse de muchas maneras: barbaridad, sueño inútil, anzuelo electoral… pero solo la consideraron una utopía oportunamente desmontada.

La idea de convertir a Colombia en una potencia de la industria aeronáutica, a imitación de Brasil —pionero en navegación aérea, obseso con la fabricación de aviones desde hace ochenta años y con un PIB que quintuplica el de Colombia— no pasa de ser un bonito sueño. Y, ya lo dijo Calderón de la Barca, “los sueños, sueños son”.

La segunda parte de este embeleco en pos de las nubes y las estrellas ni siquiera es un sueño. Es poesía pura. Atención a lo que dijo el presidente al celebrar un nuevo aniversario de la FAC: “Hay que ir un poco más allá de lo azul; pasar a esa oscuridad del firmamento sembrada de luz eterna: el espacio”. Más precisamente, añadió, se trata de “lanzar una acometida espacial. Parecería ilusorio pero no tiene por qué serlo en un siglo del conocimiento”. Confieso que yo me daría por bien servido con una acometida terrenal que garantizara tres comidas diarias a todos los colombianos, hazaña que no hemos logrado ni siquiera en el siglo del conocimiento. Dejémosle la expedición marciana al próximo gobierno. 

¿En qué punto un optimista se convierte en un iluso? ¿Cuándo un idealista pasa a ser un despistado? ¿Qué separa al creyente del ingenuo? ¿La diferencia entre el visionario errado y el populista feroz radica solo en la intención de timar? 

No se puede negar que la llegada al poder de Gustavo Petro ha aportado ideas frescas, ánimos renovados, perspectivas inesperadas e incluso ya algunas realizaciones concretas. Pero el sancocho de falsas expectativas y carreta irrealizable será necesariamente tóxico.

ESQUIRLAS. El proyecto de instalar una base naval en la isla Gorgona es un atentado ecológico. Bien sabemos en qué consiste esa “unidad muy básica” que defiende la Armada Nacional: apenas la puntica…

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