Los Danieles. Mejor lengua que bala

Enrique Santos Calderón

Enrique Santos Calderón

Pocas veces, o tal vez nunca, se había visto que a un gobierno que no ha cumplido dos meses le organizaran marchas de oposición.
Las del lunes fueron muestra del arraigado antipetrismo que mueve a los sectores más conservadores —ultraderechistas sería calificativo demasiado ultra— de la sociedad colombiana. Un globo de ensayo, quizás, para medir y alborotar el estado de ánimo político en un país cuyo vuelco hacia la izquierda le ha quitado el sueño a más de uno. Y, claro está, para enredarle de entrada la pita al nuevo presidente.  

Las manifestaciones resultaron menos lánguidas de lo que imaginé, sobre todo en ciudades como Cali y Medellín, algo que el Gobierno debe tener en cuenta. La derecha sacó gente a la calle y lo hizo pacíficamente. Y el Gobierno respetó, como le tocaba, su derecho a la protesta.

Signo de madurez democrática y mayor politización de una sociedad colombiana que, con creciente frecuencia, sale a la calle para hacerse sentir. Podríamos estar entrando en una dinámica de marchas y contra marchas, de mítines, plantones y movilizaciones permanentes a la manera francesa, italiana o argentina. Con ingredientes tan insólitos como el de  «colectivos feministas»  queriendo meterle candela a catedrales y templos católicos para rechazar la postura de la Iglesia contra el aborto.  

Al margen de estas expresiones de una Colombia distinta, otra muestra de sensatez política fue la segunda reunión entre Gustavo Petro y Álvaro Uribe. El jefe del Estado y el jefe la oposición, que se trataban hace no mucho de paraco y sicario, se sientan hoy a discutir tranquilamente asuntos de interés nacional. Buena cosa, aunque no les guste a los partidarios de polarizar más la confrontación política.

Los que no entienden que de lo que se trata es que esta sea cada vez mas tolerante y civilizada, sin pretender que vaya a despojarse de todos sus ribetes folclórico y tropicales. La payasada del senador del Centro Democrático Alirio Barrera de llegar a caballo al Capitolio fue una respuesta al gesto igualmente ridículo del senador Roy Barreras de llevar su perrito al Congreso para cautivar al electorado de las mascotas. Solo falta que María Fernanda Cabal aparezca con su guacamaya y el bachiller Macías con su orangután.

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Significativo me pareció que Álvaro Uribe fuera de los primeros en decir que eran prematuras las marchas contra un presidente recién posesionado y llamara a que no lo encasillaran como neocomunista (y que a él dejaran de calificarlo como de extrema derecha). Pero no menos diciente es la conducta de Petro, que ha buscado el diálogo con sus más enconados críticos, como lo demostró la invitación a tomar tinto en Casa de Nariño a la senadora Cabal y a su marido, el dirigente ganadero José Félix Lafaurie. Reunión “muy cordial” según los invitados. Muy a la inglesa como debe ser.

Pero el acercamiento Petro-Uribe no debe ocultar, según analistas como Pedro Medellín, lo distanciados que están ambos de sus más importantes colaboradores —de sus ministros el primero y de sus congresistas el segundo— por hallarse dizque “ensimismados en su condición de líderes supremos”. Esto, alega Medellín, los ha alejado también de millones de ciudadanos que no se sienten interpretados por ninguno de los dos, lo que habría creado un “vacío político”.

Interesante reflexión, pero conclusión equivocada. Tanto Petro como Uribe, pese al declive de este último, mantienen firmes liderazgos de opinión y sus diálogos, lejos de producir vacío o desamparo, han generado sensación de estabilidad y civilidad en un país saturado de odios y polarizaciones. Es lo que la ciudadanía quiere ver: sus líderes políticos discutiendo en la mesa los problemas que a todos nos afectan (salud, tierra, seguridad) y no intercambiando insultos en la plaza pública o a través de envenenadas redes sociales.

La nueva atmósfera de cordialidad se ha prestado para que mis amigos irónicos de siempre comenten que solo falta que venga ahora el “petro-uribismo”. Los menos irónicos piensan que sería una buena alianza para el país, y que ellos militarían en ella.

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Motivos para el debate económico o político entre dos figuras tan disímiles no faltan. Habrá que ver, por ejemplo, cómo se aterriza (y sobre todo se financia) la propuesta del presidente de que el Estado compre tres millones de hectáreas para repartir entre campesinos sin tierra. Apoyada en principio por el uribismo y gremios agrarios porque no se habla de expropiación. Si se logra y se implementa por fin el primer punto del Acuerdo de Paz de 2016, se avanzaría mucho en desenredar ese nudo eterno del conflicto colombiano: el uso y concentración de la tierra productiva.

Como casi siempre, el diablo está en los detalles. Uribe ya sugirió que fueran 500 mil y no tres millones de hectáreas (mientras sectores de izquierda hablan de cinco millones) y también ha hecho saber que le preocupan las reformas propuestas al sistema de salud y la situación de las Fuerzas Armadas. Inquietudes válidas y cabe resaltar la actitud hoy recatada, casi humilde, del expresidente. Menos soberbia en todo caso de cuando le declaró la guerra al proceso con las Farc y tildó a Santos de traidor por no seguir sus postulados.

Pueda ser que se mantengan las relaciones civilizadas entre jefe de gobierno y jefe de la oposición y no sean algo simplemente táctico, coyuntural o pasajero. Es lo que necesita un país que ha sido tan castigado por el sectarismo y la violencia política. Porque aquí, como decía el inolvidable maestro Darío Echandía, “es mejor que echen lengua a que echen bala”. 

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