Los Danieles. Mañana será otro día

Daniel Samper Pizano

Daniel Samper Pizano

En los años setenta, mientras una junta militar golpista sembraba en Brasil el terror, cierta canción del compositor Chico Buarque —el Serrat brasileño— se volvió himno contra la dictadura. Apesar de você contiene un coro que se entonaba en todos los conciertos como arma de resistencia y pañuelo de esperanza. Prohibida la letra por la censura oficial, Chico y su grupo se limitaban a interpretar la música y el público, miles de personas, la gritaba, verso a verso: “A pesar de usted, mañana será otro día”.

Mientras artistas y humoristas relevaban a los opositores sometidos a veto o condenados a prisión, desde 1973 avanzaba en la masa de cadetes militares un tipo levantisco y peligroso que llegó a ser oficial de paracaidistas. Unos lo llamaban el Capitán Bolsonaro y otros el Loco Jair. Según Wikipedia, un compañero suyo alertó sobre “el trato agresivo dispensado a sus camaradas y la falta de lógica, racionalidad y equilibrio en la presentación de sus argumentos”. 

Estaba, pues, pintado para triunfar en política. Elegido presidente del Brasil hace cuatro años, cometió tropelías de toda índole, como se temía, entre ellas ostentaciones machistas, arrasar con 47.000 kilómetros cuadrados de la selva amazónica para favorecer a ganaderos, madereros y mineros e inducir a la desprotección de sus compatriotas ante la peste del covid. Su descripción del virus —“una gripita”—  y su prédica contra la vacuna contribuyeron a que Brasil alcanzara la sobrecogedora cifra de 700.000 víctimas y mereciera el IgNobel, premio que confiere Harvard a los mayores disparates del año.

En la campaña electoral que terminó el domingo en Brasil, Bolsonaro arremetió contra su contendor, Lula da Silva, con toda la maquinaria del Estado. Agrupó a las fuerzas armadas, los capitalistas, los industriales, los religiosos, parte de la clase media y esa vasta legión de desesperados e ingenuos dispuestos a creer en cualquier paraíso que les prometan. Su rival ofrecía un gobierno progresista como el que había desarrollado el Partido de los Trabajadores de 2003 a 2016. Víctima de un juicio amañado que anuló más tarde la Justicia, Lula tuvo que combatir desde la cárcel. 

Entre sus partidarios se contaba Chico Buarque. Entonces volvió a oírse la canción que sacudió a la dictadura entre 1964 y 1985. 

A pesar de usted, mañana será otro día. 
Usted va a amargarse viendo el día rayar
sin pedir licencia
y yo me moriré de la risa, pues ese día vendrá
antes de lo que usted piensa.

Lula con Chico Buarque (de gafas)Lula con Chico Buarque (de gafas)


Ese día llegó hace una semana. Lula obtuvo 60.3 millones de votos y Bolsonaro 58.2 millones. Dos puntos de porcentaje permitirán que aquel regrese al cargo que favoreció a los pobres, aunque lo salpicó la corrupción de algunos colaboradores. Chico Buarque festejó la victoria sambando. Pero no fue el único. A juzgar por la euforia y rapidez con que llegaron los mensajes de felicitación al ganador, la simpatía por Lula y el repudio internacional a Bolsonaro —fiel amigo de Trump y Putin— es casi unánime. Desde La Habana hasta Washington, gobiernos de diversos tonos brindaron por el ganador. “Hoy empieza un tiempo de esperanza y futuro”, declaró el argentino Alberto Fernández. “¡Viva Lula!”, trinó Gustavo Petro. 

La prensa pintó de rojo el mapa latinoamericano y habló de un gran parche de regímenes de izquierda. Tan elástica es la definición que también habría podido hablar de mamíferos, sin mencionar que las vacas no persiguen ratones y los gatos no producen quesos. Las diferencias entre el chileno Boric y el nicaragüense Ortega son tan abismales como las que separan a la vaca del gato o a Lula del venezolano Maduro. Por eso el expresidente uruguayo José Mujica señala que, más que a derecha e izquierda, conviene referirse a democracia y autoritarismo. 

El primer problema que afronta Da Silva es gobernar un país tan partido y exacerbado que minutos después de su triunfo ya muchas voces pedían a los militares que se tomaran el poder. Divisiones políticas ha habido a lo largo de la historia mundial. Pero el prevalente espíritu de las redes crea una fuerza centrífuga que fortalece los extremos y dispara la polarización. Ningún ejemplo más dramático que Estados (des)Unidos.

Lula tiene claro que deberá reconciliar a los brasileños, restaurar la democracia, luchar contra la pobreza, procurar la paz y recuperar la meta de la igualdad.

Colombia puede encontrar esperanzas y lecciones en lo que sucede con su fascinante vecino. Por una parte, tendrá un socio en la defensa de la Amazonia. Bolsonaro y los intereses capitalistas que representa promovieron la minería, la siembra de soya y la ganadería extensiva. Han sido los grandes deforestadores americanos. Revertir este impulso destructor es tarea para todos los países socios de la selva. Lula promete hacerlo. Con Bolsonaro era imposible. 

También debe aprender Colombia la enseñanza de las falsas religiones que esconden intereses políticos y económicos. Las sectas fueron el más fuerte apoyo de Bolsonaro y provocaron onerosos compromisos para el Estado. Así lo denuncia la teóloga María Clara Lucchetti al criticar que “la Biblia acabó prestando un servicio electoral”. Nuestro país debe atajar la intromisión indebida de curas y pastores en la política, cosa que no se logrará mientras les concedan privilegios como no pagar impuestos. Aún estamos a tiempo. Necesitamos que mañana sea otro día.

ESQUIRLA. El espectáculo de xenofobia contra los costeños que desplegó en la Cámara el representante liberal Juan Carlos Losada en su demagógico intento por prohibir las corridas de toros demuestra que muchos apóstoles de los animales creen que quienes no comparten sus gustos son seres inferiores procedentes de oscuros submundos. Menos mal se hundió el proyecto, pues, para ganar aplausos y notoriedad, el siguiente paso habría sido prohibir, directamente, los costeños.

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